OPINIóN | 24-12-2023 10:17

Milei se ajusta a su nuevo rol

El Presidente, entre su primer paquete de anuncios y el temporal que azotó el sur bonaerense. El ajuste, su prueba de fuego.

En términos prácticos, no habrá servido para nada la presencia en Bahía Blanca de Javier Milei. Lejos de ayudar a quienes respondían al desastre natural que había provocado un tendal de muertos, los forzó a preocuparse por la seguridad personal del Presidente. Sin  embargo, como entendió muy bien, es un deber ineludible de todo mandatario que se precie trasladarse enseguida al escenario de calamidades tan luctuosas como la que fue ocasionada por la tormenta y declararse resuelto a hacer todo cuanto pueda para ayudar a los damnificados.

Aunque hubiera sido más racional dejar que las autoridades locales y las organizaciones correspondientes se encargaran de la catástrofe, los costos políticos de asumir tal postura pueden ser muy altos. La reputación del presidente norteamericano George W. Bush nunca se recuperó del impacto negativo que tuvo su reacción supuestamente débil frente al huracán Katrina que, en agosto del 2005, destruyó zonas enteras de Nueva Orleans; en opinión de muchos compatriotas, la decisión de no ponerse a la cabeza de las operaciones de rescate y desempeñar el papel de padre de la nación lo perjudicó aún más que la guerra en Irak. 

Milei está claramente decidido a no cometer errores parecidos al perpetrado por el norteamericano. Su ascenso fulgurante a la presidencia no se debió a sus dotes como economista sino a la imagen personal que supo elaborar, la de un hombre que tanto en los buenos momentos como en los malos siempre da la cara y nunca vacila en decir la verdad. Es de prever, pues, que su gestión presidencial se vea signada por su voluntad de hacer frente en persona a todas las dificultades que surjan para que nadie pueda acusarlo de ser reacio a asumir plenamente las responsabilidades que le incumben.

Por desgracia, tanto para él como para casi 46 millones de otros, lo que le espera no será del todo fácil. Por angustiantes que sean los esporádicos desastres climáticos, para todos salvo los directamente afectados, los daños que producen no guardan comparación con los que han causado los años de desgobierno de personajes que, fieles a la consigna populista radical según la cual lo económico siempre tiene que quedar subordinado a lo político, llevaron al país al borde de un precipicio.

Milei está convencido de que la única forma de impedir que el choque económico, que ya es inevitable, tenga secuelas irreversibles consistirá en procurar administrar la crisis aplicando cuanto antes las recetas liberales archiconocidas. Por ahora, cuenta con la adhesión entusiasta de una minoría y la aquiescencia acaso ilusionada de muchos otros, pero no hay garantía alguna de que la alianza así supuesta sea suficiente como para permitirle derrotar a los resueltos a frustrar los esfuerzos por desmantelar el orden tradicional del que dependen económica o psicológicamente.

A diferencia de sus antecesores kirchneristas, que eran nómadas ideológicos que improvisaban “relatos” circunstanciales en base a retazos dejados por una variedad de proyectos políticos fracasados, Milei es dueño de un ideario insólitamente firme. Cree tanto en “la libertad, carajo”, que, antes de darse cuenta de que realmente podría alcanzar la presidencia, estaba dispuesto a reivindicar iniciativas tan extremas pero a su juicio lógicas como la de la venta libre de órganos sin que le molestara en absoluto el repudio de casi todos. Felizmente para él, no tardó en reconocer que figurar como un personaje mediático escandalosamente disruptivo era una cosa y ser el presidente de un país abrumado por un “modelo” económico disfuncional era otra muy distinta. Por cierto, no sería de su interés gastar pólvora en chimangos; la necesitará para asuntos que son muchísimo más importantes.

Aunque Milei apenas ha tenido tiempo en que formar un gobierno, una tarea que le está resultando muy difícil porque el partido que se improvisó en torno a su imagen, La Libertad Avanza, carece de cuadros experimentados, y el ministro de Economía Luis Caputo ha tenido que limitarse a tomar medidas de emergencia, ya es blanco de críticas procedentes tanto se sus enemigos declarados como de sus presuntos amigos. Estos se manifiestan desconcertados por lo que dicen es el atraso en presentar un “plan” de recuperación coherente y, más todavía, por su resistencia aparente a emprender una lucha frontal contra la corrupción de “la casta” y, sobre todo, de Cristina e integrantes de su entorno.

Tal acusación suena un tanto exagerada; a menos que la Justicia sufra presiones gubernamentales fuertes, lo que a esta altura parece muy improbable, no tendrán motivos para quejarse quienes quieren que terminen privados de su libertad a los juzgados culpables de apropiarse de miles de millones de dólares de dinero público sin que el Presidente y sus acompañantes hayan tenido que levantar un dedo. Hasta ahora cuando menos, Milei insiste en que respetará la independencia del Poder Judicial.

De todos modos, hay señales de que, a pesar de su falta de experiencia, Milei ya está comportándose como un político avezado que comprende que, para tener éxito, tendrá que consolidar el movimiento aún incipiente que lidera para que opere como un partido que, a pesar del individualismo que predica, sea relativamente disciplinado. Para muchos mileístas de la primera hora, lo que está ocurriendo es doloroso porque los obliga a ceder a recién llegados cargos que tenían en la mira, pero sucede que para funcionar bien, cualquier gobierno -y ni hablar de uno que aspira a reconstruir un país devastado por décadas de arreglos venales entre grupos corporativos- necesita la colaboración de muchos miles de personas honestas, vigorosas y capaces. ¿Estará Milei en condiciones de ensamblar un gobierno de tal tipo antes de que las dificultades se hayan acumulado tanto que escaseen los dispuestos a comprometerse? Aún no sabemos la respuesta a este interrogante clave. 

Para sorpresa de muchos, la vicepresidente Victoria Villarruel ha resultado ser una política astuta. Sin perder tiempo, se las ingenió para madrugar a los senadores kirchneristas, impidiéndoles conservar el control que detentaban de todas las comisiones y asegurando que el segundo en la línea de sucesión presidencial permaneciera en manos del oficialismo actual al conseguir que Bartolomé Abdala fuera el presidente provisional de la Cámara Alta. Para lograrlo, sumó a los siete senadores de La Libertad Avanza a los del PRO, la UCR y los bloques provinciales, de tal manera frustrando a los leales a Cristina.

La actitud de aquellos senadores que responden a los gobernadores de sus provincias respectivas reflejó la conciencia de sus jefes de que, en la época de “no hay plata”, les sería forzoso reducir sus gastos, razón por la que muchos, entre ellos el mandamás de Santiago del Estero, Gerardo Zamora, que hasta hace poco era un kirchnerista fervoroso, ya han anunciado programas de ajuste cuya severidad habrá sorprendido al mismísimo Presidente. Es que durante años Milei era uno de los muy pocos que se animaban a pronunciar la palabra “ajuste” sin jurar que nunca se le ocurriría tolerar que se redujera el gasto público por un solo centavo, pero ahora parecería que muchos políticos quisieran emularlo; entienden que la alternativa sería dejar que el país, endeudado hasta el cuello y vapuleado por lo que en el resto del mundo se calificaría de hiperinflación, se hunda, una tragedia que sólo convendría a un puñado de delincuentes y extremistas de mentalidad totalitaria.

El reconocimiento por parte de cada vez más dirigentes políticos de que sería inútil limitarse a esperar que la situación económica mejorara sin que ellos mismos tuvieran que avalar medidas antipáticas no se debe a la oratoria apasionada de Milei sino al estado lamentable de las finanzas nacionales. Así y todo, no cabe duda de que está configurándose un consenso que tiene mucho más en común con la forma de pensar del libertario “loco” que con la que, apenas un año atrás, apoyaban políticos que, por principio, rehusaban dejarse impresionar por los números.

En otras partes del planeta, el que el grueso de la población haya manifestado su aprobación de lo que Milei se propone ha motivado cierta incredulidad, ya que es habitual suponer que, fuera de algunos lugares de cultura protestante o, tal vez, confuciana, la mayoría nunca votaría a favor de un candidato que se proclamara resuelto a llevar a cabo un programa severísimo de austeridad. Sin embargo, es lo que acaba de suceder en un país que es internacionalmente célebre por su propensión a permitirse extravagancias populistas.

¿Se trata de una anomalía pasajera o de algo permanente? Si, para sorpresa de los escépticos, la voluntad mayoritaria de afrontar el desafío planteado por la desintegración del modelo económico corporativo sobrevive a los acontecimientos de las próximas semanas -no es lo mismo aceptar que un ajuste es inevitable y soportar con estoicismo las consecuencias nada gratas que tendrá-, cambiaría radicalmente la imagen no sólo del gobierno de Milei sino también la de la Argentina en su conjunto. En tal caso, el país se convertiría en un lugar atractivo para quienes manejan montos de dinero gigantescos y que, preocupados como muchos están por lo que está sucediendo en otras partes del mundo, querrían sacar provecho de lo que para ellos sería una gran oportunidad. 

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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