OPINIóN | 20-07-2020 10:42

Psicoanálisis: la angustia social

Que la vida de Sigmund Freud haya estado atravesada por la Primera Guerra Mundial marcó su existencia y su teoría. De qué forma este momento puede ser un aprendizaje.

Esta pandemia abarcativa a nivel planetario y  omnipresente me lleva a evocar lo que Freud llama “angustia social”. No es casual que se haya referido a ella luego de la Primera Guerra Mundial, guerra que no vio de lejos, ya que ella atravesó su vida: sus tres hijos participaron en las acciones bélicas, durante años su práctica como analista se vio condenada a la ruina y Sophie, la hija favorita, murió a causa de su vulnerabilidad a la infección provocada por los desastres. En ninguna otra contienda en el mundo hubo una matanza semejante a la de Verdún entre los años 14-18. Su valor traumático se recorta aún más si se piensa en su acontecer luego de lo que se llamó el siglo de las delicias y también “du grand ennui”, del gran aburrimiento, del gran tedio y de la gran prosperidad de la clase media.

Hoy podemos decir que el valor traumático de esta pandemia que nos toca vivir es la de emerger en la era del cálculo, de la planificación, de la creencia en la ciencia y en los ideales del mundo globalizado. Pero así como para Freud la guerra, lo llevó a la teorización de la pulsión de muerte, el real que nos acecha en nuestros días demuestra  la fragilidad del neoliberalismo, la inconsistencia de los líderes mundiales y lo ilusorio de un progreso ascendente.  

Para determinada clase social, todo parecía posible: viajar, radicarse en mejores lugares, consumir, inventarse cada día, confiar en la ciencia como nuevo dios. La pandemia hace vacilar todos los discursos. De pronto, algo que se afirma se relativiza al día siguiente, un dato parece darse por seguro y luego se desmiente, las informaciones son a veces contradictorias. Como ejemplo: inicialmente se decía que no había peligro para los jóvenes y luego fue relativizado, que para los ancianos el virus era letal pero después, con gran sorpresa, longevos de más de 90 se salvaron y ello dio lugar a diversas teorías: que habían contraído el virus en su juventud y por ello tenían inmunidad o que, al contrario, por su sistema inmune bajo no había resistencia inflamatoria y ello era mejor, que el virus da inmunidad o que puede reaparecer.

Estas ideas fueron dadas por científicos, ni que hablar las emitidas por legos o por presidentes o ministros de grandes potencias. No solo no es  localizable el virus, sino la verdad certera sobre el mismo y sobre tal imprecisión giran ideas diversas. Ante tal situación comparecen los extremismos: la gente que no sale nunca de su casa, o la que niega el asunto  minimizando al covid, como una gripe más. El sabio “justo medio”, que es la gran virtud aristotélica brilla por su ausencia, la gente se adhiere a posiciones extremas y la grieta se yergue ante el vacío. ¿No será que, ante la angustia y frente a la incertidumbre, el aferrarse a los extremos sea una suerte de defensa?

El trauma siempre perfora los semblantes, hiere nuestras creencias, aguijonea nuestras defensas pero también… enseña. Las atrocidades de la Primera Guerra Mundial marcaron no solo la vida de Freud, sino a su propia teoría. Ella -dijo- había degenerado en un conflicto más sangriento que cualquiera de los anteriores y había producido un “fenómeno prácticamente inconcebible”, ese estallido de odio y desprecio al enemigo.

Sin embargo a Freud, los horrores de la contienda  le aportaron también saber para la vida. Fue justamente en uno de sus trabajos sobre la guerra que, siguiendo el adagio latino, dijo: “Si vis vital para mortem” (“Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte”), anunciando así que tal preparación es requisito y no obstáculo, de vivificación. Quedará por ver que nos enseña esta pandemia, podemos recordar a  Kierkegaard quien se refirió a un aprendizaje por la angustia.

 

por Silvia Ons

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