Lunes 28 de septiembre, 2020

OPINIóN | 26-08-2020 14:07

Donald Trump, Joe Biden y Kamala Harris

Los norteamericanos esperaban con impaciencia conocer el nombre de la elegida; preveían que se trataría de una mujer, con toda probabilidad “de color”.

Parecería que el vicepresidencialismo tiene sus atractivos, ya que en Estados Unidos los demócratas acaban de adoptar una variante del esquema patentado por Cristina al nombrar a la senadora Kamala Harris como compañera de fórmula de Joe Biden. Aunque nadie cree que la californiana será dueña de la mayor parte de los votos eventualmente cosechados por la pareja, muchos dan por descontado que, si gana, ella será la presidenta virtual porque Biden tendría dificultades para cumplir las tareas que le corresponderían.

  Fue por tal razón que no sólo los norteamericanos sino también muchos otros esperaban con impaciencia conocer el nombre de la elegida; preveían que se trataría de una mujer, con toda probabilidad “de color”, que no tardaría en dominar a quien en teoría sería el jefe, pero querían ubicarla en el tablero político.  Puesto que la trayectoria de Kamala ha sido bastante errática, todavía no saben si es realmente de izquierda, como dice Donald Trump, de derecha, como creen adversarios progres alarmados por la dureza de la que hizo gala cuando era procuradora general del estado de California, o meramente una oportunista dispuesta a adaptarse a las circunstancias imperantes.  

   Los interesados en la política norteamericana entienden que a esta altura el hombre que Trump llama “Joe, el dormilón” no está en condiciones de gobernar nada. Biden tiene la costumbre desconcertante de olvidar dónde está y cada vez que abre la boca mete la pata diciendo cosas delirantes o francamente incomprensibles. Con cierta frecuencia, insulta a aquellos interlocutores que lo sorprenden haciéndole preguntas incómodas. Por cierto, los partidarios de Trump no son los únicos que se afirman preocupados por la merma de lo que eufemísticamente califican de sus “habilidades cognitivas”; lo mejor que saben hacer los simpatizantes de Biden, que pronto cumplirá 78 años, para contestar a quienes expresan dudas acerca del estado de sus facultades mentales, es asegurar que aún puede andar en bicicleta sin caerse.

  Felizmente para el candidato y, más aún, para los dirigentes demócratas que tienen motivos de sobra para temer que, a menos que lo cuiden mucho, se las arreglara para perder una elección que a su juicio debería ganar con facilidad, el coronavirus que está causando inmensos estragos en su país lo ha obligado a ocultarse en el sótano de su casa lujosa en Delaware, lo que le brindará un buen pretexto para permitir que Kamala se encargue de la campaña electoral. Otra ventaja que tiene es el escaso interés de los medios más prestigiosos en llamar la atención a sus debilidades: como sucedió con Franklin Delano Roosevelt y John Fitzgerald Kennedy, lo toman por uno de los suyos.

  Así pues, la presidencia del país más poderoso del planeta y, bien que mal, el líder del “mundo libre” no dejará de verse ocupada por una persona que, según las pautas tradicionales, no está en condiciones de desempeñar un papel tan exigente, sobre todo en un momento en que, por primera vez desde hace varios siglos, el Occidente se ve amenazado por un rival de otra cultura que podría quitarle la hegemonía mundial.

  Las deficiencias de Trump son notorias. Todos saben que es un narcisista poco instruido que se guía por corazonadas y que nunca ha manifestado mucho interés en temas geopolíticos (el despechado ex asesor de seguridad nacional, John Bolton, dice que suponía que Finlandia aún formaba parte del imperio ruso) y que, para más señas, no disimula la admiración, y hasta la envidia, que siente por “hombres fuertes” como el chino Xi Jinping, el ruso Vladimir Putin, el turco Recep Erdogan e incluso el inefable norcoreano Kim Jong-il que son enemigos de Estados Unidos. 

  Con todo, Trump no es un fascista y tampoco parece ser un racista, aunque los muchos que lo aborrecen lo acusan automáticamente de ser ambas cosas. Antes bien, es un nacionalista improvisado muy astuto que acertó al aprovechar el malestar de los millones de norteamericanos que estaban hartos de la arrogancia de las elites progresistas costeras y los empresarios globalizados que los desprecian.

  En cuanto a Biden, siempre ha sido una mediocridad cabal, un miembro vitalicio de la clase política norteamericana que nunca se ha destacado ni por su inteligencia ni por su honestidad. Como no pudo ser de otra manera, a través de las décadas, ha protagonizado su cuota de escándalos de todo tipo. Últimamente, lo han denunciado por violaciones repetidas del código de conducta sexual sumamente estricto que reivindican los feministas militantes; entre quienes lo criticaban con vehemencia por su forma de comportarse con mujeres estaba Kamala. Ganó la candidatura demócrata sólo porque los dirigentes más influyentes del partido no querían arriesgarse con el socialista declarado Bernie Sanders. Si Biden, acompañado por Kamala, se muda a la Casa Blanca en enero, sólo sería porque no es Trump.

  Hasta la llegada de la pandemia, todo hacía prever que el magnate extravagante sería reelegido. Para frustración de sus muchos críticos, la economía se expandía a un ritmo impresionante, entre los más beneficiados estaban los hispanos y negros ya que apenas había desempleo, y ningún precandidato demócrata conseguía entusiasmar a más que una proporción mínima del electorado. En las primarias, Kamala tuvo que conformarse con un escuálido dos por ciento.

  Pero entonces todo cambió. Para desesperación de Trump, el coronavirus demolió la economía sin que pudiera hacer nada para defenderla. Aunque la responsabilidad por las medidas tomadas para demorar la difusión del virus quedaba en manos de las autoridades locales, tuvo que brindar la impresión de estar encabezando la lucha, pero no pudo con su genio; su optimismo inicial, combinado con los consejos a veces ridículos que ensayaba – inyectarse con lavandina y así por el estilo -, le jugaría en contra.  El consenso resultante es que su manejo de la crisis ha sido desastroso. Mientras que un presidente más sensato se hubiera limitado a asumir una postura equilibrada propia de un estadista, su voluntad de ser el protagonista de una suerte de epopeya sanitaria, económica y social lo hizo tropezar una y otra vez,   

   Con todo, a pesar de que desde hace varios meses las encuestas de opinión han favorecido ampliamente a Biden, sería prematuro llegar a la conclusión de que Trump no podría superarlo en las semanas que lo separa de las elecciones. Cuenta con varias cartas de triunfo en potencia.  Una es Biden mismo, ya que difícilmente sobreviviría a una serie de apariciones públicas, sobre todo si no le sea dado ahorrarse un debate con Trump que, como una ex estrella de un show televisivo, es un experto consumado. Otra es la alarma que tantos sienten por el tsunami de violencia callejera que siguió a la muerte por asfixia a manos de un policía blanco del delincuente negro George Floyd.

  La voluntad de intendentes, gobernadores, legisladores e intelectuales orgánicos, por llamarlos así, del Partido Demócrata de solidarizarse con quienes protestaban y, en algunos distritos, de reclamar la abolición de la policía, ha tenido consecuencias terribles en muchas ciudades, en especial Chicago y Nueva York, donde han aumentado llamativamente la cantidad de asesinatos, además de saqueos. Como suele ocurrir en tiempos tumultuosos, los más vulnerables han sido los pobres, sobre todo los hispanos y negros, que viven en lugares infestados de criminales. Lejos de querer ver desmanteladas a las unidades policiales de sus barrios, en Chicago, Detroit, Nueva York y otras aglomeraciones urbanas largamente manejadas por demócratas, los negros se sienten abandonados a su suerte. Así pues, se ha creado una situación en que progresistas mayormente blancos y por lo común acomodados están atacando por “racistas” a los hombres y mujeres que casi todos los negros pobres ven como protectores.

   Trump espera poder aprovechar la oportunidad que le han dado aquellos demócratas que, desde la muerte de Floyd, apoyan a las turbas que continúan provocando desmanes destructivos en centenares de localidades. Además de los votos de los blancos de la clase media venida a menos que conforman su base, cree que insistir en la necesidad de que haya ley y orden podría reportarle los de muchísimos negros e hispanos.

   Los demócratas dependen del apoyo de las llamadas minorías que hasta ahora han sido proclives a privilegiar a candidatos que dicen representar su propia identidad étnica, razón por la que Barack Obama obtuvo más del noventa por ciento de los votos negros. Biden, que era el compañero de fórmula de Obama, espera heredarlos, y confía en que Kamala lo ayude a hacerlo por tratarse de una mujer que, a ojos de los progresistas norteamericanos, es “negro”, pero sucede que para muchos afroamericanos no lo es por ser la hija de un matrimonio de inmigrantes - su padre es un profesor de economía de origen jamaicano y su madre, que murió en 2009, fue una bióloga procedente de la India -, cuyas características son distintas de las consideradas típicas de la comunidad negra norteamericana. Tampoco las compartían Obama, cuyo padre era keniano, – en una ocasión, Biden explicó que, en su opinión, el en aquel momento candidato presidencial era “el primer afroamericano que  habla bien, es limpio y agradable” – pero el color de su piel le resultó suficiente como para conseguir el respaldo masivo de sus presuntos hermanos de raza. ¿Será igualmente exitosa Kamala?  Pronto veremos. 

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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