Domingo 26 de septiembre, 2021

OPINIóN | 26-08-2020 10:08

"Guerra Civil": Duhalde y sus demonios, en época de ateos

¿Cuándo hubo en nuestra historia verdaderas guerras civiles? No la hubo en los 70, y son varios los apenados con ganas de jugar otra final.

Cada vez se hace más tenue el antaño inconmovible vínculo entre Argentina y España. Ese que hacía vibrar con las resonancias del conflicto español hasta el poblado más perdido de la vasta geografía argentina en los años 36-39, a golpe de noticia y de radio. La distancia se nota en muchos detalles culturales y no sólo en las pronunciaciones cerradas a ciertos actores de la Península o pretender traducir los cuentos de Cortázar al castellano de allá. Se aleja la “Madre Patria” pero queda un espectro recurrente de guerra civilismo, que aunque se escriba igual no es lo mismo a uno y otro lado del Océano.

No es para apaciguarse, pues esa épica definitiva de las fotos y los héroes epónimos, las canciones y las marchas, hoy puede devenir en este continente en no menos crueles y larguísimos “conflictos de baja intensidad”). El escenario de naciones hermanas lo puso en acto más allá del cine y las series.

Por eso cabe atajar al ex presidente Duhalde que nos habla de cosas que no se entienden, aprovechándose como un viejo vecino del consorcio que recuerda el traquetear de los tranvías. Y alguna intención encubre en esas evocaciones que marean. Mirar para otro lado.

Y un primer freno lo es desde un punto de vista de historiador y docente de Historia de España, en un Instituto argentino de esa especialidad de nuestra Universidad de Buenos Aires. Fundado exactamente por alguien que padeció la mal llamada tragedia española y de quien llevamos su nombre: Claudio Sánchez-Albornoz (1893-1984).

Ni tan fácil ni tan pronto. Los países, como comunidades organizadas no se precipitan en la total ruptura de una Guerra Civil como quien se equivoca de puerta de baño, o se extravía en una salida de autopista. Ni está inscripto en un ningún inexistente ADN patrio esa especie de maldición congénita, y que a nosotros nos llegaría por el abuelo de la boina que era portero y hablaba con demasiadas zetas. Las naciones desembocan en esas sangrías solo después de mucho tiempo de desencuentro y demasiados enfrentamientos que presagian el encontronazo.

Pero visto desde un punto de vista especifico, y hasta crudo, no cualquier enfrentamiento (con armas y hasta muertos) es una Guerra Civil. Debe haber una ruptura muy superior a la grieta, que atraviesa todas las instituciones de la sociedad de arriba abajo. Una fisura abismal si me lo permiten los colegas geólogos. Pero fundamentalmente, se deben poder enfrentar bloques semejantes en potencia, armamento, organización y decisión homicida. Sin esa equivalencia tendremos masacres, genocidios, represión o revancha brutal pero no una Guerra Civil, y no una Guerra "como en España", tal que decían en la mesa del domingo nuestros mayores de origen mediterráneo, repercutiendo en otras familias conmovidas y solidarias.

Es labor académica ser preciso, reclamando el respeto que nuestro rigor profesional nos brinda. Y en esto no estamos lejos de los vapuleados virólogos o médicos de estos tiempos. De ciertos temas no se puede opinar con ligereza pues conlleva las consecuencias de arrancarse un barbijo insensatamente.

¿Cuándo hubo en nuestra historia verdaderas guerras civiles? Pues obviamente en el turbulento periodo del enfrentamiento interprovincial que a veces se disfrazaba de unitarios contra federales. Y antes también en buena parte de lo que con orgullo llamamos emocionados “nuestras guerras de la Independencia” Por más que se llame a los adversarios realistas, sin ser todos ni españoles ni extranjeros. Pero no hubo Guerra Civil en los 70 como tampoco hubo revolución cumplida, y son varios los apenados con ganas de jugar otra final.

Si nos quedaron otras etiquetas que circularon igual de profusamente: la “libanización” o la “mexicanización” que tuvo de suscriptor al mismo Papa Francisco, asustando a cándidos e indignando a extraños. Todos atajos equivocados por la pereza del análisis, y por desoír a los expertos. Peligrosa recurrencia que nos deja en manos de curanderos y charlatanes.

Creo que Duhalde, casi como una chimentera de la farándula, desata el escándalo y atrae la atención, pero quizás quiere, actuando en consecuencia, decir otra cosa, mandar otro mensaje. Y no es ni sonso, ni inocente, ni menos de derrochar en el gesto vacuo. Atentos sí, pero mirando hacia otro lado, que el tero también canta, pero lejos del nido.

 

*Por Mariano Eloy Rodríguez Otero, doctor en Historia, profesor de la UBA y director del Instituto de Historia de España "Claudio Sánchez-Albornoz", UBA, Filosofía y Letras.

 

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