Domingo 23 de enero, 2022

OPINIóN | 06-12-2021 09:37

Un desquicio diplomático

Lo que revela la injerencia abierta y directa de embajadores argentinos en los asuntos internos de los países donde cumplen sus funciones.

Con la experiencia que le dio haber manejado la política exterior de la Revolución Francesa y del Imperio Napoleónico, Talleyrand llegó a la conclusión de que los diplomáticos deben “pensar dos veces” lo que van a decir y, finalmente, “no decir nada”. No es precisamente lo que hicieron el embajador alemán en Argentina y los embajadores argentinos en Chile y Bolivia.

No recibir a Ulrich Sante en el marco de la recorrida que el diplomático realizó por la provincia de Buenos Aires, fue una negligencia de Axel Kicillof. La importancia de las empresas germanas en la economía naconal y provincial, y la importancia de Alemania en el mundo, indican que no es inteligente ni adecuado que el gobernador evite encuentros con el representante del más influyente de los estados europeos. Pero que Kicillof haya actuado mal, no implica que la reacción del embajador haya sido correcta. No lo fue.

Haberse quejado públicamente acusando al gobernador de descortesía, o desinterés, o desorganización, o “todo junto”, implica traspasar un límite de su función. En lugar de esa crítica abierta y directa, pudo haber dicho, por ejemplo, “esperábamos ver al gobernador y conversar personalmente sobre las relaciones entre su provincia y Alemania”. Señalar una expectativa incumplida habría sido más diplomático y su mensaje hubiera llegado igual.

Peores fueron las transgresiones de Rafael Bielsa y Ariel Basteiro. El enojo del embajador alemán insinúa que se arroga el derecho a la crítica directa y pública contra gobernantes locales, mientras que los embajadores argentinos en Chile y Bolivia se arrogan el derecho a intervenir en la política interna de esos países, el primero zambulléndose en el proceso electoral chileno y el otro tomando partido en la confrontación entre oficialismo y oposición en Bolivia.

Es posible afirmar, parafraseando a Unamuno, que al calificar de “pinochetista” que jamás se interesó por las violaciones de Derechos Humanos perpetradas por la dictadura, Bielsa no agravió al candidato ultraconservador, sino que lo describió. El propio José Antonio Kast ostenta esos rasgos. No debe agraviarlo que los describan, pero percibe lo dicho por el embajador argentino como un gesto hostil.

Fue un gesto hostil. Y además negligente porque pretende favorecer a Gabriel Boric, el candidato izquierdista que enfrentará a Kast en el ballotage, pero es probable que tenga el efecto contrario.

No es para eso que recibe un suculento sueldo del Estado argentino. El no está en Chile para describir públicamente los rasgos más visibles de la dirigencia local. A esas descripciones debe hacerlas por canales diplomáticos exclusivamente al gobierno de su país.

Si Miguel del Sel hubiera cometido un error de ese calibre cuando era embajador de Panamá, no habría causado tanta perplejidad porque resultaría fácilmente atribuible a negligencia, inexperiencia o falta de preparación. Pero Bielsa es una persona culta, preparada y con la experiencia de haber sido canciller, nada menos.

Basteiro, habiendo sido legislador además de embajador hasta 2015, también en Bolivia, cometió un estropicio impresentable. Al participar en un acto político de Evo Morales, aportando incluso un encendido discurso, el embajador argentino tomó partido por el oficialismo en la pulseada que el gobierno boliviano mantiene con sindicatos y organizaciones políticas que están en huelga.

Basteiro sabe que su función es representar al Estado argentino, que a su vez pertenece a la totalidad de los argentinos y no sólo al gobierno, ante el Estado boliviano, que representa a la totalidad de los bolivianos y no sólo al partido de Evo. Su abultadísimo sueldo no es para que haga militancia, sino para mantener la mejor relación posible con el Estado vecino.

Bielsa y Basteiro expusieron la utilización hipócrita que hace el gobierno de la doctrina de “la no injerencia en los asuntos internos de otro Estado”, con la que se justifica cada vez que asume posiciones funcionales a los regímenes de Venezuela, Nicaragua y Cuba.

No son los únicos casos en la región, sino los últimos que se han producido. Sin llegar al extremo descarado de Spruille Braden, el embajador norteamericano que actuaba como un opositor a Perón, varios gobiernos usan la diplomacia como extensiones ideológicas.

Por cierto, es común que, por encargos de sus gobiernos, haya embajadores que colaboran con gobernantes, con opositores o con grupos de presión en los países donde cumplen funciones. Son colaboraciones realizadas con discreción, lo que no las hace elogiables. Pero cuando se ostenta lo que no debe hacerse o, en todo caso, debería hacerse discretamente, es señal de alguna patología política preocupante.

Los embajadores que interfieren abiertamente en la política de los países donde cumplen funciones evidencian, o bien caos e impericia en sus propios gobiernos, o bien supremacismo nacional y prepotencia, o bien adicción a ideologismos que dañan las relaciones internacionales.

En Argentina se evidencian dos cosas. Los ideologismos son muy visibles y el despido del ex canciller Felipe Solá en pleno vuelo hacia un foro regional evidencia un funcionamiento caótico del gobierno.

Muchas veces “tuve que comerme mis palabras, pero debo reconocer que es una dieta sana”, escribió Winston Churchill, cuya vida política y gestiones gubernamentales estuvieron marcadas por la política exterior.

El lúcido estadista británico señaló, de ese modo, algo que es obvio y elemental: en el Estado de Derecho, los embajadores no se representan a sí mismos ni a la facción que los llevó al poder, sino a toda la nación. Quién cumple una misión diplomática representa a su Estado (que no es del partido gobernante) ante el estado anfitrión, que, de igual modo, representa a toda la sociedad local y no sólo a la facción que gobierna.

Si un diplomático no puede cumplir con esta regla indiscutida de las relaciones internacionales, entonces no es apto para esa función. Haber hecho la carrera diplomática no es garantía absoluta de corrección en el ejercicio del cargo. Oscar Spinosa Melo ingresó a la Cancillería por concurso de oposiciones en 1967, y prestó servicios en cinco países antes de ser destinado a Chile por Carlos Menem, cuando alcanzó el grado de embajador extraordinario y plenipotenciario, el mayor de la carrera diplomática. Sin embargo, cometió imprudencias bochornosas que avergonzaron al país.

También daña la imagen del país que sus embajadores interfieran públicamente en asuntos internos de otro Estado cuando se les cruza un micrófono por delante. Debieran pensar dos veces y finalmente quedarse callados, como describió Talleyrand. Tragándose esas palabras harían la “dieta sana” que recomendaba Churchill.

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Maximiliano Sardi

Maximiliano Sardi

Editor de Internacionales.

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