Jueves 1 de diciembre, 2022

OPINIóN | 01-12-2021 14:30

Tentaciones totalitarias

No se equivocaba el presidente Alberto Fernández cuando se proclamó el triunfador de las elecciones; salió de la prueba con menos rasguños que CFK, lo que lo ayudará a librarse de su abrazo sofocante.

Hace casi medio siglo, cuando el recordado pensador francés Jean-François Revel escribía una de sus obras más notables, “La tentación totalitaria”, lo que le preocupaba era la propensión del grueso de los autoproclamados progresistas de su país a preferir el absolutismo soviético a la democracia. Aunque la Unión Soviética terminó desintegrándose y, a menos que uno califique de comunista al hibrido marxista-liberal chino, la ideología que encarnaba ya no sirve para movilizar a multitudes, variantes del totalitarismo siguen atrayendo a los autoritarios natos que abundan en todas partes. Huelga decir que en sus filas se destacan aquellos intelectuales que, lo mismo que los criticados por Revel, anteponen las abstracciones que los fascinan a todo lo demás.

Merced a la pandemia que está recrudeciendo en Europa y a los cambios climáticos que en muchos lugares están ocasionando estragos, son cada vez más los persuadidos de que, para hacer frente a los desafíos que tales fenómenos plantean, será necesario restringir las libertades individuales que son características de las sociedades democráticas. Su voluntad evidente de adoptar medidas represivas alarma a quienes sospechan que muchos gobiernos, con el apoyo entusiasta de epidemiólogos y activistas ambientales, está procurando acostumbrar a la gente a vivir bajo un régimen dictatorial, de ahí las protestas callejeras que se han hecho rutinarias en distintas ciudades de los Países Bajos, Bélgica, Francia, Alemania, Austria, Croacia e Italia.

Otra causa que los tentados por esquemas totalitarios han abrazado es la del “antirracismo”. Basándose en la idea de que todas las sociedades occidentales son “estructuralmente racistas” y que por lo tanto hay que reconstruirlos, quitando a los blancos los privilegios injustos que a través de siglos infames supieron acumular en desmedro de minorías postergadas “de color”, en el mundo anglohablante personas que en otros tiempos hubieran sido militantes izquierdistas han emprendido una gran ofensiva contra el statu quo. Atrincherados en las universidades de elite más prestigiosas, los medios periodísticos tradicionales y Hollywood, los así comprometidos han logrado dominar el escenario político norteamericano y provocar revuelos en el Reino Unido y Australia. Con todo, la intolerancia extrema de la que han hecho gala tales “progresistas” está motivando una reacción muy fuerte que, en Estados Unidos, bien podría culminar con el regreso triunfal de Donald Trump a la Casa Blanca en 2025 o, por lo menos, con la llegada de un republicano de actitudes parecidas.

Los defensores de la nueva ortodoxia -en la que se combinan la mano dura en la lucha por frenar la difusión del Covid, la convicción de que a menos que lo pare el cambio climático tendrá consecuencias cataclísmicas y la voluntad de eliminar de cuajo cualquier vestigio del racismo y el sexismo que se pueda detectar- insisten en que los riesgos enfrentados por el género humano se han hecho tan grandes, y son tan patentes, que es irracional tolerar el disenso, razón por la que presionan no sólo a los políticos sino también a gigantes tecnológicos como YouTube para que dejen de permitir la propagación de lo que llaman noticias falsas.

Si bien en Europa, Estados Unidos y Australia una mayoría muy amplia está dispuesta a acatar las órdenes oficiales, una minoría tenaz está tan harta de las restricciones que se ha rebelado contra decretos según los cuales todos tendrán que mostrar pases sanitarios para entrar en restaurantes o edificios públicos. Aun cuando sus integrantes reconozcan que quienes se niegan a vacunarse ponen en peligro no sólo su propia vida sino también la de muchos otros, motivo por el que dista de ser irracional obligarlos a optar entre inmunizarse y quedarse encerrados, no les gusta para nada la forma de actuar oficial porque temen que el gobierno local esté aprovechando una oportunidad para despojarlos de derechos fundamentales y tratarlos como ganado.

Mientras tanto, los preocupados por el calentamiento climático dicen que, para combatirlo, los habitantes de los países desarrollados tendrán que modificar drásticamente su estilo de vida para que se emitan menos gases de invernadero porque la alternativa sería que el planeta se transformara en un horno. Desde su punto de vista, sería suicida prestar atención a quienes llaman “negacionistas” por oponerse a las medidas draconianas que están proponiendo. A su juicio, “la Ciencia” ha hablado y hay que obedecerle.

Siempre y cuando los virus responsables de la pandemia no muten lo suficiente como para hacerse muchísimo más mortíferos que los ya conocidos, andando el tiempo se superará la emergencia actual, pero no se puede decir lo mismo de la lucha que se ha entablado contra el calentamiento global. De tomarse al pie de la letra las declaraciones que formularon casi todos los dirigentes mundiales en la cumbre climática que hace poco se celebró en Glasgow, en los años próximos todos los gobiernos se esforzarán por rehacer la economía de sus países respectivos para que sea menos contaminante. Entre otras cosas, se comprometieron a eliminar el uso de carbón para generar energía, aunque, para indignación de la mayoría de los asistentes y, desde luego, de los activistas que rodeaban los edificios en que se celebraban los encuentros, China y la India seguirán quemándolo por algunas décadas más.

La gran transformación socioeconómica que, de tomarse al pie de la letra lo que dicen, los líderes políticos de los países avanzados están decididos a impulsar, no será ni barata ni popular. De concretarse, será muy pero muy costosa y hará todavía mayor la brecha entre los ingresos de los ricos y los pobres. Quieren reemplazar dentro de poco todos los coches que requieren combustibles fósiles por otros eléctricos y, para que los automovilistas colaboren, aumentará el precio del petróleo. También sufrirá el transporte aéreo que, conforme a los activistas que por ahora llevan la voz cantante, contribuye mucho al calentamiento global al dejar demasiadas “huellas de carbón”. Por lo tanto debería reducirse drásticamente, lo que no podría sino perjudicar al turismo en gran escala de que dependen muchos países. Por lo demás, será forzoso modificar centenares de millones de viviendas para que consuman menos energía cuando hace frío o calor.

La campaña en contra de las sustancias contaminantes que se ha puesto en marcha afectará mucho a países que distan de ser ricos. Uno es la Argentina, un detalle que no perturbó a Alberto Fernández; en Glasgow se le ocurrió que sería una buena idea canjear deuda por acciones climáticas. Sea como fuere, Vaca Muerta podría estar entre las víctimas del nuevo consenso mundial por depender el proyecto de inversiones cuantiosas en combustibles fósiles y, para colmo, del fracking, un proceso que no cuenta con la aprobación de los guerreros ecológicos.

También podría ocasionar un sinfín de problemas el que el metano, un gas que producen en cantidades enormes las vacas vivas, sea considerado uno de los máximos culpables de los cambios climáticos que el mundo está experimentando, lo que ha brindado a las autoridades de la Unión Europea una buena excusa para desalentar el consumo de carne procedente de América del Sur. Para conformar a los decididos a subordinar todo lo demás a las reformas ecológicas que creen imprescindibles, será necesario reestructurar la agricultura, además de muchas industrias.

Lo que tienen en mente los angustiados por el cambio climático es impedir que la temperatura global aumente más de 1,5 grados antes de finalizar el siglo XXI. Según muchos especialistas en la materia, de prolongarse las tendencias actuales, subirá 2,4 grados, lo que, dicen, sería catastrófico; creen que en tal caso muchas regiones fértiles se transformarían en desiertos y centenares de millones de personas emigrarían hacia lugares más hospitalarios cuyos habitantes, claro está, tratarían de cerrarles el paso como en efecto ya está ocurriendo en las fronteras de Estados Unidos, Europa occidental y Australia.

¿Tienen razón los convencidos de que el calentamiento global es “antropogénico”, que se debe casi exclusivamente a las actividades económicas humanas? Parecería que quienes piensan así han ganado el debate. ¿Cuentan los líderes políticos con una suerte de termóstato colectivo que puedan manipular para que el aumento sea 1,5 grados, digamos, en vez de 1,8? Es legítimo dudarlo, pero a pesar de los reparos de algunos que arguyen que sería más sensato concentrarse en mitigar los efectos de lo que está sucediendo, están dispuestos a llevar a cabo una reconversión productiva extraordinariamente ambiciosa que a buen seguro perjudicará a quienes no están en condiciones de adaptarse a tiempo a un sistema económico en que la alta tecnología desempeñe un papel predominante. Lo saben muy bien los gobernantes de países relativamente pobres que están presionando a los del mundo desarrollado para que les envíen muchísimo más dinero, pero puesto que la corrupción es endémica en buena parte del planeta, la ayuda así supuesta no solucionará nada a menos que los donantes logren impedir que el dinero que aporten termine en las cuentas bancarias de políticos y funcionarios codiciosos.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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