Lunes 27 de junio, 2022

OPINIóN | 26-11-2021 14:42

El difícil arte de aprovechar derrotas

No se equivocaba el Presidente cuando se proclamó el triunfador de las elecciones; salió de la prueba con menos rasguños que Cristina, lo que lo ayudará a librarse de su abrazo sofocante.

No se equivocaba por completo Alberto Fernández cuando se proclamó el gran triunfador de las elecciones del domingo; salió de la prueba con menos rasguños que su enemiga íntima, Cristina Kirchner, lo que lo ayudará a librarse de su abrazo sofocante. Con el respaldo de “la calle” movilizada por sindicalistas y peronistas que están más interesados en su propio destino que en aquel de la vicepresidenta, podría relanzar su gestión rodeándose de “moderados” capaces de alcanzar acuerdos con sus equivalentes del ala menos dura de Juntos por el Cambio.

Asimismo, el que los partidarios de un gobierno como el suyo hayan conservado el apoyo de más del tercio de los votantes del país sí puede considerarse una hazaña política notable, si bien una perversa que sería inconcebible en el resto del mundo democrático. Por cierto, en los países desarrollados de Europa occidental, una coalición tan excéntrica, y tan extraordinariamente inepta, como la de Frente de Todos hubiera tenido que conformarse con una fracción minúscula de los sufragios.

Por supuesto que es posible que, por miedo a ser blanco de una nueva andanada de misiles epistolares, Alberto no se anime a enfrentar a su benefactora mandona, pero es de suponer que le complace saber que la relación entre los dos se ha hecho menos desigual. En efecto, ya antes de confirmarse todos los resultados, se sintió libre para subrayar que Martín Guzmán continuaría como ministro de Economía y que tenía la intención de buscar un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que le permitiría poner en marcha un “programa económico plurianual”.

En cuanto a la oposición, era comprensible que Horacio Rodríguez Larreta, María Eugenia Vidal, Daniel Santilli y los demás recibieran con caras largas un resultado que en otras circunstancias los hubiera hecho bailar de alegría. No fue sólo que muchos habían previsto un margen de victoria decididamente mayor, sobre todo en la Capital Federal y la vecina Provincia de Buenos Aires, sino también que para ellos era preocupante saber que, a pesar de todo lo ocurrido desde que los peronistas, convocados por Cristina, regresaron al poder, lo que representa el oficialismo sigue contando con el apoyo de una minoría que es lo bastante grande como para frustrar cualquier intento de salvar al país de la ruina que lo amenaza.

Así las cosas, sería prematuro celebrar el fin definitivo del kirchnerismo, como algunos se han apurado a hacer, para no hablar del peronismo, esta amorfa religión cívica que, luego de la Segunda Guerra Mundial, emprendió la colonización de las mentes de todos los habitantes del país, incluyendo las de personas que siempre la han abominado. Puede que el kirchnerismo esté retrocediendo, pero dista de haber perdido su capacidad para hacer daño.

Aun cuando muchos hayan llegado a la conclusión de que sería mejor que colaboraran con los esfuerzos por “normalizar” un país que, bajo la conducción de distintas versiones del peronismo, hace tiempo tomó el sendero cuesta abajo que lo llevaría al lugar nada deseable en que se encuentra, todavía los hay que están dispuestos a subordinar todo al rencor que sienten. Demás está decir que la jefa vitalicia de este contingente de irreductibles es Cristina.

Para ella, la derrota del Frente de Todos fue un revés muy doloroso, uno que pide venganza. Sus huestes perdieron en todos los distritos importantes y también en Santa Cruz, donde quedaron terceros, y casi se vieron privadas de Tucumán, la provincia de Juan Manzur. Para más señas, el “casi empate” que, gracias al poder numérico del conurbano empobrecido, el oficialismo nacional logró en la Provincia de Buenos Aires, fue obra del clientelismo furibundo de la vieja guardia peronista que no la quiere para nada -tampoco le gustan Axel Kiciloff y Máximo- y que a buen seguro tratará de aprovechar el haber conseguido reducir por un par de puntos la ventaja anotada por Juntos por el Cambio en las PASO para castigar a los soldados de La Cámpora.

¿Significa esto que el prolongado reinado de Cristina sobre el grueso del peronismo está por terminar? Es posible, pero, como nos recuerda la voz admonitora del Marco Antonio de Shakespeare, “el mal que hacen los hombres vive después de ellos”. Sería difícil exagerar lo malo que ha sido para la cultura política del país el protagonismo de una señora acusada, en base a una multitud de pruebas muy convincentes, de ser fenomenalmente corrupta.

No se trata de un detalle anecdótico. En dosis excesivas, la corrupción es un veneno que hace pudrirse todo el tejido social, institucionaliza la hipocresía y hace borrosa la realidad. Además de los costos adicionales para la población del desvío sistemático de fondos aportados por los contribuyentes a las cuentas bancarias de políticos, funcionarios, sindicalistas y jueces venales, afecta a virtualmente todas las decisiones gubernamentales al privilegiar quienes las toman sus propios intereses personales o aquellos de sus jefes por encima del bienestar común. En las sociedades en que la compraventa de favores es endémica, suelen prosperar los más deshonestos en desmedro de quienes se aferran a principios éticos que los miembros de la elite desprecian. Es por tal razón que tales sociedades terminan convirtiéndose en “kakistocracias”, es decir, en estados en que gobiernan los peores.

De un modo u otro, todos los kirchneristas se han visto constreñidos a reivindicar la corrupción, a fingir creer que es perfectamente natural que dos empleados estatales como Néstor Kirchner y su esposa se hayan transformado en magnates multimillonarios y que los esporádicos intentos de procesarlos se hayan debido a motivos políticos viles. Algunos kirchneristas y sus simpatizantes juran creer que la evidencia abundante acerca de lo hecho por los Kirchner, que desde hace años es de dominio público, consiste en nada más que “fotocopias” truchas o algo así, otros afirman que todos los poderosos son igualmente culpables de suerte que es terriblemente injusto ensañarse con quienes, según ellos, son víctimas progres del “lawfare” ultraderechista. ¿Es lo que realmente creen? Puede que no. De todos modos, se trata de un fenómeno desconcertante que merece ser estudiado por psicólogos y sociólogos no militantes.

Por lo demás, muchos que no comulgan con el kirchnerismo prefieren pasar por alto el tema de la corrupción porque a su entender es peligroso exigir cierto respeto por los principios éticos que se suponen vigentes ya que, insinúan, hacerlo sólo sirve para consolidar “la grieta”, cuando lo que más necesita el país es la unidad nacional frente a la crisis abrumadora que lo está devastando. ¿Ayudaría el pacto de impunidad que a su manera están proponiendo a curar la sociedad del vicio que tantos perjuicios sigue ocasionándole? Hay que dudarlo. Mal que les pese a los bienintencionados, reemplazar la Justicia con una amnistía no podría sino brindar a los corruptos motivos para creer que les convendría continuar robando porque no correrán muchos riesgos.

Para Juntos por el Cambio, el futuro que para su sorpresa hizo su aparición en septiembre y que, levemente modificado, se confirmó el domingo, luce a un tiempo prometedor y muy inquietante. Como premio por haber ganado una contienda electoral, los líderes de la agrupación tendrán que prepararse para asumir responsabilidades tan pesadas que podrían aplastar hasta a los estadistas más aguerridos. Aunque es por mucho el conjunto político más popular, la coalición que plasmaron Mauricio Macri, Elisa Carrió y otros está lejos de disfrutar del apoyo mayoritario. Lo entienden sus dirigentes más lúcidos; creen que, para hacer lo necesario para que la Argentina sobreviva a las ordalías que le aguardan, tendrán que fortalecer mucho su base de sustentación incorporando a peronistas, liberales y otros personajes que, de ser distinta la situación del país, quisieran mantener a raya.

Los jefes de Juntos por el Cambio también tendrán que impedir que las fuerzas centrífugas que ya están haciéndose sentir provoquen la fragmentación de la alianza que han ensamblado. Como es habitual cuando una agrupación heterogénea, sin estructuras partidarias robustas ni una larga tradición que inspira lealtad, se cree cercana al poder, muchos integrantes ambiciosos están convencidos de que debería tocarles a ellos mismos, o por lo menos a la facción a la que pertenecen, asumir el liderazgo del conjunto.

A diferencia de los peronistas, que en la campaña tuvieron que resignarse a que figuras secundarias se candidatearan por los escaños parlamentarios, la oposición pudo darse el lujo de prescindir de muchos hombres y mujeres que pudieron haber hecho una muy buena elección. En la actualidad, Juntos por el Cambio cuenta con un superávit de jefes en potencia, entre ellos radicales, comenzando con Facundo Manes, que no ocultan su voluntad de poner en su lugar a la gente de Pro, pero carece de un líder indiscutido con la autoridad moral suficiente como para darle la dirección que necesita. Aunque en teoría un liderazgo colegiado debería ser un sustituto adecuado, son tantos los egos en pugna que existe el peligro de que no resulte estar a la altura de la tarea gigantesca que le espera.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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