Lunes 16 de mayo, 2022

OPINIóN | 12-08-2021 14:30

Una carrera contra el tiempo

Argentina es prisionera del corto plazo, por ser tan breves los intervalos entre elecciones que, según los protagonistas, determinarán el destino del país.

La Argentina es prisionera del corto plazo, un lapso que aquí se mide por semanas, cuando no por días. Por ser tan breves los intervalos entre elecciones que, según los protagonistas, determinarán el destino del país, todo tiene que subordinarse a los esfuerzos proselitistas inmediatos de las distintas agrupaciones. Si bien algunos gobiernos han estado dispuestos a arriesgarse tomando medidas poco populares con la esperanza de que los beneficios previstos se hagan sentir antes de la próxima contienda, la triste experiencia macrista en la materia impresionó tanto a los peronistas que ni siquiera se animaron a aprovechar las primeras semanas de la gestión de Alberto Fernández para hacer el “trabajo sucio” que, en vista del estado precario de la economía nacional, le habría ahorrado muchos problemas en los meses siguientes, para no hablar de los años venideros. Antes de las elecciones de 2019, un economista más o menos ortodoxo, Guillermo Calvo, opinaba que sería bueno que las ganara un peronista porque “va a aplicar el ajuste con apoyo popular, culpando al gobernante previo”, lo que según él le permitiría poner en marcha un programa de reformas drásticas. Sin embargo, aunque todos los kirchneristas y sus aliados coyunturales coinciden en que Mauricio Macri les entregó un desastre socioeconómico de proporciones apocalípticas, parecería que en verdad no era lo bastante terrible como para obligarlos a ajustar.

Antes bien, confiaban en que su mera presencia en el poder serviría para que las dificultades pronto quedaran atrás para que, por fin, el país entrara en una época de crecimiento sostenido. Se equivocaban, claro está. Hay buenos motivos para suponer que, aún sin la pandemia que tanto aquí como en el resto de mundo llevó a un virtual cese de actividades, la economía ya estaría en caída libre. De resultas de los estragos adicionales que ha provocado, la Argentina corre peligro de sumarse al número creciente de “estados fallidos”. Sea como fuere, para Alberto y Cristina, todo es muy sencillo: hay que hacer cuanto resulte necesario para que en noviembre el país quede envuelto en una sensación de bienestar incipiente que les permita adquirir más bancas en el Congreso. Con tal que en vísperas de la jornada electoral haya pan, el riesgo de que haya hambre en las semanas que la siguen los tiene sin cuidado. No podrán sino temer que la economía esté por experimentar otra de sus esporádicas megacrisis, pero rezan para que todo estalle después de las elecciones.

Desde su punto de vista, el poder político es lo único que importa. No es que lo necesiten para poner fin a más de medio siglo de decadencia. Para ellos, el poder y los privilegios que suelen acompañarlo -cargos para los militantes, impunidad para Cristina y sus hijos, negocios para los amigos- son fines en sí mismos a los que hay que subordinar temas menores como el del futuro de una sociedad que, para extrañeza del resto del mundo, brinda la impresión de querer autodestruirse para probar que aquí no sirven esquemas que, en otras partes, han funcionado muy pero muy bien. Como todos los demás políticos, podrían aludir a la “vocación de servicio” que supuestamente los inspira, pero sólo se trata de palabras.

Aunque los kirchneristas juran estar resueltos a reconstruir el país para que ocupe un lugar más digno en el orden mundial, hasta ahora no han ofrecido nada parecido a un proyecto coherente, de ahí la aversión notoria de Alberto a los planes económicos que nos dirían hacia dónde se propone ir el gobierno del que es el mascarón de proa. Son incisivos a la hora de fustigar a sus adversarios, pero sólo balbucean cuando hablan del modelo que quisieran instalar. Puede que a algunos les resulten atractivos el chavismo venezolano y hasta el castrismo cubano, pero sería porque les gustaría ver castigados con la debida severidad a los “oligarcas” locales y sus presuntos aliados macristas, no porque encuentren admirables las sociedades paupérrimas y sumamente represivas que han fraguado los adustos tiranos caribeños.

Para conservar el poder que el kirchnerismo ha conquistado y, tal vez, aumentarlo, sus estrategas dan por descontado que el gobierno tendrá que continuar inundando el país de pedacitos de papel recién impresos. A juzgar por la experiencia tanto nacional como internacional, al obrar así asegurará que algunos meses más tarde se desate un tsunami inflacionario, pero si bien es de suponer que Alberto y Martín Guzmán son conscientes de los riesgos planteados por lo que están haciendo, apuestan a que no suceda nada feo hasta que el último votante haya pasado por el cuarto oscuro.

En cuanto a Cristina, parecería que, aleccionada por Axel Kiciloff y sus amigos, no está del todo convencida de que haya un vínculo directo entre la emisión monetaria y la suba constante de los precios. Antes bien, se siente tentada por la noción de que en última instancia todo depende de la capacidad oficial para disciplinar a los empresarios y que por lo tanto un buen resultado electoral le suministraría las armas legislativas que precisaría para forzarlos a vender sus bienes a pérdida, lo que a su juicio resolvería uno de los problemas principales del país. De todos modos, tanto Guzmán, un tecnócrata que a juicio de los demás economistas es relativamente racional, como los alegremente heterodoxos que susurran al oído de Cristina, entienden que dadas las circunstancias es razonable poner la economía al servicio de la campaña electoral. Suponen que, de lograr consolidar el dominio oficialista del Congreso, tendrán tiempo suficiente en que pensar en cómo impedir que se desplome por completo mientras estén en el gobierno aunque, puesto que las elecciones presidenciales de 2023 ya están asomando por el horizonte, serán reacios a tomar medidas antipáticas -tarifazos y así por el estilo-, que a buen seguro enojarían a la gente.

Mal que les pese, tienen que tomar en cuenta la posibilidad de que el colapso previsto por los asustados por la forma en que el gobierno está manejando la economía ocurra antes de las elecciones, lo que, es de suponer, no beneficiaría en absoluto al oficialismo. Casi ocurrió algo similar en 2015, pero Cristina y Kiciloff tuvieron suerte; lograron arreglárselas para que todo estallara en la cara de su sucesor, aun cuando se tratara de Daniel Scioli. Con todo, no hay garantía alguna de que en esta ocasión lograran demorar el desenlace previsto de la aventura económica que han emprendido, pero por ser los kirchneristas especialistas en el arte de sacar provecho de los desastres colectivos, un eventual triunfo electoral opositor les permitiría atribuir la situación calamitosa del país al obstruccionismo de quienes seguirían calificando de macristas. El cortoplacismo es parte del ADN nacional desde hace mucho tiempo. A través de las décadas, miles de personas preocupadas por lo que estaba ocurriendo han insistido en que, sin “políticas de Estado”, o sea, planes de largo plazo consensuados, sería imposible salir de la según parece interminable crisis que tanto estaba empobreciendo al país, pero tales advertencias no sirvieron para nada. Todos los intentos de alcanzar un “gran acuerdo nacional” fracasaron al procurar defender sus propios intereses los sindicalistas, empresarios y, desde luego, políticos que participaban en las sesiones bien publicitadas que se celebraron sin que les importara para nada el destino del conjunto.

Puede que la emergencia gravísima que le aguarda al país en los meses próximos haga factible un acuerdo auténtico, pero primero sería preciso superar la “grieta” actual, la sucesora de tantas otras que desde antes de la Independencia han incidido, por lo común de manera negativa, en la evolución de la sociedad nacional. Nadie sabe cuáles serán los efectos de la combinación nefasta de un colapso económico atribuible a la resistencia del gobierno de turno a tomar realmente en serio su propia retórica acerca de las dimensiones de los problemas enfrentados por el país, una catástrofe que, huelga decirlo, atribuye a la oposición, y una pandemia que, conforme a un agencia norteamericana muy influyente, aquí se ha manejado de peor manera que en cualquier otro país significante. Además de la muy elevada cantidad de muertos ocasionados por el Covid-19, habrá que tomar en cuenta el aumento penoso de la pobreza y las consecuencias del impacto que ha tenido en la educación de millones de chicos, adolescentes y adultos jóvenes.

No hay forma de estimar lo que hubiera sucedido en el terreno económico de haber ganado Macri en 2019, pero puesto que es más que probable que hubiera comprado decenas de millones de dosis de las vacunas norteamericanas en cuanto se hacían disponibles, es razonable suponer que a esta altura la tasa de mortandad de la pandemia hubiera sido llamativamente inferior a la efectivamente registrada, aunque en tal caso sus enemigos lo estarían acusando de negligencia criminal. De todas formas, si bien en todas partes están celebrando debates airados en torno a las cuarentenas sin que haya consenso alguno, es innegable que ha tenido consecuencias luctuosas la decisión del gobierno de Alberto de boicotear, por motivos presuntamente geopolíticos, durante muchos meses a los productos de los laboratorios norteamericanos.

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James Neilson

James Neilson

Former editor of the Buenos Aires Herald (1979-1986).

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