Domingo 2 de octubre, 2022

OPINIóN | 10-08-2021 15:30

Un nuevo tipo de capitalismo

El sistema económico y social que marcó al siglo XX sufrió una importante trasformación a partir de la revolución tecnológica. Los parámetros que dividen al mundo cambiaron por completo.

La palabra “capitalismo” pertenece a ese selecto grupo de conceptos para el que cada persona tiene una definición. Podríamos juntarnos entre distintos lectores de este libro y estar discutiendo durante horas sobre los problemas y los beneficios del sistema capitalista, y cada uno de nosotros tendría en mente una definición distinta.

Esto mismo ocurre con palabras como “democracia”, “populismo”, “big data”, “skere”: todos la usan, casi nadie sabe qué es y tampoco queremos preguntarlo. Algo así como el sexo en la adolescencia.

Pero como no podemos hablar de algo sin definirlo, tomaremos la noción más básica de este complejo concepto: podemos definir al capitalismo como aquel sistema económico y social basado en la propiedad privada de los medios de producción. Donde el principal generador de riqueza es el capital, y donde la asignación de recursos se da principalmente -aunque no exclusivamente- mediante el mercado. Esto sería una definición “pura” del concepto de capitalismo. Es decir, una definición que busca ilustrar sus elementos más básicos, pero que resulta difícil de constatar en la realidad. En el mundo hay muy pocos -o más bien ningún- capitalismo en estado puro, así como tampoco hay democracias en estado puro si tomamos una definición exigente. Para resumir: es un concepto tan idealizado como la relación que te imaginaste después de que él/ella te contestó la historia de Instagram.

El capitalismo del siglo XXI

Hablar de capitalismo puede sonar muy a siglo XX. De hecho, podríamos debatir si seguimos en una sociedad capitalista o post-capitalista. Y existen tantas propuestas teóricas para llamar a este momento que no podrían resumirse ni en un libro entero. Para el profesor de la Universidad de Pensilvania, Jeremy Rifkin, la sociedad actual está eclipsando al sistema capitalista y dando paso a la era del “procomún” colaborativo (“collaborative commons”). Bajo esta perspectiva, y gracias al avance tecnológico, el costo marginal de muchos productos está tendiendo a cero, lo que ataca las bases propias del sistema capitalista. Para ponerlo fácil: si hace cuarenta años para escuchar una canción determinada teníamos que comprarnos todo un disco, que generaba regalías al artista, ingresos a la discográfica, a la distribuidora, al comercio minorista y al Estado en forma de impuestos, hoy solamente basta con entrar a Spotify o YouTube y podemos escucharlo de forma totalmente gratuita (o casi). Algo parecido sucede con muchos libros y la industria editorial, o con los periódicos. Todo parecería indicar entonces que estamos yendo hacia una era donde cada vez más bienes serán gratuitos o tendrán un costo tendiente a cero. Pero la pregunta de Rifkin es concreta y profunda al mismo tiempo: ¿No llevará esto al eclipse del capitalismo?

Suponiendo que seguimos viviendo en un contexto capitalista, es innegable que el sistema económico en el que vivimos es diferente al que compitió con el comunismo por el liderazgo global durante el siglo XX. La definición del capitalismo no puede, sin embargo, desligarse del momento histórico en el que nos encontremos. Parece evidente que no es lo mismo hablar de capitalismo en 1890 que en la actualidad. Esta nueva fase del capitalismo contemporáneo podría ser definida con cuatro características fundamentales: individualismo, hiperconsumo, opulencia y desigualdad.

Individualismo

Más allá del nombre que queramos ponerle al periodo de tiempo en que nos toca vivir, nuestra generación es hija de la modernidad. Y una de las marcas distintivas de los tiempos modernos sobre otras edades históricas es una nueva concepción del mundo, que concibe al ser humano individual como autor de su propio plan de vida.

Por esta razón, las frases del estilo de “puedes ser cualquier cosa que te propongas” nos suena muy bien a nosotros, pero probablemente no le harían mucho sentido a un campesino ruso del siglo XVII. No, no podés hacer lo que quieras, Vladimir: existen ciertos mandatos – religiosos, familiares o sociales – que es necesario cumplir para que todo funcione como se debe. La comunidad por encima del individuo. Y esto no tiene por qué sonarnos como algo muy loco. De hecho, tanto en China como en la India (que entre los dos concentran el 37% de la población mundial), la comunidad sigue estando por encima de los individuos. (...)

Pero volviendo a nuestro tema: el capitalismo, como fruto del pensamiento occidental que adquirió fuerza luego del Renacimiento, está imbuido de una concepción mayoritariamente individualista que, además, tendió a profundizar a lo largo de los siglos XIX y XX. Podríamos decir que el individualismo está conformado por un conjunto de valores que enfatizan la autonomía de las personas. Como resulta evidente, la palabra misma está conformada por el concepto de individuo y el sufijo “ismo”, comúnmente usado para formar sustantivos que designan doctrinas, ideologías o escuelas de pensamiento. Es decir que esta sería la escuela de pensamiento o doctrina que destaca la importancia del individuo.

Esta forma de ver el mundo fue generando distintas reacciones que – con métodos y resultados muy diferentes – intentaron resaltar el valor de lo colectivo por sobre lo individual, desde el socialismo utópico de Charles Fourier y Robert Owen que propuso crear comunidades de producción, consumo y residencia donde todo se compartía, como los falansterios, hasta la promesa de una sociedad sin clases del marxismo, pasando por el fascismo corporativista de los años 1930. Todos estos movimientos, muy distintos entre sí, comparten algo en común: tienen una tendencia colectivista.

Ahora bien, el capitalismo del siglo XXI, aparente triunfador de la batalla que libró durante el siglo XX frente a distintas expresiones colectivistas, ha desarrollado una tendencia a profundizar el componente individualista que lo caracterizaba. Monoambientes, motocicletas, computadoras personales y teléfonos inteligentes nos han ayudado a hacerlo. El individuo, su proyecto personal de vida y su identidad – ya sea real o virtual – se han puesto claramente por encima de la sociedad en su conjunto. Este tema – aunque quizás no formulado de esta forma – fue parte de una interesante discusión que se puso sobre la mesa durante 2020.

Hiperconsumo

Para el sociólogo francés Gilles Lipovetsky, en el siglo XXI nos encontramos en la era del vacío, en la que el capitalismo se ha transformado en un hiperconsumismo. Es decir que, vivimos en una especie de evolución del capitalismo donde el foco no está puesto en la producción – maximización de beneficios y reducción de costos – sino más bien en el consumo. En este sentido, los trabajadores (cualquiera sea su rubro), siguen siendo pilares fundamentales del sistema, pero no ya por su rol a la hora de producir, sino a más bien a la hora de adquirir cada vez más bienes materiales.

Así, el sistema se sostiene por la estimulación constante y perpetua de la demanda que requiere necesariamente multiplicar las necesidades casi infinitamente. Traducido al castellano: si nadie quiere comprar, el sistema no se sostiene, porque los sobrantes de stock harían bajar considerablemente el precio de muchos productos. Por lo que necesitamos que la gente tenga ganas de comprar. Y la mejor forma de hacerlo es haciéndoles creer que necesitan esos productos que se le están ofreciendo. Pensemos en todas aquellas cosas que creemos que necesitamos. ¿Realmente necesitamos un iPhone? ¿Necesitamos el nuevo tipo de jean un poco más ancho? ¿Necesitábamos el jean ajustado unos años antes cuando hicimos bermuda el jean ancho que teníamos? ¿Necesitamos una cámara de mejor calidad que la cámara de mejor calidad que superó a la otra, con una calidad sorprendentemente buena?

Hagamos el ejercicio de pensar en las últimas cinco grandes compras que hicimos. ¿Realmente lo necesitábamos o lo hicimos para sentirnos mejor con nosotros mismos? En mi caso particular, creo que durante la cuarentena compré más aros de luz de los que verdaderamente necesitaba e invertí dinero en una webcam innecesariamente mejor que la muy buena que ya tenía. Pero ¿qué extraña fuerza nos lleva a gastar el dinero que tanto nos cuesta ganar en cosas que no necesitamos? ¿Por qué nos pasa esto?

El hiperconsumo, podríamos decir, está directamente relacionado con la felicidad. O al menos con la búsqueda de felicidad mediante el placer inmediato, algo tan típico de nuestras sociedades digitales, como el “ghosteo” o el culto a la imagen en las redes sociales, que ya veremos más adelante. Pero esa felicidad, que más bien deberíamos llamar placer o gratificación instantánea, es amiga de la inmediatez (somos la generación del “¡click!”), y, por lo tanto, de lo efímero. Veámoslo con un ejemplo:

Vengo teniendo un mal día en el trabajo porque le dieron a otro el aumento que yo tanto quería. Siento que mi jefe no valora mi trabajo lo suficiente y, para colmo, discutí con mi pareja. Entro un poco a internet para despejarme y veo una publicidad de un producto X que me fascinó y ahora siento la necesidad de tenerlo. Que, al fin y al cabo, me lo merezco y si no me puedo dar un gustito, ¿para qué trabajo tanto? Lo busco en MercadoLibre y el cartel del “¡Llega hoy!” me emociona. Cuando le doy “click” a “comprar”, ya me siento un poco mejor (las dopaminas haciendo su efecto), y ahora necesito tenerlo en mis manos lo antes posible. Chequeo la interfaz de entregas para ver la situación de mi envío un par de veces, hasta que el sonido del timbre me llena de excitación. Placer inmediato y con entrega gratuita. Le saco fotos – obvio – al producto nuevo, para mostrarle a algún amigo o compartir en alguna red social; lo uso y siento que era lo que hace mucho tiempo necesitaba, aunque tenga 18 cuotas pendientes. Un antes y un después en mi vida que dentro de unos meses (o años, con suerte), terminará arrumbado en el fondo de un armario o perdido en alguna mudanza. Al otro día, o dentro de un par de días, la realidad seguirá siendo la misma: mi jefe es un idiota. Sigo sospechando que él piensa lo mismo de mí. Y con mi pareja las cosas siguen mal. ¿Placer? Sí. ¿Efímero? También.

Así es el hiperconsumo de las sociedades contemporáneas, y la tecnología juega un importante papel en este circuito circular de depresión-consumo-satisfacción efímera-depresión. Hace no mucho tiempo, los seres humanos veían publicidades en la vía pública o en los medios de comunicación con mucho menos frecuencia que hoy en día. Pero, además, para realizar sus compras tenían que indefectiblemente trasladarse a una tienda física; dependiendo del producto, encargarlo y, eventualmente, esperar – con suerte – unos días para recibirlo. Algo empezó a cambiar en la década de 1990 con el famoso “¡Llame YA!”: aquellas publicidades o programas televisivos que daban ciertos beneficios por consumo inmediato – tales como “un exclusivo set de cosas que nunca vas a usar en tu vida” – facilitando el problema de desplazamiento mediante la compra telefónica. El internet hizo las cosas todavía mucho más simples: la publicidad no nos llegará cuando estamos haciendo zapping aburridos mirando la televisión, sino literalmente en cualquier momento del día. Además, esa publicidad está personalizada, por lo que si nos encanta comer hasta reventar y no sentimos culpa, no nos van a ofrecer el Abdominator 3000, sino ofertas de descuento en delivery de comida. Y si amamos la vida fitness, probablemente no nos ofrezcan la “Express cooker smokeless grill” segunda generación. Pero, como si esta facilidad fuera poco, ni siquiera tenemos que recordar nuestro número de tarjeta de crédito (Google lo hace por nosotros), y no tenemos que pasar por el tedioso proceso de volver a escribir nuestra dirección postal, gracias a las maravillas del autocompletado. (...)

Opulencia

En 1959, uno de los principales teóricos del capitalismo durante el siglo XX, John Kenneth Galbraith, escribió una de sus obras más famosas que tituló “La sociedad opulenta”. En ese libro, Galbraith advertía sobre los peligros de la constante creación de necesidades que estaba generando el capitalismo para sostener los elevados niveles de producción. Pero si las necesidades de la década del 50 le parecían excesivas, imagínense cómo reaccionaría si se enterara de que hemos normalizado pagar más de mil dólares por un teléfono celular que cambiamos en promedio cada dos años y que viene sin cargador.

En la sociedad opulenta, Galbraith pone foco en la necesidad del equilibrio social y en evitar - como ya veremos - las grandes desigualdades. ¿Podemos tolerar que continúe existiendo la pobreza mientras un multimillonario tiene un automóvil de 300 mil dólares? Una buena respuesta a esto podría ser: siempre en la historia de la humanidad unos pocos - ya sea reyes, nobles, clérigos o emperadores - amasaron grandes fortunas mientras que la mayoría de la sociedad vivía en la miseria. Pero lo curioso del momento actual es que hay cada vez más sectores de la sociedad para los que la opulencia es un objetivo. O más que un objetivo, una necesidad.

Esto genera especiales complejidades en momentos de crisis, donde esa promesa de opulencia no puede materializarse, o puede materializarse incluso menos que de costumbre, provocando conflictos, protestas, manifestaciones y enojo por parte de la sociedad. Nada que nos sea ajeno a los que vimos las noticias durante la década 2010-2020, la década de las protestas a nivel global y en América Latina en particular.

Desigualdad

Es muy común que, en ámbitos académicos (y no tan académicos) se tienda a relacionar el capitalismo con la desigualdad. Esto tiene un especial peso en América Latina, desde donde se escriben estas páginas, que tiene el – para nada envidiable – récord de ser la región más desigual del planeta. ¿Qué está sucediendo con el capitalismo del siglo XXI? ¿Puede la tecnología ser un igualador de oportunidades que reduzca la desigualdad en el mundo?

Todos nosotros hemos escuchado las famosas cifras sobre desigualdad que circulan usualmente en los medios de comunicación. Por mencionar una de ellas, en 2015, por primera vez en la historia moderna, el 1% más rico de la población mundial alcanzó la mitad del valor total de activos que hay en el mundo. Para ponerlo en otras palabras, el Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz suele utilizar la siguiente imagen: si pusiéramos en un autobús a 85 de los mayores multimillonarios del mundo, ese vehículo contendría tanta riqueza como la mitad más pobre de la población global.

No podemos negar entonces – más allá de cualquier juicio de valor o preferencia ideológica – que vivimos en un mundo económicamente desigual. Pero antes de continuar, es preciso hacer dos aclaraciones sobre este concepto. En primer lugar, hay que decir, sin embargo, que estas cifras tenemos que tomarlas con pinzas. Cada vez que vemos un ranking de los principales multimillonarios del mundo, de esos que suelen inundar las publicaciones de los medios sedientos de clicks; veremos, por ejemplo, a Jeff Bezos, Bill Gates, Mark Zuckerberg o Amancio Ortega. Todos estos empresarios tienen una parte muy importante de su patrimonio en forma de acciones o títulos de las compañías que fundaron o dirigen. Es decir que, en la mayoría de los casos, no tienen ese dinero disponible en su billetera, sino que ese patrimonio depende en gran parte del valor de su empresa. Así, Bezos tiene en 2020 más de 54 millones de títulos de Amazon que representan una parte importante de su patrimonio. Y algo similar sucede con todos los casos.

En segundo lugar, es importante aclarar que la desigualdad no significa necesariamente pobreza. No podemos negar, como veíamos anteriormente, que vivimos en un mundo desigual. Sin embargo, estamos en un momento de la historia de la humanidad donde la pobreza está en su menor expresión. Hace sólo 200 años, 8 de cada 10 seres humanos vivían en condiciones materiales de extrema pobreza. Hoy, ese número se redujo a 2 de cada 10. Nunca antes en la historia de la humanidad había habido una reducción semejante. Claro que, mientras exista en el mundo un solo niño con deficiencias en su nutrición, estamos hablando de una injusticia intolerable. Sin embargo, y viendo la situación en perspectiva, los avances que ha logrado la humanidad – y en gran parte gracias a la tecnología – han sido considerables.

Los beneficios de la cuarta revolución industrial para el desarrollo son innegables. Solo en China existen más de ocho millones de emprendedores que proveen servicios y productos mediante plataformas de e-commerce a todo el mundo. En África Oriental, el 45% de los adultos pagan sus cuentas y servicios utilizando teléfonos móviles, y Aadhaar, el sistema de identificación digital de ciudadanos en India, ha alcanzado a casi mil millones de personas en tan solo cinco años.

Por su parte, el escritor de ciencia ficción norteamericano William Gibson dijo que el futuro ya está aquí, solo que no se encuentra distribuido de manera muy uniforme. De acuerdo con la publicación MIT Technology Review, los ingresos medios en Silicon Valley alcanzaron los 94.000 dólares por persona en 2013, mientras que la media nacional norteamericana es de 53.000. Sin embargo, se calcula que un tercio de los trabajos de la zona gana 16 dólares por hora o menos, una cifra que está por debajo de lo que hace falta para mantener una familia en esa región. De hecho, el índice de pobreza en el condado de Santa Clara, en el corazón de Silicon Valley, está en torno al 19%. Continuando con esta tendencia, un informe publicado en 2016 por el Banco Mundial y titulado “Dividendos digitales” explica que los aportes de las nuevas tecnologías al desarrollo son considerables y ha tenido un importante crecimiento en los últimos años, pero sus beneficios no se están distribuyendo equitativamente alrededor del mundo. Y las razones por las que eso sucede serían básicamente dos. “Por un lado, un limitante de accesibilidad: más de la mitad de la población mundial carece de conexión a internet y por ende se quedó afuera de la economía digital. En segundo lugar, los beneficios de las tecnologías disruptivas también traen consigo distintos riesgos que muchas veces no tenemos en cuenta, como vacíos regulatorios, intereses ocultos o concentración de mercado en el rubro tecnológico”.

Para solucionar estos dilemas, el Banco Mundial propone democratizar el acceso a internet, profundizar la formación en habilidades digitales y garantizar una competencia más justa en el rubro tecnológico. ¿Estaremos a la altura de estos desafíos? ¿O avanzaremos hacia una sociedad profundamente desigual?

Joan Cwaik

 

El dilema humano

Joan Cwaik es escritor, conferencista, docente e investigador en tecnologías disruptivas. Gerente de Marketing para Latinoamérica en Maytronics y docente de la Fundación UADE. Su último libro es “El dilema humano. Del homo sapiens al homo tech” (Galerna).

También te puede interesar

por Joan Cwaik

Galería de imágenes

Comentarios