Viernes 23 de abril, 2021

OPINIóN | 29-03-2021 14:50

Por qué el capitalismo precipitó la crisis climática

La era Reagan-Thatcher le robó al planeta la oportunidad de ocuparse del equilibrio ambiental. Por qué el socialismo también es responsable.

Agosto de 2018. Este domingo, el “New York Times Magazine” estará compuesto íntegramente por un solo artículo sobre un único tema: el fracaso a la hora de afrontar la crisis climática global en la década de 1980, un momento en el que la ciencia tomó partido y la política pareció alinearse con ella. Al leerlo, este trabajo de historia lleno de revelaciones privilegiadas sobre posibilidades no materializadas, escrito por Nathaniel Rich, me ha hecho soltar un juramento en varias ocasiones. Y para que no quede ninguna duda sobre la magnitud de este fracaso de tan extraordinaria trascendencia, las palabras de Rich van acompañadas de fotografías aéreas a toda página, realizadas por George Steinmetz, que documentan de forma desgarradora el rápido desmoronamiento de los sistemas planetarios, desde la presencia de corrientes de agua en lugares donde antes había hielo en Groenlandia hasta las masivas floraciones de algas en el tercer lago más grande de China.

El artículo, largo como una novela, representa el tipo de compromiso por parte de los medios que la crisis climática merece desde hace tiempo, pero que casi nunca ha obtenido. Todos hemos oído las diversas excusas con las que se pretende justificar por qué ese pequeño asunto de la expoliación de nuestro único hogar simplemente no constituye una noticia llamativa: “El cambio climático está demasiado lejos en el futuro”; “Resulta inapropiado hablar de políticas cuando la gente está perdiendo la vida a causa de huracanes e incendios”; “Los periodistas siguen las noticias, no las crean, y los políticos no hablan del cambio climático”; y, por supuesto, “Cada vez que lo intentamos nos cargamos los índices de audiencia”.

Crisis climática protestas

Ninguna de esas excusas puede encubrir el incumplimiento del deber. Los grandes medios de comunicación siempre han tenido la posibilidad de decidir por sí mismos que la desestabilización planetaria constituye, de hecho, una noticia de enorme importancia, sin duda la más trascendente de nuestra época. Siempre han tenido la capacidad de aprovechar las habilidades de sus reporteros y fotógrafos para conectar la ciencia abstracta con los extremos fenómenos meteorológicos vividos. Y si hicieran eso de forma sistemática, disminuiría la necesidad de que los periodistas se adelantaran a la política, puesto que, cuanto más informada esté la opinión pública sobre la amenaza y las potenciales soluciones tangibles, más presionará a sus representantes electos para que tomen medidas enérgicas.

De ahí que resultara tan emocionante ver cómo el “Timesrespaldaba el trabajo de Rich con toda la fuerza de su maquinaria editorial, anunciándolo con un vídeo promocional, lanzándolo con un evento en vivo en el Times Center y acompañándolo de diversos materiales didácticos. Y de ahí también que uno no pueda por menos que enfurecerse al ver que el artículo yerra de manera espectacular en su tesis central.

Según Rich, entre los años 1979 y 1989 la ciencia básica subyacente al cambio climático se entendía y se aceptaba; aún no se había producido la división partidista sobre el tema, las empresas de combustibles fósiles todavía no habían iniciado en serio su campaña de desinformación, y existía un enorme impulso político global de cara a forjar un acuerdo internacional para la reducción de emisiones que fuera a la vez enérgico y vinculante. Aludiendo al período clave de finales de la década de 1980, sostiene Rich: “Las condiciones no podrían haber sido más favorables para el éxito”.

Y, sin embargo, la pifiamos: “nosotros”, los seres humanos, que aparentemente somos demasiado miopes para salvaguardar nuestro propio futuro. Por si no nos ha quedado claro a quién y a qué hay que echar la culpa de que ahora estemos “perdiendo la Tierra”, la respuesta de Rich se presenta en una frase destacada a toda página: “Conocíamos todos los hechos y nada se interponía en nuestro camino. Es decir, nada excepto nosotros mismos”.

Sí, usted y yo, según Rich, no las empresas de combustibles fósiles que participaron en todas las grandes reuniones de formulación de políticas públicas que se mencionan en el artículo. (Imagine que el Gobierno estadounidense invitara repetidamente a los ejecutivos del tabaco a elaborar políticas destinadas a implantar la prohibición de fumar. Al ver que de esas reuniones no salía nada sustantivo, ¿concluiríamos que la razón es que los humanos simplemente quieren morir? ¿No es posible que resolviéramos, en cambio, que el sistema político es corrupto y está averiado?)

Muchos climatólogos e historiadores han señalado este error de interpretación desde que se publicó el artículo en internet. Otros han hecho hincapié en las descabelladas invocaciones a la “naturaleza humana” y el uso de un mayestático “nosotros” para referirse en realidad a un grupo de poderosos actores estadounidenses ridículamente homogéneo. En todo el relato de Rich no se escucha ni una palabra de los líderes políticos del Sur Global que exigían una acción vinculante en aquel período clave y después de él; que de alguna manera eran capaces de preocuparse por las generaciones futuras a pesar de ser humanos. Al mismo tiempo, en el texto de Rich las voces de las mujeres son casi tan raras como los avistamientos del picamaderos picomarfil (una especie en peligro de extinción), y cuando aparecen las damas, se trata principalmente de las sufridas esposas de hombres trágicamente heroicos.

 

Cambio climático en la década del '80

De todos esos defectos ya se ha hablado bastante, de modo que no los voy a repetir aquí. Me centraré, en cambio, en la premisa central del artículo: que a finales de la década de 1980 se dieron unas condiciones que “no podrían haber sido más favorables” para emprender una vigorosa acción climática. Todo lo contrario: apenas cabe imaginar un momento más inoportuno en la evolución humana para que nuestra especie afrontara cara a cara la dura verdad de que las comodidades del moderno capitalismo de consumo estaban erosionando sistemáticamente la habitabilidad del planeta. ¿Y por qué? Pues porque a finales de la década de 1980 se produjo el apogeo absoluto de la cruzada neoliberal, el momento de máxima supremacía ideológica del proyecto económico y social que se propuso denigrar de forma deliberada la acción colectiva en nombre de los liberadores “mercados libres” en todos los aspectos de la vida. Sin embargo, Rich no hace mención alguna de esta doble agitación paralela en el pensamiento económico y político.

Cambio climático

Cuando profundicé en esta misma historia del cambio climático, hace unos años, también yo llegué a la conclusión — como hace Rich — de que la coyuntura clave en la forja del impulso mundial hacia un acuerdo global serio y con base científica la marcó el año 1988. Fue entonces cuando James Hansen, entonces director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA, declaró ante el Congreso estadounidense que creía, con “un noventa y nueve por ciento de certeza”, que existía “una tendencia de calentamiento real” vinculada a la actividad humana. Más tarde, aquel mismo mes, cientos de científicos y responsables políticos celebraron la histórica Conferencia Mundial sobre los Cambios en la Atmósfera en Toronto, donde se discutieron los primeros objetivos de cara a la reducción de emisiones. A finales de aquel mismo año (en noviembre de 1988), el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU, el principal organismo científico que asesora a los Gobiernos sobre la amenaza climática, celebraba su primera sesión.

Pero por entonces el cambio climático no constituía una preocupación exclusiva de los políticos y estudiosos: era algo de lo que todo el mundo hablaba, hasta el punto de que, cuando los editores de la revista “Time” anunciaron su “Persona del año” de 1988, optaron por elegir el “Planeta del año: la Tierra en peligro de extinción”. En la portada aparecía una imagen del globo envuelta con una cuerda, mientras el sol se ponía amenazadoramente al fondo. “Ningún individuo, ningún acontecimiento, ningún movimiento ha cautivado tanto la imaginación o ha dominado tanto los titulares — explicaba el periodista Thomas Sancton — como ese montón de roca, tierra, agua y aire que constituye nuestra casa común”. (...).

Cuando examiné las noticias relativas al clima publicadas en ese período, parecía que había un profundo cambio a la vuelta de la esquina. Pero luego, trágicamente, todo se desvaneció: Estados Unidos salió de las negociaciones internacionales, y el resto del mundo optó por acuerdos no vinculantes basados en dudosos “mecanismos de mercado” como el comercio de derechos de emisión y las compensaciones de carbono, y, en algunos casos raros, un pequeño impuesto sobre el carbono. De modo que, sin duda, merece la pena preguntar, como hace Rich: ¿qué diablos ocurrió?, ¿qué alteró la sensación de urgencia y la determinación que emanaban simultáneamente de todas aquellas instituciones de élite a finales de la década de 1980?

Rich concluye — aunque no ofrece ninguna evidencia social ni científica de ello — que algo llamado “naturaleza humana” irrumpió y lo estropeó todo. “Los seres humanos — escribe — , ya sea en organizaciones globales, democracias, industrias, partidos políticos o como individuos, son incapaces de sacrificar la comodidad actual para evitar una penalización impuesta a las generaciones futuras”. Parece que estamos programados para “obsesionarnos con el momento presente, preocuparnos por el medio plazo y desechar el largo plazo de nuestra mente como quien escupe un veneno”.

Sin embargo, cuando examiné ese mismo período, yo llegué a una conclusión muy distinta: que lo que a primera vista parecía nuestra mejor oportunidad de emprender una acción climática con el potencial de salvar vidas, visto retrospectivamente resultaba ser un caso clamoroso de falta de oportunidad histórica. Al volver la vista atrás y examinar aquella coyuntura, resulta evidente que, justo cuando los Gobiernos se estaban uniendo para tomarse en serio el control del sector de los combustibles fósiles, la revolución neoliberal global entró en su momento de máximo esplendor, y ese proyecto de remodelación económica y social chocaba frontalmente a cada paso con los imperativos tanto de la climatología como de la regulación corporativa.

El hecho de no hacer siquiera una referencia pasajera a esta otra tendencia global que se desarrollaba a finales de la década de 1980 representa un punto ciego de profundidad insondable en el artículo de Rich. Al fin y al cabo, el principal beneficio de revisitar un período del pasado reciente como periodista es que puedes ver tendencias y patrones que todavía no eran visibles para las personas que vivieron esos tumultuosos acontecimientos en tiempo real. La comunidad climática de 1988, por ejemplo, no tenía forma alguna de saber que se hallaba en el momento álgido de una convulsiva revolución económica que iba a cambiar todas las grandes economías del planeta.

Pero nosotros lo sabemos. Y una cosa que queda meridianamente clara cuando vuelves la vista atrás a finales de la década de 1980 es que, lejos de ofrecer unas “condiciones [que] no podrían haber sido más favorables para el éxito”, el período 1988-1989 fue el peor momento posible para que la humanidad decidiera que iba a tomarse en serio poner la salud del planeta por encima de los beneficios.

Recordemos qué más ocurría por aquel entonces. En 1988, Canadá y Estados Unidos firmaron su Tratado de Libre Comercio, un prototipo del futuro TLCAN y los innumerables acuerdos que seguirían. El Muro de Berlín estaba a punto de caer, un acontecimiento del que los ideólogos de la derecha estadounidense supieron sacar partido como supuesta evidencia del “fin de la historia”, y que interpretaron como una licencia para exportar la receta Reagan-Thatcher a base de privatización, desregulación y austeridad económica a todos los rincones del mundo.

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Fue tal convergencia de tendencias históricas — el surgimiento de una arquitectura global que se suponía que iba a abordar el cambio climático y el surgimiento de una arquitectura global, mucho más poderosa, que tenía por objetivo liberar el capital de cualquier tipo de restricción — la que hizo descarrilar el impulso que tan acertadamente identifica Rich. Porque, como él mismo señala repetidas veces, afrontar el reto del cambio climático habría requerido la imposición de regulaciones estrictas a los contaminadores, al tiempo que se invertía en la esfera pública para transformar la forma en que hacemos avanzar nuestras vidas, vivimos en las ciudades y nos movemos de un lado a otro.

Todo esto era posible en las décadas de 1980 y 1990 — como hoy sigue siéndolo — , pero habría exigido enfrentarse abiertamente al proyecto del neoliberalismo, que en ese momento estaba librando una auténtica guerra contra la idea misma de la “esfera pública” (“No existe esa cosa llamada sociedad”, sentenció Thatcher). Paralelamente, los acuerdos de libre comercio que se firmaron en ese período contribuyeron de forma activa a que muchas iniciativas sensatas en materia climática (como subvencionar y ofrecer un tratamiento preferente a las industrias verdes locales, y rechazar muchos proyectos contaminantes como la fracturación hidráulica y los oleoductos) resultaran ilegales en virtud del derecho del comercio internacional.(...)

¿Por qué es significativo que Rich no mencione ese choque y, en cambio, afirme que nuestro destino ha quedado sellado por la “naturaleza humana”? Es importante porque, si la fuerza que interrumpió aquel impulso en favor de la acción fuimos “nosotros mismos”, entonces ese título fatalista de “Perder la Tierra” resulta realmente merecido (“Perder la Tierra: la década en la que podríamos haber parado el cambio climático”, Nathaniel Rich, MCD/Farrar). Si la incapacidad de sacrificarse a corto plazo para apostar por la salud y la seguridad en el futuro cercano está grabada en nuestro ADN colectivo, entonces no tenemos ninguna esperanza de cambiar las cosas a tiempo para evitar un calentamiento realmente catastrófico.

Si, por el contrario, los humanos realmente estuvimos a punto de salvarnos en la década de 1980, pero nos vimos anegados por una ola de fanatismo elitista en favor del libre mercado al que se opusieron millones de personas en todo el mundo, entonces hay algo bastante concreto que podemos hacer al respecto. Podemos enfrentarnos a ese orden económico e intentar reemplazarlo por algo que hunda sus raíces en la seguridad humana y planetaria; que no tenga como centro la búsqueda del crecimiento y el beneficio a toda costa.

La buena noticia — en efecto, la hay — es que actualmente, a diferencia de 1989, en Estados Unidos está abriéndose paso un joven y creciente movimiento de socialdemócratas verdes que tienen exactamente esa visión. Y eso representa algo más que una mera alternativa electoral: es nuestro único salvavidas planetario.(...)

Pero no basta con culpar al capitalismo. Es absolutamente cierto que el impulso en favor de un crecimiento y un beneficio ilimitados se opone al imperativo de una rápida transición que nos aleje de los combustibles fósiles. Es absolutamente cierto que el despliegue global de esa forma desatada de capitalismo conocida como neoliberalismo en las décadas de 1980 y 1990 ha sido el factor que más ha contribuido al desastroso aumento de las emisiones a escala global en las últimas décadas, y ha representado el principal obstáculo para abordar una acción climática de base científica desde que los Gobiernos empezaron a reunirse para hablar (y hablar y hablar) sobre la reducción de emisiones. Y, de hecho, todavía sigue siendo el mayor obstáculo, incluso en países que se publicitan como líderes en la lucha contra el cambio climático.

Pero debemos admitir con absoluta honestidad que el socialismo industrial autocrático también ha sido un auténtico desastre para el medio ambiente, como demuestra — de la forma más dramática — el hecho de que las emisiones de carbono se desplomaran brevemente cuando las economías de la antigua Unión Soviética se desmoronaron a comienzos de la década de 1990. Y el petropopulismo de Venezuela constituye un recordatorio de que no hay nada intrínsecamente verde en el autoproclamado socialismo.

Reconozcamos este hecho, al tiempo que señalamos que los países con una fuerte tradición de socialismo democrático (como Dinamarca, Suecia y Uruguay) cuentan con algunas de las políticas medioambientales más visionarias del mundo. De ello podemos concluir que el socialismo en sí no es necesariamente ecológico, pero que una nueva forma de ecosocialismo democrático, con la suficiente humildad para aprender de las enseñanzas indígenas sobre los deberes para con las generaciones futuras y la interconexión de toda forma de vida, parece ser la mejor baza de la humanidad de cara a la supervivencia colectiva.

Tal es la apuesta de la oleada de políticos surgidos de movimientos y candidatos de partidos que actualmente propugnan una visión ecosocialista democrática, uniendo los puntos que conectan la depredación económica causada por décadas de supremacía neoliberal y la devastada situación de nuestro mundo natural. Juntos, abogan por un Green New Deal que satisfaga las necesidades materiales básicas de todos y ofrezca soluciones reales a las desigualdades raciales y de género, todo ello al tiempo que cataliza una rápida transición a energías cien por cien renovables. Muchos también se han comprometido a no aceptar dinero de las empresas de combustibles fósiles, y prometen, en cambio, llevarlas ante los tribunales.

Esta nueva generación de líderes políticos rechaza el centrismo neoliberal del “establishment” del Partido Demócrata — con sus tibias “soluciones mercantilistas” a la crisis ecológica — y la guerra total contra la naturaleza de Donald Trump, al tiempo que presenta una alternativa concreta a los socialistas extractivistas tanto del pasado como del presente. Y lo que quizá resulta aún más importante: esta nueva generación de líderes no está interesada en hacer de la “humanidad” el chivo expiatorio de la codicia y la corrupción de una pequeña élite. Pretende, en cambio, ayudar a la humanidad, en especial a sus miembros sistemáticamente más desoídos e ignorados, a encontrar su propia voz y su propio poder colectivos a fin de enfrentarse a esa élite.

Nosotros no estamos perdiendo la Tierra, pero la Tierra se está calentando tan deprisa que lleva camino de perdernos a muchos de nosotros. Por suerte, justo en el último momento, se presenta una nueva vía política que abre un camino hacia la seguridad.

No es hora de lamentar las décadas perdidas: es hora de lanzarse de cabeza por esa vía.

Naomí Klein

 

 

Naomí Klein es periodista, autora de “No logo”. Su último libro publicado en la Argentina es “En llamas. Un (enardecido) argumento a favor del Green New Deal” (Paidós).

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