OPINIóN | 24-09-2021 15:33

Voto bronca: las PASO y la amenaza antisistema

Entre abstenciones, sufragios en blanco y nulos suman el 37,6 %. Los desencantados que eligen los extremos. Milei y la izquierda.

Muchas veces se dijo que las PASO son apenas una gran encuesta nacional, una especie de simulacro costoso que debería ser eliminado por superfluo. Las intentó suprimir el macrismo cuando le tocó gobernar y también un sector del Frente de Todos a comienzos de este año. Pero quizás ese carácter de consulta popular sin consecuencias institucionales inmediatas le otorgue a las Primarias una función precisa: la de captar con mayor nitidez el mensaje del soberano, incluso más allá de sus representantes.

Así las cosas, por segunda vez consecutiva, el pronunciamiento ciudadano ha sido inesperado e inequívoco. Un piñazo a la autopercepción oficial que altera los planes y modifica de cuajo el escenario. En 2019 el repudio tuvo como destinatario a Juntos por el Cambio, que ya no pudo recuperarse del golpe y debió ceder el gobierno. Tan atónito quedó el entonces presidente Mauricio Macri, que debió pedir disculpas por su banal lectura sobre el recado de las urnas. Esta vez la bofetada estuvo dirigida hacia la otra fuerza mayoritaria, el peronismo, que había creído infalibe su unidad, aunque el correlato fuera una gestión torpe e ineficaz.

Sendos rechazos, que impactaron sucesivamente en la línea de flotación de las principales plataformas electorales, quizás estén expresando algo más que un voto castigo o un cuestionamiento al oficialismo de turno. Una hipótesis posible: ¿estamos asistiendo al renacimiento del voto bronca y a un tipo de descontento que desconfía de la mera alternancia como herramienta para solucionar las demandas básicas insatisfechas, por lo que apunta contra el sistema político en su conjunto?

Laboratorio AMB

Es indudable que la escudería conducida por el actual jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, fue la gran ganadora de las primarias. Sin embargo, lo interesante es que para alzarse con el triunfo le bastó conservar los votos obtenidos en 2019, al menos en los distritos más populosos. Como demostró la revista Crisis en un análisis publicado el lunes, tanto en la Provincia de Buenos Aires (bastión del peronismo), como en la Capital Federal (tierra santa cambiemita) corroboramos el mismo patrón: la sangría de votos del Frente de Todos no fue captada por las listas de Juntos por el Cambio.

Pero si no se endosaron a la principal fuerza de oposición, ¿hacia dónde drenaron los sufragios desencantados con el oficialismo? Segundo dato relevante: tampoco fue el peronismo no kirchnerista u otra fuerza de centro la que atrajo esas voluntades, como sucedió en varias elecciones a lo largo de este siglo.

El desplazamiento del electorado, al menos en lo que respecta al Área Metropolitana de Buenos Aires (aunque el comportamiento se verifica también en otras importantes urbes del país), proviene de las fuerzas mayoritarias y se dirige hacia dos categorías distintas que crecieron notablemente en estas PASO: por un lado, hacia expresiones de desafección más o menos activas; y por el otro hacia las posturas antisistema, ya sean las más asentadas izquierdas trotskistas (que se ubicaron como tercera fuerza a nivel nacional, con un caudal impactante en Jujuy) o las novedosas derechas libertarias (fundamentalmente en la Ciudad de Buenos Aires, con la irrupción de Javier Milei).

Si tomamos solo al distrito más populoso del país, la sumatoria de abstención + voto nulo + voto en blanco llega a 4.810.000, lo que suma el 37,6% del padrón total. Mientras en 2019 ese universo reunió a 3.850.000 de ciudadanes, el 29% del total de personas habilitadas para sufragar. Semejante salto de casi un millón de personas que no optaron por ninguna de las ofertas electorales ubica al registro de 2021 más cerca del 2001 que de 2019. No puede sacarse ninguna conclusión lineal al respecto, especialmente porque estamos en un contexto de pandemia y seguramente muchos de quienes no acudieron a las urnas hubieran deseado hacerlo; sin embargo, tampoco conviene obviar el dato.

Veinte años después

Es posible que estemos asistiendo al agotamiento del formato de representación que surgió como respuesta a la crisis del 2001. Las dos fuerzas políticas que supieron interpretar, a su modo, las demandas y el aura aspiracional de aquel sismo en la gobernabilidad, no generan entusiasmo ni proponen horizontes superadores.

Al mismo tiempo, los electores parecen castigar los amagues de moderación de las coaliciones mayoritarias, por eso los votos fugan hacia los extremos o la desafección, mientras el centro se desfonda. La polarización persiste, ahora más lánguida, pero la grieta comienza a ceder protagonismo y en su lugar aparece algo indigerible para el sistema político: la fractura expuesta, resultado de una dinámica de precarización y desigualdad que se consolida desde hace cuatro décadas.

Las disputas a cielo abierto en el oficialismo apenas 48 horas después del comicio evidencian la enorme dificultad para descifrar este tipo de pronunciamientos disruptivos. Y muestran el carácter corrosivo de un ánimo de impugnación cada vez más lacerante.

Si la idea de que estamos a las puertas de una nueva crisis de gobernabilidad fuera verosímil, esta vez no solo habrá que lidiar con las penurias económicas de la gente. También se acumulan los malestares provocados por la pandemia. Y el estrés ambiental que provee a la psiquis colectiva una patente sensación de no futuro.

Es este desborde anímico que no es utópico, sino todo lo contrario, lo que explica la emergencia de una política reaccionaria que pone énfasis en lo individual, concibe a la propiedad por encima de todo, y utiliza la potencia expansiva del odio como herramienta de transversalidad. La performance electoral de Javier Milei y su lista “La Libertad Avanza” significa el desembarco en la Argentina de una ultraderecha articulada a nivel global.

Una lectura rápida y efectista de la elección asegura que la sociedad se derechizó. Mi impresión es que para eso falta mucho y sin dudas habrá resistencias, en la calle, en las redes, en las instituciones. Lo que sí se derechiza cada vez más es el sistema político, lo cuál es un síntoma de la impotencia de nuestras elites estatales y empresariales para ofrecer soluciones reales.

 

*Por Mario Santucho, editor de la revista Crisis y autor del libro “Bombo, el reaparecido”.

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