viernes, noviembre 15, 2019

POLíTICA | 15-02-2019 11:57

Patricia Bullrich: la inesperada apuesta electoral de Macri

Es la protagonista de la campaña oficial. Peleas con Carrió. Pulseada con Stanley y Michetti. Su encuentro con el Presidente brasileño.

Patricia Bullrich encara al mar. Es la primera vez en 25 años que visita la costa bonaerense, y, después de un 2018 movido, parece disfrutar el momento. En las playas cercanas al coqueto apart hotel Torrecillas, donde se alojará por una semana, la vigila su marido, Guillermo Yanco, y tres de sus nietos. “La piba”, como le decían en los años de rebeldía peronista, le hace honor a su viejo apodo y se divierte sin prejuicios.

Al regreso de la playa la esperan varios mensajes de WhatsApp en su teléfono. Aunque la mayoría son por cuestiones de trabajo, hay una duda que se repite y que algunos ya se animan a transmitirle. “¿Vas a ser vicepresidenta?”, “¿Te lo ofreció Macri?”, “¿Te gustaría?”. La ministra de Seguridad, con más años de política encima que los que tiene la democracia, sonríe para adentro ante cada consulta. No lo dice, pero lo deja entrever. Claro que le gustaría.

Con el grabador prendido, sin embargo, las intenciones se matizan. NOTICIAS se cruzó con ella en las playas de Pinamar, y le preguntó por la cuestión que intriga al Gobierno y a la oposición.

Patricia Bullrich: No hay nada definido. Estoy a disposición del Presidente, y no podría decir que no a lo que él decida. Voy a estar donde me necesiten.

Noticias: Carrió dice que usted se está “bolsonarizando”, entre otras críticas. ¿Qué le contesta?

Bullrich: Cambiemos tiene una responsabilidad histórica que es volver a ganar las elecciones y que el Presidente sea reelecto. Entonces todo tipo de discusión no es buena para ese objetivo.

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La ministra contesta apurada y aclara que no está realizando entrevistas para “medios gráficos”. Es tiempo de descansar, antes de lo que puede ser el año de su consagración política.

Soldado. En cada frase de la ministra se esconde la explicación de por qué Bullrich logró acomodarse en la cima del poder oficial. Para ella hay “objetivos” y deberes a cumplir. Es meticulosa, exigente, y no tiene miedo de embarrarse ni de tirar codazos para avanzar. “Un animal político”, es la frase, mitad elogio y mitad crítica, con la que la definen en el oficialismo. Sobre todas las cosas, es ultra verticalista ante la autoridad, un dogma que aprendió en los años de plomo, cuando abrazaba con fervor la causa montonera y respondía a la cúpula en donde estaba Rodolfo Galimberti, el novio de su hermana Julieta.

Todo eso es música en los oídos del ingeniero más famoso del país, que respira aliviado cada vez que la dama de hierro argentina le trae los únicos resultados que puede ostentar a meses de las elecciones. “Patricia es así: si le mostrás un vaso medio vacío te va a preguntar que hay que hacer para llenarlo”, cuenta alguien que la acompaña desde la Alianza, en donde fue ministra de Trabajo. Mientras la economía se hunde en un pozo profundo, el Gobierno saca oxígeno de donde puede y tomó la decisión de ubicarla en el centro de la campaña electoral. “Es el mejor momento de su carrera política”, cuentan desde adentro del ministerio de Seguridad.

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Bullrich disfruta el viraje del oficialismo. “Es un halago”, repite ante los suyos. En los dos primeros años de gestión, los flashes y el poder pasaban por otros nombres y otros ministerios. Había que mostrar un Presidente más humano: esa era la tarea.

La ministra, con el timing político en la sangre, esperó su momento, mientras aguantaba estocadas duras como la muerte de su madre, con la que era muy cercana, a fines de 2016. Venía de perder en la última década a su padre, su hermano y a sus consuegros. Demasiadas tragedias juntas que, según su círculo íntimo, la ayudaron a fortalecer su personalidad hosca. En tercer año de Cambiemos, cuando la realidad se puso dura, la moneda cayó para el lado de Bullrich.

Ahora su lugar cambió. Comparte con el resto del gabinete tres reuniones semanales con el Presidente, al que llama una vez cada quince días y con el que habla casi a diario por WhatsApp. Una vez al mes se reúne en privado con él, junto al resto de los secretarios de su cartera. En esos encuentros, hace menos de medio año, empezó a sentir que la campaña iba a girar en torno suyo. “Se habló indirectamente del tema. Hasta ese momento, el Presidente no participaba tanto en acciones de nuestro ministerio, pero después empezamos a compartir muchos más actos, más presencias. También hubo un giro de una política más 'light', del timbreo, bien PRO, hacia una más firme, que es la de ahora, haciendo foco en seguridad”, dice ella en los pasillos del ministerio de Seguridad.

El ascenso de Bullrich, que la llevó hasta la orilla de una candidatura, sorprende e irrita a varios en el Gobierno. Cuando se sumó a la campaña 2015, varios la miraban de reojo cuando se plantaba en las reuniones de equipo que tenía el PRO, los lunes al mediodía, en su sede en la calle Balcarce. Ahí Bullrich exigía, fiel a su estilo contestatario, a Macri y a Marcos Peña ser más duros en la respuesta contra el kirchnerismo, estrategia que a los popes del partido no les cerraba. Aunque a varios les hizo perder la paciencia en más de una ocasión, se ganó un lugar estando al frente del grupo de “los voceros”, los políticos que defendían el proyecto ante los medios. Su designación fue inesperada, sobre todo para Guillermo Montenegro, ex secretario de seguridad porteño que ya se sentía el nuevo ministro. “Fue una decisión exclusiva de Mauricio. Sorprendió a todos”, dice un histórico del PRO que fue clave en la campaña, que compartió con otros miembros originales las dudas con Bullrich, alguien que no venía del riñón del partido y que, además, traía el tufillo de la “vieja política”.“Conmigo Mauricio siempre fue bien claro: 'Necesito una ministra con huevos', me dijo, y yo siempre le quise cumplir”, contó Bullrich a los suyos en aquel entonces.

Estrategia. Ahora la historia se repite. Jaime Durán Barba, el cerebro del Gobierno, le dice a NOTICIAS que, aunque la elección por la vicepresidencia se resolverá recién en marzo, tanto Bullrich como Carolina Stanley, la ministra de Desarrollo, están en carrera. “Mauricio va a decidir quien lo va a acompañar. Patricia es muy valorada en el votante de Cambiemos, tiene experiencia, y hace alrededor de un año empezó a subir en nuestras encuestas. Carolina también puede sumar, y a mí me gusta mucho como candidata”, dice el consultor, y sorprende: “Ojo que Gabriela (Michetti) ha demostrado ser muy leal, algo que no siempre sucede en la política. No habría que descartarla”.

Mientras tanto, en el ministerio de Seguridad recibieron un pedido del equipo de campaña de Cambiemos que manejan Fernando de Andreis, secretario de Presidencia, y Marcos Peña: necesitan más información para publicar, otra pista de por dónde viene el eje de la campaña oficialista. Allí le mostraron los números que la alientan en su intención de subirse a una fórmula: le contaron que por su gestión mide bien en la clase media baja, el lugar donde el ajuste pegó más duro y el que no accede a los planes sociales. Allí es donde Cambiemos quiere reconquistar votantes. “Estas cosas hay que medirlas bien, porque no nos sobra ningún voto”, admite la ministra.

De todas maneras, en la Jefatura de Gabinete consideran que arranca con desventaja en la carrera ante Michetti y Stanley. “No es del círculo íntimo”, admiten en los pasillos de la Casa Rosada, donde están preocupados por que sienten que el Gobierno se encierra más en su mínima expresión: “Ya no es Cambiemos ni el PRO, es Compromiso para el Cambio”, dice con cierta ironía un ministro.

Sintonía fina. Durán Barba ilumina uno de los aspectos clave, y poco explorados, que explican el ascenso de Bullrich. “Mauricio piensa igual que ella los temas de seguridad”, dice el gurú ecuatoriano. En el ministerio completan: “Nadie del Gabinete interpreta el pensamiento del Presidente mejor que ella”. Las pistolas Taser, el discutido nuevo reglamento de seguridad que le da más atribuciones a la policía, la “doctrina Chocobar”, el respaldo a la gendarmería en el caso Maldonado, el apoyo a la represión policial en casos de protesta pública, el giro anti inmigración, la intención de bajar la edad de imputabilidad, el impulso a que los ciudadanos se armen: eso también es Macri.

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La posición dura en términos de seguridad son propias del hombre que creció en el jet set empresarial, donde las reglas se tienen que cumplir y en el que la autoridad se respeta, pero también son propias de la revolucionaria montonera que quería crear un Estado fuerte y con el control de la movilización social. Ese es el punto de unión que, más allá de las encuestas, los conecta. Es un arma de doble filo: el que eligiría a Macri por su posición dura en términos de seguridad, no le sumaría la presencia de Bullrich para decidir su voto. La ministra sabe que tanto Stanley como Michetti pueden captar más electores indecisos. “Yo parto aguas: blanco o negro”, dice. Estas posturas, que Carrió critica, tienen un correlato en la realidad: según denuncia la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI, ver infografía), una ONG de amplia trayectoria fundada en 1983, aumentó la cantidad de personas asesinadas por el Estado desde que asumió Cambiemos: hay un muerto cada 22 horas, a diferencia del kirchnerismo donde había uno cada 28 horas. La cifra, sin embargo, es discutida por la ministra: “Mienten descaradamente”.

Bullrich, además, lleva en la sangre la idiosincrasia peronista del culto al líder: lee, interpreta y actúa a partir de Macri. “Mi único jefe es el Presidente”, es una frase que la ministra suele usar, postura que genera bronca en Marcos Peña. Hubo momentos clave en la construcción de esa confianza presidencial: el primero fue tras la desaparición de Santiago Maldonado, cuando a pesar de las fuertes presiones de afuera -y también de adentro, como admiten entre susurros en Seguridad- para que Bullrich descabezara a la cúpula de Gendarmería, la ministra se mantuvo firme. “Si me sale mal tengo que renunciar”, dijo en ese momento. Su aplomo y el desenlace de la causa generó admiración en el Presidente. Fue el momento de inflexión en su valoración política. El segundo fue un pedido directo de Macri: Bullrich disolvió su partido “Unión por la libertad”, en marzo del 2018. “Fue un tremendo sacrificio, entregar algo que Patricia construyó por 15 años”, dice alguien que participó de aquel espacio.

Amigos y enemigos. Bullrich no lo puede creer. Hace apenas un par de días terminó de manera exitosa el G20 y el Gobierno festeja haber empezado diciembre, el mes más peligroso del año, con una gran noticia a favor. La alegría no dura mucho: “La reglamentación para fuerzas de seguridad dictada por Bullrich viola los Derechos Humanos. Nosotros no vamos a ir al fascismo”, escribe la explosiva Carrió en Twitter. Y completa: “A la ministro se le va la mano”. Bomba.

Bullrich se mordió la lengua, entonces y ahora, para no salir a contestar públicamente. En privado admite la furia ante sus colaboradores. “Esto es injuriante”, protesta. A Macri también le sube la calentura, pero hablan y deciden que no van a contestar. No vale la pena.

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Carrió y Bullrich son viejas conocidas. Empezaron a trabajar a la par en el 2006, cuando la actual ministra ayudó a armar la Coalición Cívica que lidera “Lilita”. De hecho, entre 2007 a 2011, la actual ministro se ocupó de coordinar con éxito su bloque de diputados: su carrera iba en constante ascenso y empezó a despegarse de Carrió, aunque mantuvieron buena relación. Esa conexión continuó incluso cuando Cambiemos llegó al poder: apenas Macri le ofreció ser ministra, Bullrich llamó a la diputada y se reunieron a celebrar en su departamento de Recoleta. Esos tiempos quedaron atrás.

A Bullrich le duelen especialmente las críticas de la diputada. No las entiende. En estos últimos meses, además de acusarla de fascista, dijo que Gendarmería le ponía droga para que ella la encuentre mientras seguían con el negocio, la acusó de ser amiga de Sergio Berni –algo que ambos niegan– y dijo que, por su gen peronista, ella “va por todo”.

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Cuando le preguntan por la diputada, la ministra contesta generalidades, y dice que prefiere defenderse con los números de su gestión. Pero en el fondo no entiende el ensañamiento. Es tanto el dolor, que ni siquiera quiere llamarla para preguntarle qué le pasa.

“Es que Lilita es como las bandas del dólar para Patricia. Cuando la ve caída, como con el tema Maldonado, la elogia y la banca. Cuando la ve pasada de vueltas, le pone un freno”, es la insólita explicación alrededor de Carrió. En el entorno de la ministra creen que la estelaridad que consiguió la hace un blanco ideal para Carrió: “Cuando Lilita baja su imagen, golpea. Es su manera de posicionarse políticamente”.

Carrió no es la única que cruzó a Bullrich. La ministra tuvo cortocircuitos con Cristian Ritondo e innumerables cruces con Martín Ocampo, el jefe de la cartera de Seguridad porteña que fue echado tras el partido fallido entre River y Boca. Tras la expulsión de Ocampo, parece que los chispazos con la Ciudad, a la que tanto Nación como la ministra miraban de reojo por sus posiciones “blandas” en cuanto a la protesta social, terminaron: “Ahora está todo bien con ellos”.

En el coqueto edificio gubernamental del barrio La Isla, uno de los más exclusivos de la Capital, Bullrich tiene otro rival que le discutió el poder por algún tiempo: el secretario de Seguridad, Eugenio Burzaco. Al principio de la gestión el alto perfil de su segundo provocaba algunas confrontaciones silenciosas, mientras Bullrich recelaba de que Burzaco le quería copar el espacio a ella como ocurrió con Berni y la anterior ministra Cecilia Rodríguez. Todo estaba cargado de desconfianza, aunque el tiempo se ocupó de acomodar los tantos y la relación decantó en la indiferencia. El ministerio de Seguridad no es ajeno a una típica táctica de Macri: generar tensión entre el primero y el segundo de cada cartera para que nadie entre en su zona de confort.

Pero no son todas malas. Además de haber conseguido una excelente relación con el Presidente, Bullrich ya tiene una pequeña red de “Patitos” en el Gobierno, personas de su riñón que todavía le responden: Juan Pablo Arenaza, el subsecretario de Vinculación Ciudadana de la ciudad, Paula Urroz, diputada nacional, Carolina Estebarena y María Luisa González Estevarena legisladoras porteñas, y Matías Lobos, secretario de Frontera y candidato a intendente de San Martín. Sus laderos creen que la ministra tiene una ventaja sobre el gabinete PRO: “A veces quieren correrla, pero no entienden que ella hace política 20 años antes de que al resto se le ocurriera meterse en esto”.

En el Gobierno, ya nadie se asusta de sus modos. Casi divertidos, en su entorno revelan que es la “puteadora” oficial del oficialismo. Cuando salió a la luz el maltrato de Cristina Kirchner a su secretario Oscar Parrilli, en el entorno de la ministra se reían de la repercusión que había tomado el “pelotudo” que le arrojó la ex presidenta. “Si nos pinchan los teléfonos a nosotros se hacen una fiesta”, decía un funcionario que suele hablar con la ministra. “Pero putea de igual a igual, no lo hace desde el lugar de jefa, maltratando”, aclara un actual diputado que trabajó con ella.

Ahora Bullrich está enfocada en su futuro. “Sería un broche de oro para su carrera”, dice uno de sus laderos sobre la posibilidad de integrar la fórmula presidencial. Un funcionario que trabaja para ella agrega: “Estar en el ojo de la tormenta genera más presión y más trabajo. Pero ahora nos llaman de todos lados”. Y completa, aún antes de que empiece la campaña: “Genera una adrenalina que está buenísima”.

En el entorno de la ministra aducen que haberse transformado en la figura de Cambiemos “es un reconocimiento”. Y, de manera peligrosa, aventuran: “Sabemos que es un cargo simbólico. Pero ojo, sería la segunda del Gobierno, y si le pasa algo al Presidente…”.

Después de todo, Patricia Bullrich es un animal político: si algo le sobra es ambición.

por Carlos Claá, Juan Luis González

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