Martes 7 de abril, 2020

POLíTICA | 25-03-2020 18:05

Anticipo: Una desaparición en primera persona

Extractos de libro reeditado de Graciela Fernández Meijide que narra el secuestro de su hijo Pablo durante la dictadura.

La noche del 23 de octubre de 1976 fue la última vez que vi a mi hijo Pablo. Tenía diecisiete años y estaba aterrado. Desde entonces no he tenido ninguna noticia fehaciente de su destino. Mi familia y yo quedamos librados a los angustiosos tormentos de la imaginación, pensando en los que él mismo estaría sufriendo, reales. A las dos de la mañana de ese día, cinco hombres de civil entraron detrás del portero, a quien habían obligado, a punta de pistola, a franquearles el paso y a pedirnos que abriéramos la puerta de nuestro departamento. La desaparición de Pablo se inició en una atmósfera silenciosa, irreal, kafkiana, que sin embargo estallaba, casi, de violencia y miedo. Los secuestradores se identificaron como miembros de la Policía Federal, y si bien no se molestaron en exhibir credencial alguna —el signo de la época no eran las formalidades, sino el uso de las armas—, nosotros supimos sin lugar a la menor duda que, en efecto, representaban a alguna de las fuerzas de seguridad o de las Fuerzas Armadas. La realidad violenta del país y los métodos más despiadados y arbitrarios de represión de un Estado dictatorial que buscaba disciplinar a la sociedad por medio del terror habían irrumpido en nuestro hogar. Y lo destrozaron. Esa noche de viernes se habían quedado a dormir tres amigos de los chicos, dos de Pablo y una amiga de mi hija Alejandra. Cuando Antonio, el portero, una persona noble y de nuestra confianza, llamó a esa hora desusada, con una voz que claramente trasuntaba temor, traté de no abrir la puerta con la excusa de la hora, pero inmediatamente escuché voces detrás de él y luego en tono más alto una orden: “Policía Federal, señora, ¡abra!”. Pedí un momento para vestirme y de paso poner en aviso a Enrique, mi marido, pedido al que accedieron. No obstante, al minuto comenzaron a golpear la puerta con fuerza y al abrir entraron cuatro miembros del grupo secuestrador que casi sin palabras, en un silencio ominoso, amenazándonos con sus armas y sin decirnos a quién o qué buscaban, nos obligaron a Enrique y a mí a sentarnos en el living y rápidamente se distribuyeron por los dormitorios. El quinto secuestrador quedó en el palier. Al reflexionar, tiempo después, sobre el número relativamente reducido del grupo, que accedieran a que me vistiera y no derribaran la puerta, me resultó evidente que los secuestradores estaban perfectamente informados de la situación que encontrarían en nuestro departamento, es decir, sabían que no los esperaba un grupo armado ni un arsenal, sino un adolescente y una familia indefensa. El único atisbo de resistencia lo protagonizó nuestro perro, un pastor alemán, que apareció en el living arrastrándose, con los pelos erizados y mostrando los dientes. Quien nos custodiaba nos conminó lacónico y sin alterarse: “Agarren a ese perro o lo mato”. No nos explicaban nada y tampoco atinábamos a preguntar nada. Una parte de los secuestradores revisó la planta alta del departamento —de paso robaron algo de dinero que encontraron, botón de muestra de la bajeza de esos sujetos— y luego siguieron por los dormitorios del piso inferior, en cuyo living nos mantenían amenazados. Allí ubicaron a Pablo, que dormía con sus amigos, y escuchamos su voz identificándose. Le preguntaron por sus documentos y lo trajeron al living poniéndose los pantalones, descalzo y sin camisa. El documento de Pablo estaba en una campera a mi lado y con desesperación e ingenuidad lo entregué con la fantasía de que aportaría alguna clase de alivio mágico a la situación. Le ordenaron que los acompañara e intenté pedir una explicación, ante lo cual alegaron que se trataba de una cuestión de rutina y que fuéramos a buscar a nuestro hijo a las ocho de la mañana a la Comisaría 19. Fue inútil y sin respuesta nuestro ruego de acompañarlo. Pedí por último que le permitieran abrigarse y me indicaron que le diera el pulóver que ya tenía en mi mano. Se lo alcancé y ese gesto angustioso fue el último intercambio que tuve con mi hijo. Un momento después bajamos a la calle donde encontramos al portero quien, llorando, nos contó que, ya con violencia desembozada, al llegar a la vereda tomaron a Pablo del pelo y lo empujaron dentro de uno de los dos autos sin identificación en los que habían llegado. Salieron disparados hacia la noche y hacia el martirio de nuestro hijo.

Más tarde pudimos ir reconstruyendo la secuencia de hechos que desembocaron en el secuestro de Pablo. Hubo otros dos operativos esa noche, consecutivos y casi simultáneos, cuyo objetivo fue capturar a un grupo de adolescentes que asistían al Colegio Nacional de Vicente López. Nuestro hijo había ido hasta el año anterior a ese establecimiento y estaba relacionado con el grupo que los represores buscaban. Fueron primero a la casa de Eduardo Muñiz. Allí entraron de manera muy violenta rompiendo muebles y un equipo de percusión de Eduardo y se lo llevaron encapuchado. A los pocos minutos llegaron a la casa de la familia Zimmermann, donde capturaron a las dos hijas del matrimonio, María y Leonora. Estos dos operativos se realizaron en el partido de Vicente López. Después pasaron unas horas hasta que llegaron a nuestra casa en la Capital. Supongo, de acuerdo con lo que mucho tiempo después aprendimos del modus operandi de los Grupos de Tareas en que se organizaban los secuestradores, que se trataba de la misma patota y que la demora debió ocurrir mientras obtenían el permiso de “zona liberada” en la Capital. Este permiso fue un aspecto característico de la organización centralizada del terror represivo desde las máximas estructuras del Estado y que coordinaba la acción de las Fuerzas Armadas y de Seguridad. La “zona liberada” despejaba un área de la acción de la Policía para evitar que se cruzaran y, en la confusión, se atacaran entre sí los Grupos de Tareas. Despertamos a un abogado amigo, Carlos Kreimer, a quien pedimos consejo, pero poco pudo decirnos más que ofrecernos su afecto y su propio miedo. Recorrimos infructuosamente algunas comisarías y nos refugiamos en casa de mi hermana y su marido hasta que se hizo la hora de ir a la Comisaría 19, tal como nos habían indicado. Cuando llegamos, mientras nos atendían, entraban y salían hombres vestidos de civil de la misma dudosa catadura de los que habían entrado en nuestro hogar. No obtuvimos ninguna explicación ni información sobre la situación de Pablo, hecho que se repetiría en el futuro hasta el cansancio más desolador. Volvimos a casa llenos de estupor y shockeados. Nos esperaban nuestros otros hijos, Alejandra y Martín, a los que nada pudimos explicarles. Ninguno de nosotros lloraba, porque no alcanzábamos a imaginar la dimensión del espanto que sobrevendría. 

El libro de Graciela Fernández Meijide

 

por R.N.

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