El Día Internacional de la Mujer volvió a ocupar las calles en distintos puntos del mundo, pero en la Argentina y en el universo político del kirchnerismo la jornada adquirió este año un significado adicional: se transformó, explícitamente, en una jornada de militancia por la liberación de Cristina Fernández de Kirchner. Lo que históricamente fue una movilización vinculada a la agenda feminista —derechos reproductivos, igualdad salarial, violencia de género— terminó atravesada por una consigna central del peronismo k: “Cristina libre”.
El fenómeno se vio con claridad incluso fuera del país. En Río de Janeiro, la intendenta de Quilmes en uso de licencia y diputada provincial Mayra Mendoza fue una de las oradoras en la marcha “8M en las calles”, realizada en Copacabana. Frente a miles de manifestantes, vinculó directamente la situación judicial de la ex presidenta con la coyuntura política argentina.

“Le tienen miedo a las mujeres sin miedo. Mientras Cristina está presa, Milei destruye la Argentina”, afirmó Mendoza, estableciendo un paralelismo entre el proceso judicial contra Cristina Kirchner y el que en su momento atravesó el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. La dirigente de La Cámpora fue más allá: “La proscripción es parte del mismo plan. Frenar a Milei es recuperar la democracia y necesitamos a Cristina en libertad para recuperar el país de la destrucción”.
La intervención de Mendoza no fue un gesto aislado. Desde hace meses el kirchnerismo intenta instalar internacionalmente la idea de que la condena contra la ex mandataria forma parte de un proceso de “lawfare”, una narrativa que ya fue utilizada por el PT brasileño durante el encarcelamiento de Lula. En Brasil, la dirigente también mantuvo reuniones con autoridades locales y con referentes del Partido de los Trabajadores, además de impulsar en ámbitos regionales la campaña “Cristina Libre”. Su agenda incluyó encuentros institucionales en Niterói y actividades vinculadas a la red Mercociudades.

Pero la resignificación política del 8M también quedó expuesta en la Argentina. Las convocatorias para las marchas del 9 de marzo mezclaron consignas feministas con reclamos partidarios. Un flyer difundido por organizaciones kirchneristas convocó directamente a marchar por “Cristina Libre”, con salida desde San José 1111 hacia Plaza de Mayo bajo la consigna “8M por Cristina libre” y el lema “Queremos a Cristina”.
En paralelo, sindicatos docentes y agrupaciones cercanas al kirchnerismo convocaron a un “paro feminista” con consignas explícitamente opositoras al gobierno de Javier Milei. En uno de los afiches más difundidos se llamaba a movilizar “contra las reformas esclavistas de Milei y el FMI”, convocando a marchar desde Congreso a Plaza de Mayo. Ese clima también se trasladó a las redes sociales. La actriz y militante peronista Marina Glezer publicó en X un mensaje que sintetiza el tono político que adquirió la convocatoria: “Frente a un modelo de hambre, con miseria planificada, desocupación, ajuste permanente, endeudamiento y saqueo, las mujeres y diversidades trabajadoras volvemos a ocupar las calles en Argentina.”

La actriz cerró su mensaje con las consignas “Paro y movilización #9M”, “#MileiNo” y “#CristinaLibre”, dejando en evidencia la confluencia entre el reclamo feminista, la oposición al gobierno libertario y la campaña por la liberación de la ex presidenta. El resultado fue una superposición evidente entre una agenda histórica del feminismo y una estrategia política partidaria. La marcha por los derechos de las mujeres terminó convertida en un espacio donde se entrelazaron consignas feministas, reclamos sindicales y la centralidad absoluta de Cristina Kirchner en el discurso opositor.
El desplazamiento discursivo es significativo. Durante la última década, el kirchnerismo buscó presentarse como uno de los motores políticos del feminismo argentino, especialmente desde la aprobación de la ley de aborto en 2020. Sin embargo, el escenario actual parece mostrar otra prioridad: la centralidad política de Cristina Kirchner como eje de la reorganización opositora.
En ese contexto, el 8M dejó de ser solamente una jornada de reivindicación de derechos de las mujeres para convertirse en un escenario más de la disputa política contra el gobierno libertario. Así, entre pañuelos verdes, consignas feministas y críticas al gobierno, la marcha terminó condensando otro mensaje. En la Argentina de hoy, el 8M también se transformó —para el kirchnerismo— en una jornada cristinista.















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