Lunes 14 de junio, 2021

POLíTICA | 06-05-2021 18:30

Guzmán vs Basualdo: trastienda de la grieta económica del Gobierno

El cruce escaló hasta la cúpula del Frente de Todos. El ministro quedó sin apoyos y Kicillof va por el cargo. La carta Francisco.

Martín Guzmán lo impulsó. Alberto Fernández lo aprobó. Santiago Cafiero diseñó un plan de acción. Hasta acá todas las versiones coinciden sobre el fallido intento para desplazar a Federico Basualdo, el funcionario de tercera línea por el cual el Gobierno entró en lo que es, hasta ahora, su crisis más importante. En el fracaso de esa avanzada es donde no hay quórum acerca del culpable, aunque todas las miradas, incluso entre quienes le dieron originalmente el visto bueno, señalan al debilitado ministro de Economía. De cualquier manera no es eso lo más importante, como tampoco lo es la pelea ya personal entre los dos protagonistas: de fondo el conflicto escala hasta la cúpula del Frente de Todos. La grieta económica, que siempre estuvo latente adentro de la coalición, acaba de explotar. Y las esquirlas prometen dejar heridos.

A clase. Fueron días de aprendizaje forzoso para Guzmán. En su última visita a la Quinta de Olivos, el Presidente le dijo que sí. En Estados Unidos, el país en el que el ministro pasó la mayor parte de su vida adulta, quizás uno más uno es dos, pero en Argentina le acaba de quedar en claro que no: aunque Alberto Fernández le aprobó, cara a cara, la expulsión del subsecretario de Energía, esta al final no sucedió. La aritmética, puede testimoniar ahora el economista, funciona de manera distinta en estas latitudes.

La cronología marca que el viernes 7, dos días después de la bendición presidencial, desde Economía salió un comunicado en donde se informaba el cese de funciones de Basualdo. Tenía algunas perlitas: el mensaje, enviado en off, pedía que de ser citado se lo referencie como “fuentes del Gobierno” -o sea, como un movimiento aprobado por todo el oficialismo- y se tildaba al funcionario de la polémica de poco menos que de vago e “incompetente”. Ya desde el vamos hay un primer entredicho: Jefatura de Gabinete jura que, aunque el Presidente y Cafiero habían aprobado la decisión, no era el día ni, en especial, los modos para semejante acción. “Santiago estaba en el medio de una entrevista cuando empezó a circular lo de Basualdo”, cuentan, como prueba de que todavía no estaba del todo cocinada la decisión. La rabia de Cafiero, al que se supone que la noticia lo agarró desprevenido, cuentan, es parecida a la que se agarró el Presidente. Es que, dicen sin que haga falta decirlo, lo que faltaba aún era el OK de la dueña de la mayoría de los votos.

Ahí está el gran quid de la situación. ¿Cristina sabía? Desde el camporismo juran que no, que ni siquiera habían sido notificados. Y que eso, más la apurada mediática -Cristina Kirchner guarda feos recuerdos de renuncias por los medios, como el caso de Alberto en el 2008-, significó una declaración de guerra. Acá hay una coincidencia en todos los actores, incluso en el massismo: Guzmán se apuró, obró pésimo y arrastró a toda la coalición al barro. “Acá se nota la falta de experiencia política de él y de sus operadores, no podés echar a alguien por los medios”, explica con bronca un secretario nacional. Más allá de los modos del economista, también no deja de ser cierto que en otra coalición menos disfuncional hubiera prevalecido la jerarquía y el subsecretario se hubiera ido sin tanto alboroto.

Al cierre de esta nota, Basualdo y el ministro seguían en el cargo, y nada había cambiado salvo un pequeño detalle: el poder de Guzmán quedó en jaque. ¿Mate?

Examen. El ministro, ahijado de un premio Nobel, es no sólo un intelectual sino quizás el ministro mejor preparado del Gabinete. Entonces la duda -la más importante de todas alrededor de este escándalo- es sobre el porqué de semejante traspié. Acá es donde los involucrados prefieren insistir en la torpeza de Guzmán en vez de hablar del problema de fondo. En el país de la inflación galopante lo más barato sigue siendo la culpa ajena.

Es que el economista tiene más de una razón para actuar en caliente. Los desplantes del cristinismo a su gestión son demasiados como para consignarlos en esta nota, pero alcanza sólo con nombrar los de marzo hasta hoy: una carta de senadores K pidió que el próximo desembolso del FMI se use para ayudas sociales -o sea, para lo contrario a lo que plantea Guzmán-, CFK atacó al Fondo y a Estados Unidos mientras el ministro estaba en aquel país intentando negociar con el organismo, y Andrés Larroque y otros camporistas exigieron que vuelva el IFE. Son todos dardos directos al Presupuesto que había diseñado el ministro.

El debate que subyace de fondo es la magnitud del ajuste que tendrá que encarar el Gobierno para poder cumplir con los pagos de la gigantesca deuda que tomó el macrismo, y, más en profundidad, el rumbo general de la economía. El debate por las tarifas tocaba, en ese sentido, un nervio central: Guzmán está entre los que creen, a contrapelo de CFK y los suyos, que planchar las tarifas es hipotecar el futuro.

Es que el grueso del déficit fiscal -que el ministro planeaba en 4,5% del PBI para este año- se da por las jubilaciones y los subsidios. Las primeras están ya al límite -la mínima apenas pasa los $ 20 mil-, y es en la segunda órbita el último lugar que le queda para actuar al ministro. Por eso esta pelea, que en la punta del iceberg asoma como un “duelo entre economistas” -como dice ahora el Gobierno intentando minimizar el affaire-, golpea el corazón del frente.

Guzmán llegaba al debate por las tarifas -proponía entre 30 y 35%, y luego aceptó que sea sólo un 25% de aumento- ya herido. Dicen que la primera reunión en febrero entre sus equipos y los de Massa, en la antesala de la Ley de Ganancias, fue picante. “Pero Sergio, nosotros queremos subir impuestos, no bajarlos”, dijo Guzmán, atónito ante lo que planteaba el líder del Frente Renovador. Este cruce con el hombre que lo convenció de dejar EE.UU. para asumir el cargo no solo da cuenta de que esa relación quedó resentida, sino que también explica la tenacidad con la que pidió la cabeza de Basualdo: Guzmán ya no tenía más margen para entregar girones de su Presupuesto, una necesidad que le intentó explicar sin éxito a CFK cuando la visitó en el sur en febrero, evento que en el camporismo están convencidos de que el ministro filtró. Y que el ministro no pueda establecer el plan económico que pensaba, al que el cristinismo se le rebeló en público, revela la trama de fondo: que Alberto no puede decidir sobre esta variable central para una presidencia. Está cercado.

A sabiendas de esta fragilidad es que el subsecretario de la polémica tiró la frase que hizo que el duelo pase a ser personal. “Guzmán tiene que superar sus frustraciones”, dijo Basualdo, en referencia a los planes originales del ministro, en una entrevista con C5N a fines de abril. Fue la gota que rebasó el vaso.

A marzo. Axel Kicillof jamás se llevó bien con Guzmán. Cuentan que en el pasado, cuando este venía a la Argentina, el ahora gobernador evitaba cruzarlo en los paneles de economía. Tienen formaciones y modos distintos, distancia que se agravó cuando uno empezó a incidir sobre la caja nacional: en Buenos Aires están convencidos de que Guzmán no entrega el dinero necesario. Por eso es que cuando olió la sangre, Kicillof atacó.

La andanada fue brutal. En el fin de una nota con “El Destape”, sin que nadie se lo preguntase y cuando ya lo habían despedido, el gobernador pidió la última palabra para asegurar que Basualdo es “un excelente funcionario” y que las tarifas iban a ser de un solo aumento de un dígito. Fue una trompada a la mandíbula, acompañada de una operación apenas disimulada de instalar a Augusto Costa, ministro bonaerense, en la silla de Guzmán. “Augusto se muere de ganas”, cuenta uno de los cerebros del equipo económico del Frente de Todos.

Quizá la brutal avanzada haya sido lo que hizo recapacitar a Alberto. “Se debe sentir identificado: tanto a él como a Guzmán lo putean todos”, se ríe un peronista histórico que está adentro del Gobierno. Fernández sabe que si entrega al economista no hay nada que le asegure que podrá nombrar a su reemplazante. Por eso se va a embarcar el martes 11 en una gira europea junto al ministro.

No sólo será un espaldarazo a Guzmán, sino que lo necesita para desagrietar la relación con Francisco, que no atraviesa su mejor momento. Desde que se aprobó la ley del aborto, el Papa puso en el freezer ese vínculo, que en el arranque del 2020 era fluido y directo, e incluso algunos desde el Vaticano se animan a pronosticar que le pondrá una “cara a lo Macri” o emitirá un comunicado picante cuando vaya a visitarlo la semana entrante. De cualquier manera, la Santa Sede es un buen lugar para Guzmán: ahora, sin apoyo de ninguna de las patas del oficialismo, necesita un milagro de su amigo de la sotana blanca.

Otros frentes. Las tarifas no son la única grieta económica en el Gobierno. Por estos días se le suman dos grandes debates que dividen aguas: el futuro de la Hidrovía y los aumentos de las telecomunicaciones.

En el primer frente las aguas están muy divididas. Un ala, encabezada por el senador Jorge Taiana -detrás del cual juran que está la propia CFK- y donde también revisten sindicatos y movimientos sociales, busca estatizar el control del bragado y balizamiento del Río Paraná. Es una zona estratégica por la que pasa el 80% de la exportación local. El massismo, con el ministro Alexis Guerrera en Transporte, propone lo contrario: extender la privatización. El asunto está por convertirse en el primer choque serio entre estas dos patas de la coalición.

En el Enacom están viendo cómo resistir los aumentos de las tarifas de internet, cable y telefonía móvil. Ahí también hay debate. Gustavo López, el segundo del organismo, que es cristinista, se muestra intransigente frente a un nuevo aumento (ya va 16% en lo que va del año). Claudio Ambrosini, su titular y mano derecha histórica de Massa, también se muestra combativo pero más dialoguista. López y los suyos dejan correr por lo bajo que Ambrosini es menos duro de lo que debería ser. Se abre otra batalla.

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Juan Luis González

Juan Luis González

Periodista de política.

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