La campaña sucia encontró su nueva herramienta favorita: la inteligencia artificial generativa. Ya no alcanza con una gacetilla trucha o un meme editado. Ahora se fabrican tapas de diarios que nunca existieron, capturas de pantalla con logos institucionales falsificados y hasta videos con la cara y la voz de dirigentes o supuestas personas reales diciendo cosas que jamás dijeron.
El propio presidente Javier Milei destacó en su cuenta de X, una publicación que denunciaba supuestos despidos masivos en bancos, un contenido que circuló acompañado de piezas gráficas con apariencia de noticia oficial. "IA PARA TODOS Y TODAS ESTE TIPO DE COSAS ESTARÁ A LA ORDEN DEL DÍA... LOS QUE SIEMPRE JUEGAN SUCIO RECURRIRÁN A TODO Y AQUÍ UNA MUESTRA... CIAO!", escribió el presidente.
El mecanismo se repite puertas afuera de la Casa Rosada. En La Rioja una modelo con IA critica las políticas de Ricardo Quintela, incluso con ek acento típoco de la provincia norteña. El oficialismo riojano le atribuye ectraoficialmente la campaña a Martín Menem, probable candidato a gobernador por el libertarismo en 2027. Y nos son casos aislados.
El antecedente más resonante ocurrió en la Ciudad de Buenos Aires, durante la campaña legislativa porteña de mayo de 2025. A horas de la elección, se viralizó un video generado con inteligencia artificial en el que Mauricio Macri aparecía pidiendo el voto para Manuel Adorni, candidato de La Libertad Avanza, en lugar de para la lista del PRO que encabezaba Silvia Lospennato.
El material fue difundido por cuentas vinculadas al asesor presidencial Santiago Caputo y por el influencer libertario conocido como "Gordo Dan". El PRO hizo la denuncia penal correspondiente y el Tribunal Superior porteño ordenó dar de baja los videos, aunque para entonces ya habían circulado masivamente. Meses después, durante las elecciones bonaerenses de septiembre, Chequeado detectó otros dos spots falsos generados con IA, uno con la voz e imagen de Milei y otro con las de Axel Kicillof, ambos fabricados para simular declaraciones que ninguno de los dos había hecho.
Argentina no es una excepción: es parte de una tendencia global. En Eslovaquia, días antes de las elecciones de 2023, circuló un audio ultrafalso del candidato liberal Michal Šimečka discutiendo cómo comprar votos, difundido cuando ya regía la veda electoral y sin tiempo material para desmentirlo. En Estados Unidos, en la previa de las primarias de New Hampshire de 2024, miles de votantes recibieron llamadas con una voz clonada de Joe Biden pidiéndoles que no fueran a votar. En Bangladesh e Indonesia circularon videos con políticos opositores hablando idiomas que nunca aprendieron, para ampliar artificialmente su base de simpatizantes. Y en la India, durante las elecciones de 2024, se contabilizaron decenas de deepfakes de candidatos de distintos partidos, al punto de que la propia Comisión Electoral debió emitir directivas específicas sobre contenido sintético.
El denominador común de todos estos casos es el mismo: la IA generativa abarató drásticamente el costo de fabricar desinformación creíble, en un momento en que la verificación todavía no logra correr a la misma velocidad que la viralización. Cuando esa herramienta la empieza a usar el propio Estado, o dirigentes con acceso directo a estructuras de gobierno, el problema deja de ser solamente tecnológico y pasa a ser, directamente, institucional: ya no se trata de un tercero anónimo operando en las sombras, sino del propio poder político utilizando su legitimidad institucional para dar peso a un contenido fabricado.
por M.S.














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