POLíTICA | 17-12-2022 11:34

Operativo Santa Cristina: cómo CFK utilizará el revés judicial para copar al peronismo

Aunque anunció que no será candidata, buscará ocupar el centro de la escena. El plan seducción a los desencantados y la intención de bendecir la fórmula. El impacto en la Casa Rosada.

Cristina Fernández de Kirchner entró cientos o quizás miles de veces al Congreso. En la tarde del martes 6 de diciembre, cuando se acomodó y se conectó al Zoom en el gran despacho que tiene en el Senado -el que usa para las fotos públicas, las reuniones que quiere mostrar, a diferencia de las decenas que viene teniendo en los últimos tiempos desde que se agravó su situación procesal-, sucedió algo distinto a todas las ocasiones previas: por primera vez un Tribunal Federal condenó a una vicepresidenta en ejercicio, por primera vez un jurado dictaminó que la otrora presidenta, la líder política más importante de este siglo, es culpable de corrupción durante su gobierno. Es la crónica de un final que ella misma anunció y que va a sacudir al mapa político de acá hasta las elecciones, aunque ella y todo su espacio van a intentar redirigir los vaivenes judiciales a su favor y victimizarse. Es una batalla que está todavía lejos de terminar.

Laberinto. Los pocos que hablaron con Cristina Kirchner en los últimos días dicen que la vieron bien, centrada. Que estaba preparada para la condena que, como ella misma declaró cuando comenzó este juicio oral en el 2019, el Tribunal Oral Federal N°2 “ya tenía escrita”. Los que la conocen agregan, además, una dimensión personal que se suele pasar de alto cuando se observa a la política y a la historia desde lejos. “A ver, no es joda lo que está pasando, pero no deja de ser un día más en la vida de Cristina Kirchner”, dicen cerca suyo. La cronología ampara este relato: sólo en el último semestre sucedieron más hechos de relevancia para la vicepresidenta que los que le suelen suceder a muchos mortales en la duración de una vida entera. El pedido de condena de 12 años de prisión de los fiscales Sergio Mola y Diego Luciani, las vigilias de la militancia en frente de su domicilio en Recoleta, el episodio de los choques y las vallas de Horacio Rodríguez Larreta, los empujones y amenazas de la Policía de la Ciudad a Máximo Kirchner, el intento frustrado de asesinato, un acto en el Estadio Único de La Plata ante 70 mil personas y, como corolario, la condena judicial: todo eso sucedió desde mediados de agosto hasta el cierre de esta edición. Un día más en la vida de CFK.
Algunos en su entorno sospechan que es por esto que Cristina Kirchner rechazó, a lo Gandhi, el convite que en las últimas semanas le hicieron varios sindicatos de peso e incluso algunas organizaciones sociales para organizar una gran movilización para la tarde en la que se conoció la sentencia. Es que la estrategia de victimización de la vice no funcionaría si hay violencia en las calles. “Es que ella ya hizo su movilización, fue en el acto en La Plata, llenó el estadio, ya está”, es una explicación que circula en esas órbitas, a la que se suma la dificultad de intentar armar algo por el estilo en pleno fervor mundialista. Hay otra también, que parece más ajustada a la realidad. “Seguramente hagamos algo, pero más adelante”, dicen, en lo que es una referencia solapada a la posibilidad de que esta condena, de primera instancia, se convierta en un futuro en una sentencia firme. Por ahora, eso parece lejano, como explica el abogado Andrés Gil Domínguez (ver columna): todavía faltan instancias de apelación y eventualmente la Corte Suprema, sin contar los fueros que podría llegar a tener la vicepresidenta del 2023 en adelante.
La chance de que la condena que se acaba de conocer se transforme en un impedimento legal real para que ella sea candidata a cualquier cargo público o para que efectivamente sea encarcelada es baja. Pero eso no significa que no impacte en la política y, sobre todo, en la brújula personal de CFK, que profundizará una tendencia que ya es para ella marca registrada: presentarse ante el público, y en especial ante los suyos, como la gran perseguida política de este milenio, una reversión siglo XXI de lo que le sucedió a Juan Domingo Perón.
Quienes la conocen invitan siempre a leerla a ella y a sus movimientos en dos dimensiones distintas. Una, la que aparece más transparente y sobre la superficie, es la judicial. “En el 2019 pensé más como madre que como dirigenta política”, es una de sus reflexiones, en la que pone de manifiesto cómo la presión de la Justicia sobre ella y sobre sus hijos -en esa declaración hacía referencia a Florencia Kirchner y a los padecimientos que le provocó su situación procesal- influyen con fuerza sobre sus decisiones. En esa línea, la condena del TOF 2, por más que no sea efectiva, va a pesar sobre ella a la hora de diagramar su futuro. No es, para nada, un dato menor: en las últimas elecciones nacionales ese fantasma significó que ella eligiera no presentarse como candidata a la presidencia y empujara, en cambio, a Alberto Fernández. Aunque es evidente que hay más capas de análisis en esa movida que sólo su situación judicial, la influencia de la condena no sólo es notoria sino que ella, con la habilidad que la caracteriza, la reflota y acomoda según la necesidad del momento. Está claro que es mucho más cómodo para ella, la responsable última del actual Gobierno, hablar del Lawfare que de la inflación que no da tregua, de la caía del salario real o del aumento de la pobreza.
Amplitud. La otra dimensión, íntimamente ligada con la Justicia, es Cristina como la líder política que ya se ve reflejada en el espejo de la historia. Acá ya hay algunos indicios de lo que está tramando ella para el futuro. Durante todo el proceso de la causa Vialidad -en la que la vicepresidenta declaró en tres ocasiones-, intentó equipar a su futuro con el de todo el espacio. “Este juicio no es contra Cristina Kirchner, es contra el peronismo”, dijo en su alegato, que remató en su última declaración -“palabras finales”- hablando de las “20 mentiras” de la causa Vialidad, en referencia a las 20 verdades del movimiento que había establecido Perón en su momento. Este abrazo -de oso, podrían decir algunos en el peronismo, que jamás tuvieron trato con Lázaro Báez o ni siquiera están investigados por la Justicia- fue refrendado por hechos concretos.
En el último semestre, la nueva versión “buena” de CFK se acercó y le dio espacio a dirigentes por afuera de su radar, más ligados a Alberto o al peronismo que siempre la miró de reojo. Fue un trabajo de hormiga que a algunos les hizo acordar más a Néstor que a los modos que tenía ella cuando era presidenta: largas charlas políticas pero también con tiempo para cuestiones más personales y con algunos elogios estratégicos. El último piropo fue el que le hizo a Gabriel Katopodis, ministro de Obras Públicas muy cercano al Presidente, en la comida que mantuvo con intendentes bonaerenses luego del acto en La Plata, o las palabras que tuvo en privado con el sindicalista Antonio Caló, luego del acto de la UOM en el que varios chiflaron a su ex líder. Pero antes también la vicepresidenta aceitó su relación con Juan Zabaleta, de Hurlingham, otrora anticristina acérrimo, y reavivió su vínculo con Jorge Ferraresi, de Avellaneda, con el que había tenido un distanciamiento marcado. Hay decenas de ejemplos de este estilo, aunque el que más destaca es el de su reciente reunión con Emilio Pérsico, el líder del Movimiento Evita que mantuvo con ella una pelea muy pública que llevaba casi dos décadas. Ese encuentro, ampliamente publicitado por el propio kirchnerismo -como había sucedido cuando se juntó con el economista Carlos Melconian, otro que figuraba en la lista de enemigos acérrimos-, habla de lo que viene siendo y será la estrategia de CFK para sobrevivir al 2023 y, también, a los vaivenes judiciales: mostrarse en el centro del tablero, tendiendo puentes a los propios pero en especial a los que no, animándose a salir del lugar de confort incluso desde la retórica, como hizo en La Plata cuando pidió más presencia de la Gendarmería en la provincia de Buenos Aires.
En ese sentido, esta vez CFK no es tan original como fue en el pasado. Está replicando el mismo modelo que en el 2019, cuando arrancó aquel año electoral acercándose al peronismo díscolo y, con el ring ocupado por ella misma, eligió a un candidato. “Olvidate, con condena o sin, la política se va a ordenar alrededor de Cristina, no hay otra opción real”, arriesga un funcionario de primera línea, en otro momento más cercano al Presidente. La gran duda ahora es si podrá repetir la fórmula con éxito. No sólo por los costos políticos que pagará por haber sido responsable de este armado, sino por el misterio de cómo impactará la condena en su figura y, en especial, de si todavía hay un candidato potable en el Frente de Todos.
Futuro. Se abre, en esta última línea, una interpretación novedosa dentro del Gobierno, que algunos ponen en boca de los habitantes de la Casa Rosada. Es la idea de que la condena deja definitivamente afuera a Cristina como candidata, una postura que ella misma ractificó luego de que se conociera el fallo. "No voy a ser candidata, me quieren presa o muerta", dijo, e hizo referencia al escándalo de Lago Escondido y lo que llamó la "mafia judicial" (ver página 26).
Sin embargo, la declaración de CFK -de la que algunos todavía se permiten dudar de si será real o estará activando un operativo clamor- deja abierta la duda de quién podría ir en ese lugar. Al Presidente le están llegando encuestas en las que se muestra no sólo un leve repunte de la imagen del Frente de Todos como espacio sino también de la suya propia. Aunque en el Gobierno rebotó mucho una frase que dijo Fernández en una entrevista en Futurock -“no soy obstáculo de nada”, que se interpretó como un semiblanqueo de que no sería candidato en el 2023-, las últimas novedades entusiasman a varios en su círculo chico. El otro que asoma, y que también viene levantando en las encuestas reservadas que maneja, es Sergio Massa. El ministro de Economía asegura que la familia no se lo permitiría, aunque cerca suyo admiten que la estrategia es no hablar de candidaturas al menos hasta el arranque del año que viene, y que eso es lo único que realmente tienen en claro.
La otra incógnita es cómo se resolverá este debate. Cristina, dicen los que charlan con ella, asegura que ya no volverá a tomar esa decisión como en el 2019, con el “dedazo” y comunicándolo a través de un posteo en sus redes sociales. La única opción que por ahora aparece en el horizonte es la tan mentada “mesa política”, que el Presidente rechazó una y otra vez. En los últimos días, en la previa a la condena a Cristina y luego de la conversación de media hora que mantuvieron cuando Fernández se descompensó durante su gira en Bali -lo que para algunos entusiastas se tomó como un principio de deshielo-, se asomaba un principio de tregua, o al menos así lo entiende el albertismo. “A una mesa de acuerdos ahora no va a llamar, porque él piensa que lo quieren presionar para cogobernar, pero sí podría darse una mesa en el futuro para hablar de las candidaturas”, apuntan cerca del primer mandatario.

De cualquier manera, todo este debate se dará al calor de Cristina y del relato que se vaya configurando alrededor de su condena. Ella apunta a mirarse en dos espejos. En el del pasado está la proscripción de Perón y sus 17 años en el exilio, y en el del presente está Lula, su año en prisión y el regreso posterior a la presidencia. Aunque las distancias entre su caso y los otros dos son enormes -sobre todo, porque los otros líderes cayeron en desgracia en gobiernos ajenos y no en el propio-, la condena a Cristina revalidará la visión del ayer y de hoy que viene construyendo. Ella, dice, se convirtió en la líder política más importante de estos años gracias a lo que le dio a la sociedad argentina, y por eso es perseguida. Ella fue, es y será Santa Cristina

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Juan Luis González

Juan Luis González

Periodista de política.

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