Viernes 22 de enero, 2021

POLíTICA | 26-11-2020 21:24

Un adiós a las corridas: trastienda política de la polémica despedida de Maradona

El velatorio al astro terminó con represión y corridas. Ciudad y Nación se reparten las culpas. Miedo de funcionarios en el Patio de las Palmeras y la charla Santilli - Frederic.

Ninguno de los presentes se acordaba de haber visto o vivido algo similar. En verdad, tampoco importaba: apenas empezaron a llegar los ruidos y gritos desde el Patio de las Palmeras todos comprendieron que la situación era muy seria. El personal de seguridad de la Casa Rosada fue corriendo hasta las puertas que dan al pasillo que comunica al Patio con el ala derecha del edificio, donde estaba la “capilla ardiente” donde se velaba a Diego Armando Maradona y donde estaban decenas de funcionarios y periodistas, y las cerraron intempestivamente. Hacía literalmente minutos se había ido Cristina Kirchner al despacho de “Wado” de Pedro, luego de despedir al astro, y nadie podía suponer como se iba a decantar la despedida.

Fue un caos: de emergencia llevaron al féretro hasta el Salón de los Pueblos Originarios, y los políticos que se quedaron tenían caras largas. Algunos, directamente, tenían miedo. Un secretario, de los que está todo el día con Alberto, hizo una pregunta con un nudo en la garganta y que todos escucharon: “¿Fuimos nosotros los de la represión?”. El reloj señalaba que habían pasado unos minutos de las dos de la tarde.

La escena, y el desconcierto de uno de los hombres más importantes del Gobierno, refleja la desorganización caótica que había en aquel momento. Hasta entonces, salvo por una pequeña trifulca en las primeras horas de la madrugada, el velorio venía marchando sobre ruedas, en especial si uno decide olvidarse de la pandemia que todavía da vueltas sobre el país y que podría repuntar luego del multitudinario evento. Pero el velorio, diría Maradona, se manchó.

Ajuste de cuentas. A Diego Santilli le sonó el celular.

Sabina Frederic: Tienen que parar con la represión inmediatamente.

Diego Santilli: Si no dispersamos, en dos minutos vas a tener a miles de personas allá.

Desde Nación juran que esta fue la comunicación que se dio apenas empezó la trifulca en la 9 de julio e Hipólito Yrigoyen, cuando cientos de policías cortaron esa esquina para cortar el acceso hacia la Rosada. “No importa, paralo ya”, dicen que dijo la ministra de Seguridad. En la Ciudad lo desmienten tajantemente. Es un momento trascendental en el desmadre de la jornada: en el momento en que los policías cortan ese acceso es que se empiezan a caer, cual fichas de dominó, las vallas que iban hasta la Rosada, y luego la gente empieza a ir corriendo hacia la Plaza y a apretujarse. Lo que importa, también, no son sólo las formas sino el fondo: ya empezaba el tira y afloje para definir de quién era la responsabilidad de que el velatorio del ídolo se haya ensuciado.

En el Patio de las Palmeras el caos se había apagado, después de una decidida intervención con gases lacrímogenos de parte de la Policía Federal, por orden del gobierno nacional. Luego, con la situación más tranquila y con la mayoría de los funcionarios repartidos en sus despachos correspondientes -y con CFK todavía en lo del ministro de Interior-, el tema tomó volumen nacional: “Exigimos que Larreta y Santilli frenen ya esta locura”, tuiteó “Wado”, quizás influenciado por la presencia cercana de la Vicepresidenta.

Le respondió Lucas Delfino, secretario del gobierno porteño: “La única responsabilidad del operativo es de Nación”. Desde Parque Patricios aseguran que en la noche del miércoles hablaron Santilli y Frederic y por pedido presidencial el comando quedó en manos de la ministra. Para el otro lado de la grieta eso es falso: “Nosotros sólo manejamos la seguridad de la Rosada y la entrada y salida del cuerpo. El resto es jurisdicción porteña”, se defendían.

De cualquier manera, puertas para adentro de la Rosada, y en estricto off, las dudas brotaban de la boca de los funcionarios. ¿Qué falló? Más allá de quién o cómo desbarató el operativo, había una realidad que se iba a terminar imponiendo: era imposible despedir al astro en ocho o diez horas. De hecho, en la cabeza de Alberto Fernández estaba desde el minuto 0 la posibilidad de ir extendiendo el funeral a medida que pasaran las horas, por lo menos hasta después de las 19. La explicación que dan es que la familia, y en especial Claudia Villafañe, la histórica mujer de Maradona, se negaba a extender el velorio más allá de la tarde.

Es un razonamiento agridulce: darle la derecha a la histórica mujer de Maradona, aún entendiendo el dolor de una familia, era equivalente a aceptar el desmadre: no había manera de que cortando a esa hora la situación no se descontrole. “¿Viste que bueno somos organizando cosas?”, se mofaba, con bronca, uno de los operadores más importantes del oficialismo.

En el medio quedó una familia -apuntada de rebote por haberse negado a extender el horario del funeral-, una leyenda muerta y un país al que, otra vez, le cuesta encontrar la paz.

 

 

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Juan Luis González

Juan Luis González

Periodista de política.

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