POLíTICA | 27-11-2020 14:19

Internas en el Gobierno: el jaque a Alberto Fernández

CFK no pisa Olivos pero condiciona al Presidente. Controla desde el Senado y sus leales ganan influencia. El nuevo rol de Máximo y roces con el kirchnerismo por el giro hacia el PJ.

El Presidente apenas observó el tablero. Fueron solo unos segundos, y ahí movió la primera pieza. No fue una jugada muy estudiada, como las que venía teniendo en ese momento turbulento de su gestión. Como el movimiento era dudoso, apenas se fue el mandatario, quien realmente controlaba la partida volvió a acomodar las piezas a su lugar original y luego jugó como quería: peón 4 dama. Su rival, David Bronstein, sobrino de Trotsky, se aterró: “¿Cómo es posible que contradigas a tu presidente?”. Miguel Najdorf, gran maestro ajedrecista, siguió con lo suyo y finalmente ganó la partida, contrariando el desplazamiento inicial que había hecho Juan Domingo Perón en aquella tarde de marzo de 1954 en el Teatro Cervantes. Y ahora la historia se repite, pero está lejos de ser una broma: en el gran partido de ajedrez que es la política argentina, quien es la dueña de la mayoría de las piezas vuelve a impugnar las decisiones del Presidente. Pero ahora ni siquiera espera a que se retire, sino que Cristina Kirchner lo desafía con jugadas muy públicas. Es un jaque a Alberto Fernández.

Es que el Presidente está en un serio aprieto: arrinconado por la crisis sanitaria y económica, y mientras intenta salir de la encerrona mediante un arriesgado ajuste en las cuentas fiscales, la jugadora más experimentada del gremio se decidió a interceder de lleno en el Gobierno y en su rumbo. Y eso ocurre en un momento en que las relaciones entre él y ella están en su peor momento desde que se habían reencontrado, a principios de 2018. El partido llegó a su momento más delicado.

Palabra oficial. Argentina hoy está atravesada por grandes dificultades, pero en las últimas semanas, puertas adentro del Gobierno, todos los problemas se redujeron a una sola dicomotía: ¿hablan o no hablan? La incógnita, que a priori podría parecerse más a un desencuentro en una pareja adolescente, se transformó ahora en un verdadero asunto de Estado dentro del Frente de Todos. Hay emisarios que van y vienen desde la Quinta de Olivos hasta el Instituto Patria intentando recomponer una relación que volvió a Fase 1, mientras que varios, incluso algunos que tienen su base en el Congreso, cruzan los dedos para que suceda todo lo contrario. La lacerante duda del estado de la relación entre el Presidente y su vice tuvo un último capítulo el domingo 15, que ejemplifica el estado de la cuestión: cuando las negociaciones entre el Gobierno y el FMI, que tiene una misión en el país, estaban entrando en un momento delicado, Cristina Kirchner pateó el tablero y publicó una polémica carta donde le cantó retruco al Fondo. Aunque la misiva, en donde se asegura que “acordar con el FMI en busca de soluciones económicas de largo plazo es completamente inútil y contraproducente” –es decir, que lo que está intentando encarar el ministro de Economía, Martín Guzmán, no tendría sentido–, lleva la firma de los 39 senadores del peronismo en el Senado, nadie se engaña: esa carta, como las otras cartas que en lo que va del año que provocaron un tsunami en el Gobierno, es otra jugada más de CFK. ¿Fue un mensaje pour la galerie o realmente la vice y los suyos no coinciden con el rumbo económico? ¿Quiso condicionar al Presidente? Y, sobre todo, ¿Alberto Fernández sabía?

Desde Olivos dicen que sí, que el sábado 14, en las últimas horas de la tarde, la vicepresidenta salió de su ostracismo autoimpuesto y le hizo llegar la carta al Presidente. Esa afirmación omite dos detalles significativos: el primero es que no fue ella hasta la Quinta para entregar el texto, ni para ver y hablar con el Presidente, y también que por esa misma hora, y probablemente un poco antes, un hombre de Cristina había ido hasta el hotel donde se alojaban los enviados del Fondo para entregar en persona la misiva. Es decir que, aún cuando a Alberto la carta le llegó antes de que se hiciera pública –el domingo a primera hora se difundió a todo el país–, el mandatario hubiera tenido un escasísimo margen de maniobra si hubiera pretendido alterar algún detalle de la misma antes de que llegue a las manos de los prestamistas de la Argentina. Ese movimiento fue una jugada de tiempista a lo Najdorf, aunque parecería que se tomaron más recaudos de los necesarios: al fin y al cabo, como se demostró en la posición que tomó el Presidente luego, en donde abrazó en público el contenido de la carta, el margen de maniobra de Alberto para desautorizar a CFK es acotado, a diferencia de lo que ocurre en el sentido contrario. Y parecería que incluso ese espacio comienza a ajustarse.

Jaque. A medida que Fernández empieza a acumular cuestionamientos internos, la paciencia de los suyos comienza a entrar en recesión. Tiene algún sentido: ni en el tuit contra la reunión del Presidente con los empresarios, ni en los faltazos a los actos del 17 de octubre o el del aniversario por la muerte de Néstor Kirchner, ni en la carta que publicó por aquel evento, CFK avisó con antelación de sus movimientos. En los actos, incluso, jugó hasta último momento con la idea de ir, algo que el Presidente le había pedido directamente. Desde el primer desplante, que fue el 9 de julio, se fue acumulando el cansancio. “La verdad, rompe las pelotas que la vice le hable al Presidente por cartas y tuits. Estamos grandes y en un momento muy jodido”, es la versión menos edulcorada de un estrechísimo colaborador del Presidente.

Sin el grabador prendido y sin ánimos de apagar los incendios gubernamentales, la sensación es repetida en todo el arco no cristinista. Pero no es solo una cuestión de actitud: también se nota a la hora de definir los cargos. Luego del “funcionarios que no funcionan”, frase de CFK que promete quedar en la historia, se sabía que los minutos de María Eugenia Bielsa como ministra de Desarrollo Territorial y Hábitat estaban contados. Esa decisión parece fruto de un consenso real: tanto el cristinismo como el albertismo hace largos meses que miraban de reojo el trabajo de la hermana del famoso director técnico, e incluso la carta de CFK le dio algunas semanas más de gracia: dicen por los pasillos del oficialismo que si la vicepresidenta no hubiera levantado el dedo sobre el desempeño de algunos ministros, Bielsa se hubiera ido incluso antes, porque la decisión estaba tomada pero no quisieron hacerla coincidir con la carta, por obvias razones. El debate está en su reemplazo, porque varios colaboradores de Alberto se habían ilusionado con ver en ese sillón a Juan Zabaleta, intendente de Hurlingham. Era una jugada que cerraba en varios casilleros: Zabaleta es, desde que en 2017 compitió en el randazzismo, espacio que tenía a Fernández como jefe de campaña, un muy cercano colaborador del Presidente, y es de hecho su hombre de referencia en el Conurbano. También cumplía con la idea que venía anidándose en la cabeza presidencial, que era la de sumar a un intendente al Gabinete, lógica que no solo reconocía el trabajo de los jefes municipales en plena pandemia sino que, sobre todo, permitía ensanchar el canal comunicante entre Olivos y el peronismo no K, espacio que, quizás, en el futuro sea el que sostenga a Fernández si la distancia con el cristinismo sigue ensanchándose.

Es probable que el movimiento hacia el PJ del rey, jaqueado por su propia dama, sea incluso inevitable, como sueñan los popes del sindicalismo que organizaron el acto del 17 de octubre.

Sin embargo, la moneda cayó bien lejos: el reemplazo de Bielsa fue Jorge Ferraresi, intendente de Avellaneda, vicepresidente del Instituto Patria y fiel representante del núcleo K más duro. Es otro espacio de poder que copa el cristinismo, y la desazón corrió en el resto de la coalición. “Queda cada vez más claro: el Frente no es de todos sino que es de una”, se mofaba con resignación un massista destacado.

No fue el único avance del cristinismo: en varios ministerios claves, controlados por albertistas o funcionarios que responden a Sergio Massa, empieza a hacerse notar la preocupación por el peso de La Cámpora, un poder que se cristaliza cada vez más en la figura del senador Mariano Recalde, al que varios sectores ya apodaron “el ministro del Aire”, porque, dicen, “está en todos lados”. No solo es una muestra del poder que tiene la organización que conduce Máximo Kirchner en el Gobierno, sino que habla de cómo ese movimiento está muy alineado con los deseos de su madre –a diferencia de lo que se sostuvo en algún momento en el que se hablaba del giro de MK hacia el PJ y hacia Massa–: Recalde se sienta a sillas de distancia de CFK y está en ese lugar por pedido expreso de ella. Es uno de sus delfines.

Debates. La tensión en el Frente promete trasladarse en los próximos tiempos al Congreso. En esos pasillos se definirá la designación del juez Daniel Rafecas como procurador general de la Nación, que viene empantanada. Aunque es el candidato que el Presidente quiere para ese puesto, el cristinismo, que tuvo varios cruces con el magistrado cuando era gobierno, lo resiste e intenta cambiar la ley que designa al procurador. Es un tema más que sensible: esa pelea es por ver quién controla al jefe de todos los fiscales.

No es el único frente. La decisión presidencial de impulsar el proyecto para despenalizar el aborto promete tensionar al espacio, que tiene a pañuelos verdes y celestes entre sus legisladores. De hecho, ya causó algún resquemor que Vilma Ibarra, secretaria de Legal y Técnica y otrora gran crítica de CFK, se haya adelantado a anunciar sola y en televisión el envío del proyecto al Congreso. De cualquier manera, con quien sí tendrán una pulseada segura será con la Iglesia que, como el Presidente sabe, es clave para sostener la paz social en algunos de los lugares más carenciados de la Ciudad y de la Provincia. Y, como dijo el ex embajador en el Vaticano y eterno rival del Papa, Esteban Caselli, “la Iglesia, si quiere, te puede hacer perder elecciones”, que por otro lado están cada vez más cerca. Este es un temor que recorrió la espalda de más de un peronista chupacirio esta semana, cuando empezó a circular que Jorge Bergoglio había llamado a un diputado del PRO. “Hola Cristian, soy el Papa Francisco”, sorprendió el Sumo Pontífice a Ritondo, que estaba en pleno evento proselitista con varios diputados y militantes de Cambiemos. Sin embargo, la llamada era de índole personal y surgió luego de un mail que le envió hace un tiempo el ex ministro de Seguridad, según surgió de lo que le preguntaron los curiosos que presenciaron aquella llamada y que terminó con Ritondo al borde de las lágrimas. Aunque la conversación corrió por otros carriles, Francisco no deja de ser un experimentado hombre de la política, y en algún momento de la conversación paró su oído para escuchar el rumbo del país que lo vio nacer. Curiosidad santa.

El debate sobre el futuro de la economía también llegó al Congreso. Dicen que Guzmán anda con una sensación agridulce: si bien tenía algún anticipo de que se venía una toma de posición del ala K sobre el FMI con el que el ministro anda negociando, no suponía el tenor de la carta. “Y, no es lo más recomendable en este tipo de negociaciones”, fue como se tomó la misiva en el ministerio de Economía. De cualquier manera, el Presupuesto se aprobó y también tuvo media sanción la que algunos en el oficialismo llaman la “Ley Verbitsky”, en referencia al impuesto a la riqueza cuyo proyecto originalmente se había conocido en público durante una entrevista entre el periodista y director del sitio “El Cohete a la Luna” y el Presidente en abril. De cualquier manera, los 307 mil millones de pesos que esperan recaudar con esa ley le vendrán bien a Guzmán para cumplir con su nueva obesesión: acortar el déficit fiscal, una búsqueda que antes era más propia de la ortodoxia economicista que del peronismo. Es un tema delicado: la palabra “ajuste” golpea de lleno en el centro del relato K, acostumbrado a gobernar, y construir sentido, con una economía con mejor salud.

De cualquier manera, el impuesto a la riqueza deja una valiosa lección: la delicadeza y el sigilo con el que se mueve y construye Sergio Massa dentro del Frente. Los que lo conocen saben muy bien que medidas que obligan a los grandes millonarios a poner parte de su capital no están entre las preferidas del presidente de la Cámara de Diputados, y por eso el tigrense jugó un doble juego: se abstuvo, como hizo en otro momento, de ponerse él mismo al frente de las negociaciones con los otros bloques por la ley, pero, para no quedar en offside con el resto del oficialismo y en especial con el gran impulsor de este proyecto, Máximo, mandó a sus colaboradores más fieles a militarla. Un win-win para Massa, al que cada vez le repiten más sus colaboradores que el romance con el hijo de CFK tiene un futuro limitado y que viene de recibir una chicana directa en la anteúltima carta de Cristina Kirchner. Parecería que el presidente de la Cámara es consciente de eso, porque cada vez se lo ve más en actos protocolares con los funcionarios que le responden, eventos que parecen actos de campaña más que de gestión, y porque se ocupa de mantener viva la marca Frente Renovador.

Sin embargo, la tercera pata de la coalición oficial lo sabe muy bien: estos partidos de ajedrez se resuelven en los últimos movimientos, bien pegados a las elecciones. Y todos los que juegan este partido saben que para eso todavía falta. 

 

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Juan Luis González

Juan Luis González

Periodista de política.

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