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Opinión / 12 de octubre de 2012

Cristina y su amigo caribeño

Ilustración: Pablo Temes.

Luego de sufrir semanas de pálidas –cacerolazos gigantescos, el comportamiento irreverente de estudiantes latinoamericanos en universidades imperialistas, la rebelión salarial de prefectos navales y gendarmes que tienen motivos de sobra para sentirse estafados, un cambio del clima de opinión que, según los enterados, la dejó estupefacta–, por fin Cristina recibió lo que tomó por una muy buena noticia. En Venezuela, su amigo predilecto y referente ideológico Hugo Chávez consiguió la re-re-re derrotando con comodidad kirchnerista a su contrincante burgués, un reaccionario de nombre Henrique Capriles Radonski . “¡Tu victoria es la nuestra, Fuerza Hugo!”, le tuiteó eufórica.

¿Lo fue? Puede que no. Por cierto, si Cristina y su tropa realmente creen que les convendría procurar emular al comandante venezolano y la suya, apoderándose de una proporción aún mayor de los medios de comunicación para atormentar a la gente con ediciones locales de “Aló presidente” a través de la cadena nacional, amenazando a los vacilantes con los horrores de “una guerra civil” a menos que los apoyen con el fervor debido, manejando la economía con ineficiencia cada vez más asombrosa, formando milicias matonescas, supuestamente para luchar contra los odiosos marines yanquis, importando a vaya a saber cuántos asesores de seguridad cubanos, insultando groseramente a los adversarios políticos y solidarizándose con los dictadores más sanguinarios del planeta, no tardarían en verse repudiadas por una mayoría abrumadora de la población. En tal caso, lejos de ayudar a Cristina, el triunfo de Chávez le habría tendido una trampa.

Lo entiendan o no los incondicionales de la Presidenta, fuera del mundillo fantástico del “relato”, en la Argentina la imagen de Chávez es francamente mala. Con regularidad, el hombre figura entre los líderes extranjeros más despreciados. De difundirse la noción de que Cristina se haya propuesto transformarse en una versión entre porteña y patagónica del pintoresco caudillo caribeño, el índice de aprobación que todavía ostenta se derrumbaría.

Por fortuna, la Argentina no es Venezuela. No depende por completo del bien llamado “excremento del diablo”, un producto que se presta como ningún otro a los abusos de poder. Como a tantos tiranos árabes y los aún más siniestros teócratas iraníes, a Chávez le ha resultado maravillosamente fácil apropiarse de la mayor parte del dinero –en su caso, casi 700.000 millones de dólares desde fines de 1999– que, merced al petróleo, han ingresado en su país, para emplearlo como si se tratara de su propio patrimonio. De desplomarse el precio del crudo, Venezuela se hundiría enseguida en la miseria más absoluta, ya que no está en condiciones de comercializar nada más. Felizmente para los habitantes del país “hermano”, es escaso el peligro de que ello ocurra en los años próximos, aunque la posibilidad de que, gracias al aprovechamiento, el “fracking” mediante, de recursos no convencionales como el shale gas, Estados Unidos y otros países logren autoabastecerse de combustibles, debería preocupar a los interesados en el mediano plazo.