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Opinión / 3 de septiembre de 2013

EE.UU. y Siria: el mundo es una zona liberada

Por el contrario, como ha sido el caso desde que el mundo es mundo, les parecen ridículas las afirmaciones de quienes les informan que “la guerra nunca soluciona nada”. A su entender, solo los pusilánimes hablan así y, lejos de sentirse debidamente impresionados por la superioridad moral de los pacifistas, se preparan para sacar provecho de su presunta debilidad. Así, pues, al propagarse la convicción de que los norteamericanos están batiéndose en retirada en Afganistán, no solo los talibán sino también los soldados del enjambre de grupos engendrados por Al-Qaeda están intensificando la contraofensiva contra “el imperio”. De más está decir que una intervención limitada en la confusa guerra civil de Siria, en la que Estados Unidos, sin proponérselo, se ha aliado “objetivamente” con Al-Qaeda, no contribuirá a modificar el panorama.

La modernidad, por llamarla de algún modo, es esencialmente occidental. La resistencia islamista es una reacción, la más poderosa y más prolongada de muchas, contra las fuerzas que fueron desatadas por Europa y Estados Unidos y que, impulsadas por una revolución científica incesante, ya son inmanejables. Puesto que el islamismo, el regreso al orden que supuestamente imperó hace más de mil años, es incompatible con el progreso material, las sociedades en que sectores importantes se sienten seducidos por la prédica furibunda de miles de clérigos rabiosos enfrentan un futuro caótico. Por motivos tanto humanitarios como de interés propio, los líderes norteamericanos y europeos quisieran ayudar a dichas sociedades a adaptarse a circunstancias que les son ajenas, pero sencillamente no saben qué les convendría hacer.

Por motivos que tienen más que ver con el egoísmo que con el respeto por culturas radicalmente distintas, no quieren asumir demasiadas responsabilidades, como hubieran hecho sus antecesores imperialistas, pero a menos que lo hagan tendrán que resignarse al rol nada digno de espectadores pasivos que lloran sobre los cadáveres de víctimas inocentes de las atrocidades que se perpetúan a diario sin animarse a hacer lo necesario para poner fin a la carnicería.

Asimismo, por tratarse de democracias, en Estados Unidos y Europa los políticos tienen que tomar en cuenta la opinión pública. Entienden que en los días que siguen a una matanza excepcionalmente cruenta, una mayoría coyuntural podría estar a favor de una intervención militar, pero que no tardaría en cambiar de actitud si las consecuencias inmediatas no son las esperadas. Es muy fuerte, pues, la tentación aislacionista, de procurar mantener a raya todo lo vinculado con los conflictos que están convulsionando el Oriente Medio, incluyendo a los muchos miles de refugiados que tratan de entrar en Europa atravesando el Mediterráneo en embarcaciones precarias o cruzando a pie la frontera entre Grecia y Turquía.

El autor es periodista y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.