Opinión / 6 de diciembre de 2013

Treinta años no es nada

Hasta los setenta, la mayoría de los países sufría bajo tiranías de derecha o izquierda, civiles o castrenses, que se suponían capaces de solucionar problemas.

Raul Alfinsin. Presidente de Argentina entre 1983 y 1989.

“Con la democracia se cura, se come y se educa”, proclamó Raúl Alfonsín una y otra vez en la emocionante campaña electoral que lo llevaría a la presidencia de la República. Pues bien, ya han transcurrido tres décadas desde el rencuentro del país con el único orden político que es digno de una sociedad civilizada, pero la salud pública está en crisis, muchas personas tienen hambre y el estado del sistema educativo se ha deteriorado hasta tal punto que, como acaba de recordarnos la difusión de los resultados de las pruebas PISA, está entre los peores del mundo.

Con todo, aunque las ventajas concretas que según Alfonsín eran inherentes a la democracia siguen sin manifestarse, el grueso de la ciudadanía entiende que sería peor que inútil intentar remplazarla por un esquema autoritario como insinuaron ciertos kirchneristas, incluyendo, por desgracia, a la presidenta Cristina, cuando se afirmaban resueltos a “ir por todo”. Fue en parte por tal motivo que, en octubre, los candidatos oficialistas recibieron un varapalo en las elecciones legislativas en los centros urbanos principales del país.

El “padre de la democracia” reivindicó el orden constitucional tratándolo como una panacea que produciría un sinfín de beneficios materiales porque, a partir de 1930, tanto los militares como muchos otros habían supuesto que solo una dictadura, plebiscitada o no, estaría en condiciones de solucionar los problemas económicos y sociales más angustiantes. Creían que la democracia era demasiado burguesa, tibia e ineficaz como para tener éxito en una empresa tan difícil.