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Opinión / 24 de enero de 2014

La izquierda también existe

DES-UNEN. En el espacio integrado por Carrió, Pino Solanas, Cobos y Binner hay más peleas que coincidencias.

Como ya es su costumbre, los líderes de las diversas facciones de la centro-izquierda nacional están celebrando reuniones con el propósito de llegar a un consenso. Se trata de una tarea que podría mantenerlos ocupados durante años, tal vez décadas. Como siempre, discrepan en torno a temas como el valor de las estructuras partidarias y lo bueno que sería encolumnarse detrás de un jefe determinado. Según Pino, ir por separado a las elecciones próximas sería “un suicidio político”.

¿Alcanzarán un acuerdo los centroizquierdistas para que, por fin, surja la deseada alternativa progre? No hay motivos para creerlo. Las agrupaciones que se inspiran en doctrinas colectivistas son congénitamente fisíparas; les es mucho más fácil fragmentarse que consolidarse. De haberlo querido, los distintos líderes progres hubieran cerrado filas hace años para formar un partido parecido al laborista británico o el socialista español que, huelga decirlo, siempre han sido coaliciones. Puesto que no lo hicieron cuando les sobraba el tiempo, parece muy poco probable que logren hacerlo antes de que ya sea demasiado tarde.

Cuando aluden a las vicisitudes de la interna, los políticos izquierdistas, que incluyen a radicales que, a pesar de su apego a las tradiciones centenarias de un movimiento con los pies firmemente plantados en el siglo XIX, aspiran a modernizarse, subrayan que están pensando en los meses finales de 2015. Algunos dicen no tener apuro por temor a ser acusados de prestarse a una conspiración desestabilizadora del tipo denunciado rutinariamente por los kirchneristas; otros, en especial Carrió, juran querer que Cristina tenga el tiempo suficiente como para rematar la obra de destrucción que ha emprendido. La actitud de la chaqueña se asemeja a la de Álvaro Alsogaray casi cuarenta años atrás, cuando quien sería el jefe de personajes como Amado Boudou y Ricardo Echegaray dijo que los militares deberían desistir de intervenir prematuramente porque sería mejor que Isabelita arruinara por completo el país, de tal modo vacunándolo contra el mal populista. Aquí como en otras latitudes, la historia no suele repetirse pero, como afirmaba Mark Twain, a menudo rima.