Política / 8 de noviembre de 2017

Peña, Lopetegui y Quintana: la guillotina de Cambiemos

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Habían pasado 360 días de la presidencia de Mauricio Macri. Para despedir el año 2016 el presidente reunió a su “gabinete ampliado” en el Centro Cultural Kirchner: más de 600 personas, entre funcionarios y asesores. Las primeras líneas de un gobierno que todavía intentaba hacer pie. En esa reunión, de la que no participó la prensa, dejó grabado a fuego una de las frases que los ministros sabían, pero que nadie se animaba a decir: “Marcos, Mario y Gustavo son mis ojos y mi inteligencia. Ellos son yo. Lo que ellos piden o exigen, soy yo quien lo pide”.

Marcos es Peña, el jefe de Gabinete y uno de los hombres de mayor confianza del Presidente. Sus dos vicejefes son Mario Quintana y Gustavo Lopetegui: desde ese momento, los verdugos de Macri.
La última víctima se llama Ricardo Buryaile. Era, hasta el 31 de octubre, el ministro de Agroindustria y se jactaba de haber tenido más logros que pifies. Pero tenía una sentencia colgada de la frente: su mala relación con Lopetegui, que en el rincón del formoseño llaman “falta de feeling”. “Nunca fue obsecuente y eso se paga”, agregan. Finalmente, después de las elecciones legislativas en las que Cambiemos arrasó, los verdugos de Macri lo convencieron de que era el momento de modificar la cartera. Ese martes 31 le avisaron al entonces ministro que debía organizar su retirada de sus despachos para darle lugar al presidente de la Sociedad Rural Argentina, Luis Miguel Etchevehere.

La noticia tomó por sorpresa a Buryaile, a pesar de que sabía que su enemistad con Lopetegui podía costarle caro. Los primeros rumores de que Echevehere lo podía reemplazar llegaron a las oficinas del formoseño a principios de agosto, antes de que se realizaran las PASO. Nadie le dio demasiada entidad: creían que si el Gobierno no le había pedido que participara de las elecciones a senador en su provincia era porque lo consideraban firme para seguir en su puesto. No fue así.

“No la veíamos venir”, le aseguraron a NOTICIAS desde las oficinas de Agroindustria, mientras emprendían la retirada. “Si nos querían afuera del ministerio, al menos nos hubiesen dado la oportunidad de jugar en estas legislativas”, se fastidian.

Buryaile nunca desconoció la intención de Macri de tener a Etchevehere entre sus filas. De hecho, vio con recelo cómo el Presidente lo invitó a varias de sus giras, como la de Holanda, China y Japón. El mandatario quiso al titular de la Sociedad Rural al frente de Agroindustria desde su primer día en el sillón de Rivadavia. Sólo el trabajo de lobby que había hecho el radicalismo del que Buryaile forma parte, y el argumento de que no podía poner de entrada al presidente de una entidad rural al frente de la cartera, lo convenció de que no era el momento.

Antecedentes. No es la primera vez que los verdugos del Presidente le cortan la cabeza a un funcionario. De hecho, tuvieron muchos enfrentamientos de los cuales, claro, siempre salieron airosos. En los pasillos de la Casa Rosada es una verdad de perogrullo: ponerse en contra de ellos es despedirse del cargo que se ejerce.

Lo saben hombres de renombre como Alfonso Prat-Gay o Carlos Melconian, dos que debieron dejar sus funciones por diferencias ideológicas y operacionales con el tridente. También lo experimentó Carlos Regazzoni, titular del PAMI, quien se había negado a realizar el ajuste que le exigían y, como publicó NOTICIAS, se había interpuesto en una negociación de Quintana (relacionado con Farmacity) y las industrias farmacéuticas.

Provenientes del sector privado, los encargados de bajar la guillotina tienen patrimonios acaudalados. Lopetegui fue CEO de LAN Argentina y miembro de McKinsey, una empresa de consultoría internacional. Quintana trabajó de director de Farmacity y CEO del fondo de inversión Pegasus, lugar que abandonó para asumir en la función pública. Su jefe, Marcos Peña, no tiene el mismo perfil: su declaración jurada es una de las más austeras del Gobierno. Pero consiguió absorber un poder que cualquiera envidiaría. Los tres logran atemorizar a los funcionarios: eso sí, siempre con buen trato y cierta displicencia. Nada de andar sacando los trapitos al sol.

Con Buryaile, el modus operandi fue el típico del Gobierno. Los expulsados se van, al menos, con una propuesta de cargo. Para el ex ministro de Agroindustria eso significó la posibilidad de ser embajador de Estados Unidos, propuesta que rechazó, o el nuevo representante ante la Unión Europea, lo que finalmente tomaría. Una linda oportunidad, si no hubiese sido por las intenciones de Buryaile de ser gobernador de Formosa. La guillotina de Cambiemos se lo impidió.