Mundo, Opinión / 3 de febrero de 2018

Putin y Xi Jinping: más poder en el Este

Los líderes de las potencias de Occidente empiezan el año debilitados. China y Rusia lo hicieron notablemente fortalecidos.

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Algunos líderes de las grandes potencias entraron al 2018 fortalecidos y otros, debilitados. Los que más se empoderaron son Xi Jinping y Vladimir Putin, los líderes de China y Rusia, mientras que los países que vieron declinar el poder y la influencia de sus mandatarios son Alemania, Gran Bretaña y los Estados Unidos.
Los alemanes terminaron el 2017 y empezaron el año en curso sin gobierno. Merkel volvió a ganar las elecciones, pero el drenaje de votantes que fue hacia la extrema derecha que representa el partido Alternativa para Alemania, la obligó a buscar una coalición que garantice un gobierno estable. Fracasó el intento de gobernar con los ecologistas y los liberales, por lo que debió intentar un nuevo acuerdo de Gran Coalición con los socialdemócratas.

El problema es que el PDS está convencido que su declinación tiene que ver con los gobiernos que compartió con los conservadores de Merkel. Por eso las negociaciones se hicieron más largas y tortuosas que las realizadas en su momento con Gerhard Schröeder y con Sigmar Gabriel. ¿Resultado? la mujer que durante más de una década exhibió el liderazgo más vigoroso de Europa, mostró una debilidad preocupante.

Angela Merkel representaba el bastión inexpugnable en la defensa de la UE, la democracia y el capitalismo europeo, contra el avance de los extremismos anti-sistema. Por eso su declinación en el país que es la locomotora de la eurozona, abre interrogantes inquietantes. Sobre todo con Gran Bretaña extraviada en el laberinto del Brexit.

La integración europea siempre tuvo claramente señalada la puerta de ingreso, pero no la de salida. Y mientras los británicos deambulan erráticos en su busca, el liderazgo del Reino Unido se vuelve tan borroso como el de su primer ministra.

Theresa May cometió un error gigantesco: creyó que adelantando las elecciones, los conservadores acrecentarían la mayoría parlamentaria que tenían asegurada hasta el 2022. El cálculo falló, su partido quedó en minoría y, en lugar de renunciar dignamente (como hizo David Cameron cuando perdió defendiendo el Remain en el referéndum sobre el Brexit), la primer ministra se aferró al cargo tejiendo una complicada alianza con un partido recalcitrante del Ulster.

Mientras los británicos deambulan extraviados en el laberinto del Brexit, Estados Unidos padece las convulsiones políticas de la era Trump. La economía se ha fortalecido, como ocurre normalmente en los primeros tramos de las políticas proteccionistas y aislacionistas. Pero el liderazgo norteamericano se ha vuelto indescifrable y vaporoso. Al orden interno lo reemplazó el caos. Nadie sabe a ciencia cierta si debe obedecer al presidente o a los funcionarios que lo contradicen permanentemente. Tampoco está claro si terminará su mandato o si lo destituirá un impeachment, ya sea por la injerencia rusa en el comicio que lo puso en el Despacho Oval. Las encuestas detectan por primera vez una inmensa porción de ciudadanos que dice sentir “vergüenza” por el hombre que preside el país. Y el mundo observa estupefacto las tribulaciones cotidianas de un gobierno en permanente estado catatónico.

Los enemigos de la Europa libre, abierta, plural y próspera que construyeron Churchill, De Gaulle y Adenauer, encontraron un aliado inesperado en el presidente de los Estados Unidos. Trump retira abruptamente del mundo a la principal potencia Occidental, mientras China y Rusia avanzan ocupando cada espacio vacío. China con más eficacia que Rusia.

En los dos gigantes, hay líderes cada vez más poderosos y con metas hacia las que avanzan con coherencia y convicción, contrastando con la división y la confusión que hunde a la sociedad norteamericana en una comedia distópica.

A Vladimir Putin lo fortaleció la guerra en Siria. Nadie duda que sin la intervención rusa, el régimen de Bashar al Asad no habría sobrevivido. Al mismo tiempo que se posicionaba en el Oriente Medio, devolviendo a los rusos el orgullo nacionalista derrotado por lo mujaidines afganos, agrandaba el territorio ruso anexando la Península de Crimea. En noviembre Al Assad se reunió con Putin, y este último dio por terminada la guerra en Siria: el presidente ruso le pidió a su par que acepte las iniciativas de paz de Rusia, Irán y Turquía para poner fin al conflicto civil.

De paso Putín reforzó a otro aliado: el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, con quien organizó en la ciudad rusa de Sochi los detalles de la Operación Rama de Olivo, que cerró filas contra los terroristas en la región siria. Y le arrebató a occidente una pieza que necesitaba y despreciaba a la vez: Erdogan y la cancillería turca manifestaron esta semana que la intervención estadounidense en la región es inaceptable y que el presidente ya no dialogará con Trump.
Con las elecciones de este año, que le darán un nuevo mandato, Putin habrá superado a Brezhniev y sólo Stalin habrá gobernado más tiempo que el actual jefe del Kremlin. En rigor, es el dueño del poder desde que Boris Yeltsin lo convirtió en primer ministro para que le cubriera la retirada del poder para no terminar en la cárcel por el aparato de corrupción que manejaba con su hija Tatiana.

También tuvo todo el poder cedió la presidencia al leal Dimitri Medvedev, en la alternancia con que eludió las limitaciones constitucionales. Y a esta altura de su reinado, la mayoría de sus enemigos le temen y a los pocos que se atreven a desafiarlo los bloquea con trampas de todo tipo.

También Xi Jinping apunta a perpetuarse en el poder y lo está logrando de manera sorprendente. Primero, consiguió destruir al otro hombre fuerte de la burocracia partidaria, Bo Xilai, quien pasó sin escalas de gobernar la populosa Chongqing, a la cárcel. Y después, al conseguir que su pensamiento estratégico sobre el presente y el futuro de China haya sido incorporado en la constitución del Partido Comunista, donde sólo pudieron incluir sus propias ideas Mao Tse-tung y Deng Xiaoping, el actual presidente se ha situado más allá de sus antecesores Jiang Zemin y Hu Jintao.
El presidente chino está en condiciones de superar el límite de diez años de mandato que cumplieron Jiang y Hu. Desde la muerte de Deng Xiaoping, no hubo un líder con tanta influencia sobre el gigante asiático. Y si se considera lo que ha crecido China desde entonces y las derivas de las potencias occidentales, se llega a la conclusión de que el hombre más poderoso del mundo se llama Xi Jinping.