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Mundo, Política / 2 de julio de 2018

Francisco, líder del caudillismo religioso

La desmesura del Papa avalando su injerencia en la legislación sobre aborto y matrimonio corroboran su vocación de líder inobjetable.

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Con excepciones como Juan XXIII, los Papas han sido monarcas al frente de una estructura vertical, marcada por su instinto medieval a imperar sobre el poder terrenal. La casi totalidad de los pontífices, actuando como monarcas infalibles, defendieron versiones ortodoxas del dogma y actuaron para que la iglesia gravite sobre gobiernos y legislaciones.

Hasta ahora, Francisco no apunta a ser diferente. Que haya transgredido reglas y enfrentado reductos oscuros de la curia romana, no implica que su pontificado sea menos monárquico y más dispuesto a respetar el ámbito secular de los gobiernos y las leyes. Pero el origen latinoamericano del Papa da un sesgo particular a su monarquismo. En América Latina, los reyes que imperan por encima de las leyes y las instituciones se llaman caudillos. Y Francisco es eso, un caudillo religioso.

Ese rasgo lo hace irascible ante el poder secular cuando lo relega o resiste contra el instinto medieval de la iglesia a imponer su visión sobre la educación y las leyes. Y a veces, el enojo lo arrastra a la imprudencia. El mundo lo escuchó con estupefacción comparar la legalización del aborto con “un nazismo de guante blanco”. Tuvieron razón las voces del judaísmo que denunciaron la banalización del holocausto que implicaba semejante pronunciamiento. El Papa llamó nazis, o sea genocidas, a las democracias maduras de Occidente y las demás potencias desarrolladas en un mundo en el que predomina ampliamente la legalidad por sobre la criminalización.

La impresión es que lo sacó de quicio que “su” país diera un paso hacia la legalización. Sin embargo, eso no debiera sorprender. En 1978, a ese paso lo dio el país donde se encuentra el Vaticano y estaba gobernado por coaliciones encabezadas por la Democracia Cristiana. Lo hizo una abrumadora mayoría de italianos votando en referéndum. Lo mismo ocurrió en la catoliquísima Portugal. También legalizó la interrupción del embarazo España, un país nacido de una boda entre reyes fundamentalistas (Fernando de Aragón e Isabel “La Católica”), que expulsaron a musulmanes y judíos con “guerras santas”. Y recientemente Irlanda, país que hizo del catolicismo un rasgo de identidad y donde los símbolos nacionales son la “cruz celta” y el trébol, porque lo usaba San Patricio para explicar la Santísima Trinidad, hizo un referéndum en el que una inmensa mayoría votó la legalización.

Estados Unidos, con una nación marcada por los puritanos y cuáqueros que desembarcaron del My Flower, lo había legalizado en 1973 y en las siguientes décadas lo hizo la totalidad del mundo desarrollado y buena parte del resto del planeta.

Por cierto, la iglesia tiene derecho a concebir la interrupción del embarazo como un pecado. Lo discutible es que también sea considerado un delito. En el siglo XX, el discurso anti-aborto de la iglesia hacía eje en que la “dignidad de persona” era otorgada por Dios desde el primer momento del embarazo. Ahora buscó un concepto menos abstracto: habla de “vida”. Lo que le falta a su “defensa de la vida” es la autocrítica por haber hecho correr ríos de sangre con inquisidores, cruzados y ejércitos como el de los Estados Pontificios, además de ideologías confesionales como el falangismo español. También por haber convivido con la pena de muerte y por haber tenido obispos castrenses que bendecían armas.

Otra disculpa que debió anteceder a su actual ofensiva contra la legalización, es por haber estigmatizado a la madre soltera desde la Edad Media hasta el siglo XX. En la antigua teocracia europea, muchas mujeres católicas abortaban para no cargar con el estigma de ser madres solteras. La iglesia las repudiaba. La estigmatización alcanzaba a los hijos, que eran llamados “bastardos”. Y era difícil vivir en la sociedad católica portando semejante adjetivo.

La iglesia también aportó a que la homosexualidad fuese considerada una perversión. No sólo al sexo, sino también al amor entre personas del mismo género, se lo llamaba sodomía. Y se lo execraba y perseguía con ensañamiento. En ese tema, el Papa caudillo había amagado con un giro hacia una posición opuesta a la del cardenal argentino que calificaba al matrimonio igualitario como “un plan de Satanás”. Pero volvió a parecerse a Bergoglio al sostener que “la familia imagen de Dios” está compuesta por hombre y mujer.

Ergo, no puede haber ni matrimonio ni familia entre personas del mismo sexo, aunque se amen. Igual que el antiguo cardenal, el Papa colocó la heterosexualidad como factor fundamental del matrimonio y de la familia, por encima del amor.

Un líder religioso debe ser cauto. Sobre temas en los que la religión es una intrusa en los debates seculares, en la misma vereda del Papa hay lunáticos que infectan de odio las redes sociales. Al fanatismo lo provoca confundir mensaje evangélico con política eclesiástica.
Por eso hay tantos inquisidores que aborrecen a quienes defienden la secularidad en las leyes y cuestionan que la iglesia pretenda legislar. En definitiva, ese es el punto central: las leyes humanas son cuestión de los humanos, no de los dioses.

Como ya lo vieron las democracias maduras de Occidente y demás potencias en la mayor parte del mundo, sobre interrupción de embarazo la mejor ley es aquella en la que una parte de la sociedad no obliga a otra parte a nada que vaya contra sus principios. Y la legalización no obliga a abortar a nadie.

Igual que en otros países que afrontaron estos debates antes, en Argentina la desmesura comenzó en los altares. Si algunos sermones en las catedrales envalentonaron a hordas de inquisidores a salir como chacales a disparar amenazas, cuantos lunáticos más podrían sentirse autorizados a “cazar brujas”, al escuchar un Papa criminalizando a quienes lo contradicen.

Nazismo es sinónimo de crueldad y exterminio. Si no llama genocidas a regímenes como el venezolano y el nicaragüense, que cometen masacres para mantener su poder, y tampoco acusó de genocida a ISIS cuando exterminaba a drusos, yazidíes, cristianos, alauitas, kurdos y chiitas en Irak y Siria ¿le parece razonable decírselo a quienes defienden legalizar la interrupción del embarazo?

Buena parte del mundo lo consideró un exceso. Una desmesura que, quizá, se explique en la recurrencia de Francisco a actuar como un caudillo.

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