Costumbres / 21 de julio de 2018

Tendencias: vestir al feminismo

¿Cómo conciliar los reclamos de las mujeres con el discurso de la moda? ¿Ropa y cosméticos pueden convivir con el empoderamiento femenino?

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Cuando ciertos fenómenos sociales se imponen, la transformación es como una ola, un tsunami que invade todos los aspectos de la vida. Aunque haya quien sienta que no hay chance de ser salpicado, la realidad es que, tarde o temprano, hasta las orillas más lejanas acaban afectadas. Porque son corrientes que atraviesan y modifican el cauce social, cuestiones que luego de ser planteadas ya no pueden ser obviadas. Suposiciones que ya no se asumen, chistes que ya no se hacen, prejuicios que se derriban. El feminismo es uno de estos fenómenos. Aunque tenga una larga historia, hoy adquiere todas las características de un tsunami. Fuerte, insoslayable y en plena discusión, llegó para cambiar mucho (si no todo). Uno de los ámbitos que podría redescubrir su presente y futuro a la luz del nuevo feminismo es la moda. Un espacio donde las mujeres siempre se soñaron y proyectaron, y que por estos días se conmueve con la fuerza de los reclamos femeninos.

cción del colectivo feminista francés “La Barbe” que interviene con humor en espacios públicos donde las mujeres brillan por su ausencia.

Cuestión de género. “Corren tiempos en los que las mujeres elegimos cómo queremos mostrarnos y vernos. Han sido décadas de reflexiones sobre lo que testimoniamos con nuestros cuerpos, y al fin, nos hemos librado de una mirada disciplinadora y patriarcal”, dispara Ana Torrejón, periodista y actual directora de la edición argentina de L’Officiel. Para ella es una convicción que el ejercicio de vestirse es político, y por estos tiempos, la industria de la moda comienza a interpretar lo que la calle grita. “Desde Lagerfeld a María Grazia Chiuri la han escuchado. Se registró en los desfiles la importancia del movimiento feminista y se ha dado relevancia a mujeres tales como Chimamanda Ngozi Adichie, quien se viste con Dior, se maquilla y objeta las pesadas estructuras”, agrega, aludiendo a una reconocida escritora feminista.

Un primer tópico para reflexionar: ¿vestirse con ropa considerada tradicionalmente femenina, como una pollera corta o un escote, o mantener las costumbres más típicas de la coquetería, como maquillarse, es hacerle el juego al patriarcado? La nueva liberación femenina sostiene que no, todo lo contrario. “Lo que se plantea es que cada una es dueña de su cuerpo y de lo que quiere hacer con él. Y la imagen que se proyecte no le da a nadie derecho a actuar sobre ella”, apunta el diseñador Pablo Ramírez. Sus colegas de Kostüme, Camila Milessi y Emiliano Blanco, adhieren: “Parece que si sos feminista no tenés derecho a expresar tu sexualidad, y es al revés. La expresás cuando vos querés, para quien y cómo querés. Puede haber quien sea feminista y femenina, y eso no la hace débil”, sostiene Milessi.

Este movimiento también favorece la idea de ropa sin género, un concepto que está creciendo mucho (hasta la tienda departamental inglesa Selfridges lanzó la línea A-Gender) y en el que la propuesta de Kostüme fue pionera en el país. “No trabajamos en base a un usuario, sino a formas geométricas y un poco más abstractas, y luego vemos cómo llevarlo a un cuerpo. Eso despersonaliza si la prenda es de hombre o mujer”, ilustra Blanco. Gracias a eso, son muchos los clientes que eligen ítems indistintamente de que sean para un sexo determinado. “Cuando no etiquetás, la gente no encuentra una orden, sino una forma amable que se adapta al cuerpo y se puede usar cómo y para lo que se quiera”, completa su dupla. “Creo que ya no existe eso de pensarse de modo tan rígido en términos de género”, aporta Ramírez. “La identidad tiene mucho más que ver con tu barrio, el espacio al que pertenecés, el contexto en el que te movés. Eso te condiciona mucho más como grupo de pertenencia”.

Karl Lagerfeld en Chanel se burló de las protestas.

Oportunismo y deudas. La moda, entonces, está ante las puertas de un cambio. Y si bien los diseñadores independientes han comenzado a tomar nota, la gran incógnita es cómo reaccionarán las grandes marcas. Para el historiador de arte y director de la colección Estudios de Moda (Ediciones Ampersand) Marcelo Marino, las empresas nunca pierden la oportunidad de hacer dinero con estos temas. Pero, ¿cuánto de lo que hacen las marcas colabora con el feminismo? “Hay un uso del slogan. Instalar el debate en palabras y en aquello que se viste es de lo más efectivo que se puede hacer con la moda, pero para que verdaderamente coopere con el movimiento, se necesita una articulación más amplia de las acciones”. Así, recordó por ejemplo el desfile de Dior del año pasado, en el que una espléndida pollera compartía pasarela con una remera blanca con la leyenda “We should all be feminists” (todos deberíamos ser feministas). Aquello se replicó en miles de sitios de Internet y medios de todo el mundo, demostrando el enorme poder de un diseñador para hacer llegar un mensaje. Pero el riesgo, claro, es el factor de industria. “La moda es una aplanadora, fagocita todo lo que pasa alrededor y lo transforma en un producto”, advierte Marino, que como ejemplo evoca lo que sucedió con el punk, que si bien data de los ’70, es mayormente recordado en los ’80, cuando se convirtió en un “artículo” masivo de la cultura pop. “Se vació de contenido y terminó siendo un simple logo”, describe.

Las activistas feministas de Femen irrumpiendo en un desfile de Nina Ricci.

Otro de los pendientes argentinos tiene que ver con la disponibilidad de talles. Al amparo de una corriente que acepta a las mujeres en sus muy diversos formatos se contrapone un mercado que solo parece ofrecer ropa para cuerpos delgados. “Creo que las marcas todavía no entendieron la parte más importante: dejar de vender modelos inalcanzables. De hecho, me parecería hasta revolucionario que una marca saliera a decir que la ropa no es tan importante. El foco sobre el cuerpo y la idea de ser flaca siguen estando muy vigentes”, opina Tamara Tenenbaum, periodista, filósofa y feminista. Para ella, lo que se opone hoy al movimiento no es tanto la moda, como la industria de la belleza y el fitness, que imponen un estándar de belleza de mujer flaca, joven, fibrosa y de piel impecable. “Esa contradicción va a explotar en algún momento, porque no podemos ser todas feministas pero tratar de vernos cada vez más jóvenes y perfectas a fuerza de tratamientos”, sostiene con lógica.

Más frescas y desprejuiciadas, son quizás las nuevas generaciones. “Hace poco fui a una fiesta de 15 y me sorprendieron los roles: los varones estaban todos de traje, y ellas podían tener short y zapatillas, mucho más libres, dueñas de su cuerpo y en un estilo que podía no tener que ver con la feminidad al 100%”, relata Ramírez. Incluso más allá de los mentados millennials, los más jóvenes también empujan el universo del consumo y hacen valer sus decisiones, eligiendo mucho más allá de lo binario. Concluye Torrejón: “La transformación llegó para quedarse, habrá que ejercitar y aprender a hablar de fenómenos y de personas y alejarse de calificativos y clichés”.