Cultura / 31 de julio de 2018

El largo regreso de Evita

En un nuevo aniversario de su muerte, una de las enfermeras que asistió a Perón cuenta cómo participó en la repatriación de sus restos.

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María Susana Makara tiene un raro privilegio: el de haber sido testigo casi involuntaria de acontecimientos vitales para la historia argentina y, en particular, para la historia del peronismo.
En tan sólo un año le tocó asistir a Juan Domingo Perón en el momento de su muerte y también, colaborar en la repatriación de los restos de Eva Perón, después del macabro periplo del cuerpo por Italia y España.

Su particular relación con el Justicialismo comienza en 1973, cuando tenía tan sólo tenía 23 años y formaba parte de un equipo de enfermeras que trabajaba para la UOM (Unión Obrera Metalúrgica).
Lorenzo Miguel, titular del gremio, la recomendó junto a otra compañera para asistir en la Quinta de Olivos al entonces Presidente. “Me vinieron a buscar en un Falcon verde y cuando llegamos, el General, la señora Isabel y los dos perritos blancos estaban esperándonos”, relata María Susana.

Entre diciembre de 1973 y hasta la muerte de Perón, el 1 de julio de 1974, trabajó en la Quinta de Olivos, en turnos agotadores de 24 horas. Después de la muerte del General, se quedó en su puesto sólo un año más y renunció para tener a su primer hijo.

Hoy, a los 67 años, y casada con Aldo Fontao -médico oficial de Isabel mientras cumplió sus funciones como Presidenta-, conserva con emoción los objetos e imágenes de una época tan única en su vida como imborrable para el destino del país. En el aniversario 66 de la muerte de Eva, el relato del regreso de sus restos a la Argentina.

Pruebas. La historia de María Susana con Perón es la de una fascinación. No sólo jamás lo había votado si no que llegó a confesarle que había preferido a Balbín en las últimas elecciones. Pero una vez que empezó a formar parte del entorno del General, se deslumbró con ese hombre comunicativo y afectuoso, sobre el que tantas leyendas había escuchado.

“Una vez él me preguntó qué era capaz de hacer por ellos. En aquel momento me sentía comprometida hasta los huesos y le dije: ‘lo que haga falta’”, cuenta María Susana. Le pidieron que aprendiera a manejar un arma. Y le pusieron un instructor para entrenarla. “Tenían mucho miedo de que los mataran. Yo fui la única de las tres enfermeras que lo cuidaban que aprendí a tirar. Nunca antes había tocado un arma”.

Aunque breve, la relación con ex presidente fue ganando en confianza y afecto a los largo de los meses. “Me daba papeles importantes para triturar, pero yo nunca miré una hoja. O me invitaba a ver películas con él. Se dormía con el ruido del televisor. En ATC (ex Televisión Pública) había programas nocturnos por pedido especial de Presidencia, para ayudarlo a dormir”.

También le hablaba de sus mujeres. De Eva, que lo había ayudado mucho. De Aurelia, su primera mujer. Y de Isabel, “porque la quería, tenían una relación que a mí me sorprendía verlos”.

María Susana señala un hito en la decadencia física del General: el 1 de mayo de 1974, el día en que echó a los Montoneros de la Plaza de Mayo. “Estaba disgustado, dolido. Me comentó lo difícil que le estaba resultando toda la situación”. La tensión extrema, para ella, fue el desencadenante en el final de un hombre que si bien sufría el desgaste de su edad, estaba en la plenitud de sus facultades mentales. Así, una bronquitis fuerte tuvo complicaciones pulmonares y cardíacas que lo llevaron a la muerte el 1 de julio de ese año.

“No estuve en el momento exacto en que murió. Me fui a las 9 de la mañana y él estaba feliz. Después uno aprende que hay una mejoría previa a la muerte. Nos despedimos y le dije que volvía en dos días. Estaba contento porque la señora Isabel había vuelto de una gira por Europa”.

Compromiso. Una vez muerto Perón, José López Rega, Isabel y el coronel Corral, jefe de la Casa Militar, le pidieron a María Susana que siguiera trabajando en la Quinta. También le preguntaron si aceptaba viajar a España con los documentos necesarios para repatriar el cuerpo de Eva Perón.

“Casi me muero cuando entré en Puerta de Hierro y vi el féretro tapado de Eva. Isabel y López Rega querían que el tema se manejara en el mayor de los secretos, para que no se repitieran los problemas del pasado”, explica María Susana.

El cadáver de Eva había sufrido un tortuoso derrotero desde su muerte en 1952 hasta llegar al panteón de la familia Duarte en Recoleta en 1976. El largo recorrido incluyó el embalsamamiento en las depedencias de la CGT, el secuestro del cadáver por orden de Aramburu, el entierro en Milán bajo un nombre falso (María Maggi de Magistris) y la devolución, en 1971, del cuerpo a Perón en Puerta de Hierro, tras intensas negociaciones del gobierno de Lanusse. En 1974, Isabel mandó a construir una capilla en Olivos para que los restos descansaran junto a los del General en la Argentina.

“En Puerta de Hierro me recibió Norma López Rega. Le entregué el sobre que llevaba y ella se ocupó de todo. No supe más hasta que el cuerpo llegó a la Argentina”.

En Buenos Aires, acompañó a Isabel al aeropuerto militar a buscar el féretro. “El auto estaba lleno de armas. No podíamos mover las piernas. Era el temor de que quisieran hacer algo con el cadaver de Eva”.

Una vez en Olivos, María Susana colaboró en el reacondicionamiento del cuerpo. “Conozco la muerte, estuve con pacientes que morían, pero eso fue impresionante: su rostro era la perfección. Debe seguir igual ahora. No había nada descompuesto”.
Testimonio. De López Rega guarda buenos recuerdos. De la leyenda de que practicaba el esoterismo y el espiritismo, no puede dar fe. Pero al mito de que manipulaba a Perón, lo niega rotundamente: “Al General era muy difícil manejarlo, él era el que manejaba a los demás”, afirma.

En cuanto a Isabel, guarda de ella el mejor de los recuerdos. “No estaba preparada para la presión que le tocó vivir. Quería que asumiera Luder (Ítalo, Vicepresidente) porque decía que era más inteligente que ella. Todos los que estaban en ese momento como ministros le decían que no podía irse porque el General la había puesto ahí. La presión era impresionante. Por eso yo la quiero mucho a Isabel, porque vi su corazón blando. La hacían firmar cosas quisiera o no”.

Después de la caída de su gobierno, vio a la ex presidenta dos veces más. Una vez porque Isabel quiso conocer a sus hijos, cuando eran chicos. Y hace alrededor de 6 años, en Madrid. “Me entristeció mucho porque estaba con una hemiplejia”, confiesa y, prefiere no dar más detalles.

“Tuvo la sabiduría de irse y no meterse en nada más”, concluye, emocionada.

 

* Historiador. Vicepresidente de la Juventud Peronista.