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Mundo, Opinión / 18 de agosto de 2018

Turquía se aleja de Occidente

Desgraciadamente para nosotros y, por supuesto, para los turcos, es más que probable que la crisis económica que está protagonizando Turquía se agrave en las semanas venideras.

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Ilustración: Pablo Temes.

Cuando el “efecto tequila” golpeaba con fuerza la congénitamente frágil economía nacional, Domingo Cavallo procuró convencer a quienes operan en los mercados financieros de que “la Argentina no es México”. Ahora, les toca a Nicolás Dujovne y otros voceros oficiales asegurarles que tampoco es Turquía. En principio, debería serle fácil, ya que las diferencias son patentes, pero sucede que a ojos de los preocupados sólo por los altibajos cambiarios, la Argentina y Turquía se asemejan puesto que los dos países se han acostumbrado a vivir por encima de sus medios y por lo tanto dependen excesivamente del crédito, razón por la que el hundimiento de la lira turca repercutió enseguida en el peso que, gracias a la ayuda del Fondo Monetario Internacional, pareció haberse estabilizado después de sufrir la devastadora corrida cambiaria de abril.

Mal que nos pese, es lógico que la Argentina se encuentre entre las primeras víctimas del temor a que los países llamados emergentes, sacudidos por la fortaleza creciente del dólar estadounidense, tambaleen uno tras otro; nadie ignora que su estado financiero es precario. Así pues, por extraño que a muchos les parezca, en las semanas venideras el destino de la economía, y por lo tanto la popularidad del gobierno del presidente Mauricio Macri, se verán determinados en cierta medida por lo que suceda en un país remoto que, para la mayoría, es tan exótico como Afganistán o Camboya.

Desgraciadamente para nosotros y, por supuesto, para los turcos, es más que probable que la crisis económica que está protagonizando Turquía se agrave en las semanas venideras. El “sultán” Recep Tayyip Erdogan es reacio a permitir que el Banco Central, que está en manos de su yerno, suba la tasa de interés o pida ayuda al FMI porque según él todo es consecuencia de un ataque de “terroristas económicos”. Se propone combatirlo con una mezcla de patriotismo y fervor religioso: “Si ellos tienen sus dólares, nosotros tenemos a nuestro pueblo y a nuestro Dios”. También quiere que la gente cambie “los dólares y el oro que tengan bajo el colchón en una batalla nacional” y que deje de comprar los productos de empresas estadounidenses como Apple.

Huelga decir que tal forma de enfrentar lo que para quienes no comparten su afición a las teorías conspirativas son problemas estructurales, no inspira confianza en la capacidad del gobierno islamista para atenuar el impacto del desastre que se ha abatido sobre un país que hasta hace relativamente poco aspiraba a entrar en la Unión Europea.

Al achacar el desplome de la lira a la hostilidad de norteamericanos y europeos, Erdoganğan daba a entender que, en su opinión, se trataba de la reacción previsible de sus ya ex aliados frente a su voluntad de abandonar por completo el proyecto casi centenario de hacer de Turquía un país occidental. Es que, lo mismo que tantos otros, Erdoganğan y quienes lo rodean creen que la Europa que conocemos tiene los días contados y que, como dijo hace poco, ha llegado la hora de “buscar nuevos amigos”, poniendo fin así al ambicioso programa de europeización que emprendió Kemal Atatürk después de la derrota del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial.

Para acercarse a su objetivo, en nombre de la modernización Atatürk cambió el alfabeto árabe por el latino, prohibió el uso del fez y el velo, cerró las escuelas islámicas, reemplazó la ley sharia por una versión del código civil suizo y tomó otras medidas destinadas a minimizar la influencia del clero, medidas que, para angustia de muchos turcos, Erdoganğan está revirtiendo.

El regreso al poder de los islamistas fue facilitado por la evolución demográfica de Turquía. Al igual que en otras partes del mundo, la tasa de natalidad de la población rural del país resultó ser muy superior a la de quienes vivían en las ciudades y que tendían a ser de cultura menos conservadora. Irónicamente, al presionar a favor de la democracia y repudiar con vehemencia la noción de que les correspondiera a las fuerzas armadas custodiar el laicismo reivindicado por los herederos de Atatürk, Bruselas colaboraba con los islamistas que, andando el tiempo, harían gala de su desprecio por la democracia occidental y, desde luego, los derechos humanos.
Los “nuevos amigos” a los que aludió Erdoğan son el ruso Vladimir Putin y el iraní Hasán Rohaní, los líderes de países que durante siglos lucharon contra el Imperio Otomano pero que en la actualidad figuran entre los enemigos principales del inestable orden internacional aún respaldado por Washington. Político astuto, el mandamás turco siempre ha sabido aprovechar los miedos de los europeos. Lo ha hecho advirtiéndoles de manera cada vez más explícita que, a menos que lo traten con el respeto que cree merecer, movilizará al mundo musulmán en su contra.

La estrategia elegida le ha funcionado muy bien. Tanto los europeos como los norteamericanos se han acostumbrado a pasar por alto la ocupación militar del norte de Chipre por parte de Turquía, las frecuentes incursiones de sus aviones en el espacio aéreo griego, la negativa a asumir responsabilidad por el genocidio un siglo atrás de los armenios y otros cristianos, la guerra sin cuartel que está librando contra la minoría kurda y los abusos sistemáticos de los derechos humanos de sus enemigos internos, entre ellos centenares de periodistas.

Asimismo, Erdoganğan amenaza esporádicamente con abrir las puertas de su país para que salgan millones más de sirios, iraquíes y otros musulmanes a buscar asilo en un continente en que el repudio a su presencia está intensificándose día tras día, de ahí los brotes de “islamofobia”, además de azuzar a los casi tres millones de turcos que viven en Alemania y que por lo general no tienen ninguna intención de integrarse. ¿Por qué hacerlo si, como aseveran los propagandistas del régimen turco, dentro de algunos años toda Europa se verá dominada por el islam? Y en efecto, Erdoganğan mismo ha exhortado a los inmigrantes turcos a “tener cinco hijos” porque “son el futuro de Europa”.

Así las cosas, culpar sólo a Donald Trump por lo que está sucediendo, como hacen algunos, es un tanto miope. Puede que el impulsivo presidente norteamericano haya exagerado al tomar duras medidas económicas contra un país que a pesar de todo sigue siendo un presunto aliado del Occidente con el propósito declarado de obligar a Erdoganğan a liberar al pastor evangélico norteamericano Andrew Brunson, acusado, como han sido tantos turcos, de espionaje, golpismo y simpatía excesiva por los kurdos, pero la verdad es que Estados Unidos tiene motivos de sobra para querer distanciarse de un islamista que, para alarma de sus vecinos, no ha ocultado su deseo de restaurar los esplendores del extinto Imperio Otomano.
Si no fuera por el interés de la Fuerza Aérea de Estados Unidos en seguir haciendo uso de la base nuclear de Incirlik, los norteamericanos se hubieran resignado hace tiempo a que Turquía dejara de ser un país miembro de la OTAN. Con todo, parecería que últimamente han llegado a la conclusión de que no valdría la pena continuar tratando de congraciarse con un personaje que claramente no los quiere para nada, razón por la cual están buscando alternativas en otras partes del Mediterráneo oriental.

Como buen islamista, Erdogan nunca ha procurado ocultar el desprecio visceral que siente por los países occidentales y sus gobernantes, calificando de “nazis” o “cobardes”, según las circunstancias, a dirigentes tan innocuos como el primer ministro holandés Mark Rutte. Aunque ha fingido aspirar a que Turquía llegara a ser un miembro pleno de la Unión Europea, Erdogan siempre ha entendido que la posibilidad de que Chipre, Grecia y Austria lo permitieran era nula y que, si a veces los voceros de Alemania y Francia decían lo contrario, era porque confiaban en el veto de sus socios más chicos, ya que una mayoría abrumadora de los europeos se opone al ingreso de un país relativamente pobre con ochenta millones de habitantes, casi todos musulmanes.

Si bien muchos políticos europeos esperaban que Turquía continuara “modernizándose” en un esfuerzo por calificarse, casi todos daban por descontado que jamás lograría satisfacer las exigencias de los miembros actuales del club. Al asumir Erdoğan poderes autocráticos para purgar a las instituciones de su país, destituyendo a decenas de miles de funcionarios, docentes, periodistas y otros acusados de tener vínculos con el clérigo rival exiliado en Estados Unidos Fethullah Gülen, se las arregló para confirmar las peores sospechas de los escépticos.

Para los convencidos de que en el fondo el islam es compatible con la democracia, la evolución reciente de Turquía ha sido un balde de agua fría. Durante años, se negaban a entender que para personas como Erdogan la fe religiosa importaba mucho más que cualquier ideología meramente política; argüían que el islamismo que representaba tenía más en común con la nada clericalista democracia cristiana alemana que con el credo de los fanáticos iraníes o sauditas, lo que, por desgracia, resultó ser una ilusión. Luego de consolidar su poder, Erdoganğan dejó en claro que sentía mucha más solidaridad para con sus correligionarios que con los infieles, por democráticos que fueran, y que se ve como el gran restaurador de la Turquía islamista que ha resurgido con fuerza luego de haber quedado escondida por varias generaciones debajo de la superficie europeizada del país de Atatürk.