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Opinión / 30 de agosto de 2018

El cadáver de Franco o por qué las grietas no cierran jamás

La exhumación de los restos del ex dictador del Valle de los Caídos reaviva el eterno conflicto político de los españoles. Por qué siempre hay dos bandos y por qué son irreconciliables. El caso argentino.

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Imagen de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.

La pregunta por la exhumación de los restos de Franco y el destino del Valle de los Caídos ha sido inevitable en los encuentros entre el presidente de Gobierno español, Pedro Sánchez, y la prensa, esta semana, durante su gira latinoamericana.

Defensores del ex dictador preparan para la próxima semana un “rodea el Congreso”, mega manifestación destinada a impedir que el decreto del presidente que impone el traslado de los restos del Generalísimo, sea refrendado por el parlamento.

Algunos datos sobre el Valle de los Caídos para los que no saben de qué se trata. Es un inmenso (y grotesco) mausoleo, en las afueras de Madrid, muy cerca del palacio de El Escorial. En realidad, se trata de un templo religioso y este dato es importante, porque la iglesia también tiene voz y voto en este asunto. Fue construído entre 1940 y 1958 y está coronado por una gran cruz de 150 metros de altura.
La idea de Franco al crear el templo fue honrar a los caídos en la guerra civil española. Fundamentalmente a los de su bando, porque allí también está enterrado Primo de Rivera, fundador de la Falange.

Aunque al fin se decidió que republicanos y falangistas descansaran en el mismo lugar en lo que tal vez Franco imaginó como un gran gesto de reconciliación. Más de 33.000 cuerpos están enterrados en esta gran tumba. Es imposible exhumar alguno en particular porque están fundidos con la estructura del edificio. ¿El detalle? Presos políticos trabajaron en la construcción del Mausoleo.

A diferencia de Alemania o Italia que borraron los rastros del fascismo en sus ciudades, España aún conserva símbolos y edificios heredados del franquismo.

Debate. Muchos objetan el gesto de anacrónico de revivir una grieta del pasado, al exhumar a Franco, en lugar de enterrarla para siempre. Para ellos el monumento debería ser el testimonio de una historia que no se va a repetir, una pieza de museo, una reliquia curiosa, que incluso tendría un efecto aleccionador.
Lo que no tienen en cuenta los que opinan así, es que la gran grieta española ha vuelto a ocupar el centro de la escena, y que grietas como éstas no se cierran jamás. Viven enquistadas bajo la superficie, silenciosas y secretas, pero siempre dispuestas a revivir cuando el contexto histórico las convoca.

Y no sólo eso, las grietas se reinventan en nuevas grietas, que parecen cambiar los contenidos de los bandos, pero en el fondo, siempre son los mismos. Los argentinos lo sabemos muy bien.
En términos lingüísticos podríamos decir que cada posición a ambos lados del conflicto, arrastra una “cadena de significantes” ligada a valores fijos.

Del lado opuesto a Franco, se encolumnan términos como libertad, igualdad, pueblo, laicismo, estado presente y todos los valores que cada época le agregue a la cadena de símbolos.

No es a Franco a quien quieren poner o sacar los españoles sino a lo que el dictador representa. Un conjunto de ideas que siguen tan vivas como hace cien años y que vuelven a ponerse en juego con cada gobierno y en cada situación histórica.

Las grietas no cierran porque lo que representan en el mundo real le importa mucho a la gente de una cultura o un país determinado.
Los argentinos lo sabemos en carne propia y ahí están todas nuestras grietas siempre vivas, siempre ardientes.