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Mundo / 6 de septiembre de 2018

España se pone revisionista y barre la herencia de Franco

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La tumba del dictador Francisco Franco en el altar mayor de la Básilica del Valle de los Caídos.
La tumba del dictador Francisco Franco en el altar mayor de la Básilica del Valle de los Caídos.

Será la tercera muerte de Franco. La primera ocurrió aquella madrugada de noviembre del 75, cuando se detuvo el corazón del anciano dictador en una habitación del hospital La Paz. La segunda fue cuando el Borbón que había elegido como sucesor para mantener en pie su régimen, lo traicionó convirtiendo España en una democracia y legalizando a las fuerzas políticas que él demonizaba. Y la tercera muerte del “generalísimo” ocurrirá en los próximos meses, cuando finalice la vida simbólica que aún le quedaba: su tumba en el Valle de los Caídos.

España dará un paso histórico. Su democracia lleva cuatro décadas a la sombra del monumento que rinde culto a una dictadura. Cuando en 1940 ordenó la construcción del mausoleo que corona la sierra de Guadarrama, Francisco Franco justificó los costos de esa obra faraónica diciendo que sellaría la unidad de la nación que se había partido en la guerra civil, porque allí yacerían combatientes de ambos bandos enfrentados. Pero mentía.

En realidad, lo que había comenzado a construir era su propio monumento, de grandilocuencia acorde a su megalomanía y a su deseo de eternizarse y de prolongar su régimen autocrático. No sólo era falso que la obra, concluida en 1959, pretendiese reconciliar las dos Españas que se habían desangrado entre 1936 y 1939. Lo que pretendía “el caudillo” era todo lo contrario: perpetuar en la dimensión simbólica la derrota de los republicanos. El imponente mausoleo simbolizó el pie del triunfador sobre el cadáver del vencido.

Los combatientes republicanos que yacen en esa montaña, fueron exhumados de fosas comunes y enterrados allí sin consentimiento de sus familias. La construcción de la abadía, su gigantesca cruz y las tumbas, demandó casi 20 años y el trabajo forzado de miles de presos políticos. Al menos quince republicanos murieron allí, como mano de obra esclava.

Con la escusa de levantar un monumento a la “reconciliación de España”, Franco levantó su propio monumento. El homenaje arquitectónico a su victoria y a su larga dictadura. La sola existencia del Valle de los Caídos constituye un agravio a la democracia, porque el hombre al que rinde culto fue cruel en los campos de batalla y cruel en el ejercicio del poder.

Masacrar y torturar para sembrar terror fue el método que utilizó, primero, en la Guerra del Rif, y luego en la guerra civil. Siendo un joven oficial, hizo que las divisiones de la Legión Española que comandaba en Marruecos perpetraran atrocidades contra las tribus que se habían rebelado en las montañas del norte del país africano. Las mismas técnicas de terror utilizó cuando el gobierno de la República lo convocó, en 1934, para sofocar la insurrección obrera en Asturias. Y luego en los seis años de la guerra que inició en 1936 contra el Estado republicano.

Por cierto, la otra parte también cometió excesos y, de haber ganado, es posible que el sector apoyado por Stalin hubiera cambiado la república por el totalitarismo. Pero el que triunfó fue Franco. Fue él quien instaló un Estado fascista, lo alineó lo Hitler y Mussolini, sobreviviendo a las derrotas de Italia y Alemania gracias a su habilidad diplomática.

La dictadura de Francisco Franco no fue menos cruel que sus técnicas de guerra. Censura, fusilamientos y persecución ideológica. Esa crueldad está homenajeada en el Valle de los Caídos.

Levantar la lápida de 1500 kilos para sacar el sarcófago de Franco no completa el desagravio a la democracia que implica su mausoleo. Para muchos españoles, también habría que exhumar los restos de José Antonio Primo de Rivera, el ideólogo del falangismo, que es la versión española y ultra-católica del fascismo.

El gobierno encabezado por el PSOE considera que Primo de Rivera, quien había girado hacia la moderación y el diálogo en sus últimos meses de vida, al haber sido fusilado por republicanos al inicio de la Guerra Civil también debe ser considerado víctima de aquel conflicto.

Lo que sí habría que remover para que esa tumba colectiva sea verdaderamente un monumento que reconcilie a las dos Españas, es la abadía y la cruz de 150 metros, posiblemente la más alta del mundo. Además de cuestionar la monarquía, si algo unificó al arco político republicano, que abarcaba desde liberales hasta anarquistas y marxistas, era la secularidad en la concepción del Estado.

En ese país creado por dos reyes fundamentalistas que conquistaron el territorio con inquisición y “guerra santa”, el espíritu republicano contenía la convicción de que la iglesia debía separarse del Estado. En ese espíritu convivían católicos partidarios del laicismo político, con agnósticos y ateos. Mientras que la ideología falangista que los derrotó a sangre y fuego era una mezcla de corporativismo fascista y nacionalismo ultra-católico.

La dictadura de Franco impuso una constitución confesional, claramente diferenciada de las constituciones laicas y las eclécticas. La iglesia católica fue parte del Estado que imponía un moralismo censurador. Es por eso que, un monumento verdaderamente reconciliador, no debiera tener símbolos religiosos, y en particular católicos, como rasgo arquitectónico dominante. Esos símbolos representan sólo a uno de los bandos. Por lo tanto implican dominación, no reconciliación.

También habría sido mejor que a la decisión de sacar a Franco del Valle de los Caídos la hubiera acordado todo el arco político. Mariano Rajoy y el PP tuvieron la gran oportunidad de haber redimido ante la historia a la fuerza política que desciende del falangismo franquista a través de Manuel Fraga Iribarne. Perdieron la posibilidad de hacerlo en el 2017, regalándole a Pedro Sánchez la lapicera para inscribir su nombre en un capítulo histórico.

El actual jefe de Gobierno no llegó al cargo por el voto de la gente sino por el voto de censura a Rajoy. Se apoya en una minoría ínfima que le da muy poco margen de maniobra. Pero para realizar la exhumación que lo dejará en la historia, le alcanza con el apoyo parlamentario de la izquierda anti-sistema (Podemos), sumada al que le darán, sin dudarlo, los partidos catalanes y vascos, representantes de las dos comunidades que más padecieron el centralismo castellanizante de Franco.