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Política / 27 de octubre de 2018

Muñoz y Pochetti: el valijero y su viuda

La historia desconocida del secretario K que figura en los cuadernos. Por qué su esposa, hoy presa, lo obligó a renunciar. Peleas y fortuna.

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Foto: Néstor Grassi

La relación entre Daniel Muñoz y Carolina Pochetti fue, como todos los vínculos humanos, conflictiva. Ese amorío, que el 6 de diciembre del 2011 alcanzó su clímax con el casamiento, pasó por lo que pasan la mayoría de los matrimonios: un noviazgo adrenalínico a fines del 2007, muy al filo de la separación del secretario de Néstor Kirchner con su anterior mujer, una convivencia que se concretó luego de dos años y finalmente la ansiada boda.

Sin embargo, la mujer que hoy está detenida en el penal de Ezeiza por orden del juez Claudio Bonadio -luego de las revelaciones de los cuadernos de Oscar Centeno- compartió algo con Muñoz que está reservado a sólo unos pocos: viajes por todo el mundo, una casona de mil metros cuadrados en el barrio porteño de Saavedra, un domicilio en Mar del Plata, un coqueto chalet en Villa La Angostura, departamentos, terrenos y locales en Miami, sociedades financieras e inmobiliarias que aparecieron en los Panamá Papers, entre otros aspectos de una vida de lujos que llegó a amasar US$ 70 millones. Un crecimiento nada menor para Muñoz, un hombre que desembarcó en Capital Federal siguiendo a Néstor con un Volkswagen Gol modelo 1999 como único patrimonio.

(Lea también: Las mentiras de Bonadio en su “autodenuncia”)

A la par. Muñoz trabajó en el estudio jurídico de los K en Santa Cruz y luego fue secretario de Néstor como gobernador y Presidente. Kirchner le gastaba bromas pesadas pero le tenía confianza: según Centeno y Miriam Quiroga, fue su valijero.

La viuda. El 25 de mayo del 2016, cuando se cumplían exactamente 13 años del comienzo de la presidencia de su jefe, falleció Muñoz. El secretario, con 56 otoños en la espalda, murió luego de una dura batalla de más de un año contra un cáncer de estómago. Su esposa lo acompañó en ese periplo, en el cual recorrieron varios países de todo el mundo buscando una cura que nunca llegó. Para ese entonces, Muñoz cumplía siete años de haber renunciado a su cargo como secretario presidencial, aunque los que lo conocieron aseguran que nunca dejó de estar al lado de Néstor. Al día de hoy, Pochetti está segura de que Muñoz no renunció a su puesto porque CFK desconfiaba de él, sino por una clásica pelea marital.

“¡Daniel, nunca te veo, estás todo el día con Kirchner y no conmigo!”, fue la recriminación de Pochetti, que tuvo un ultimátum claro: o la política o su esposa. Los políticos que estuvieron en el gabinete de Néstor o de Cristina y que conocieron al “Gordo” prefieren otra versión: CFK desconfiaba de la estructura que heredó de su marido y quería poner a su propia gente. Esa distancia tenía su razón de ser. Según los cuadernos de Centeno, Muñoz era un hombre clave de la recaudación paralela de los K, el encargado de recibir las valijas con dólares que los funcionarios K recolectaban. No sólo Centeno lo relata: Miriam Quiroga, autodefinida amante de Néstor, aseguró que “Muñoz llevaba los bolsos a Olivos”, además de catalogarlo como “cínico, sobrador y con una relación de amor-odio con su jefe”, por las constantes bromas pesadas que recibía de parte de Kirchner, que muchas veces terminaban cerca de las trompadas.

Cuando enviudó, Pochetti había dejado hacía rato su trabajo como secretaria administrativa, cargo con el que había pasado por el Banco de la Provincia de Santa Cruz en los noventa, luego como asesora del bloque del PJ-FPV en la Legislatura de esa provincia, y, para el 2007 en Buenos Aires, en la casa de Santa Cruz. A pesar de que la muerte de su esposo es cercana, hoy, como aseguró ante Bonadio, dice estar enojada con él. “Me siento una pelotuda”, le dijo entre llantos al juez, que el martes 23 la mandó a detener, acusada de formar una asociación ilícita junto a Muñoz para lavar dinero. Pochetti permanece encerrada, con sus activos congelados, y sus dos hijos, de un matrimonio anterior, siendo cuidados por su madre.

Por ahora, mantiene la misma versión que le dijo al juez: que sospechaba del origen de los fondos de su marido, pero que cada vez que sacaba el tema él la cortaba diciendo que eran “cosas de la política”. Por Comodoro Py varios especulan con que unas semanas tras las rejas la van a convencer de convertirse en una nueva arrepentida de la causa de los cuadernos. En esos pasillos saben que la lealtad para con los muertos no dura para siempre.