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Música / 13 de febrero de 2019

El tango, siempre el tango

Después de una temporada en el Regina, Andrea Ghidone retomó su “Madame Tango” en el Lola Membrives los viernes y los sábados.

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Andrea Ghidone sostiene su “Madame Tango” en el arranque del año, con bailarines, cantantes y músicos, ahora en el Lola Membrives. Fiti; Maximiliano Bottoli/ Gentileza Tashi Producciones

* * * Pese a los que imaginan éxitos desbordantes en todas partes, el tango sigue peleando por su supervivencia. Debatiéndose entre los turistas, los festivales sostenidos por los dineros públicos, las cooperativas a puro pulmón, los bailarines de cada “milonga” aquí y en el mundo, los otros bailarines, los profesionales, que se las van rebuscando con espectáculos o clases, los cantantes que no logran romper moldes y repertorios viejos y los músicos que quieren apostar a la novedad pero que sólo encuentran públicos muy reducidos.

Salvo escasísimas excepciones y únicamente para quienes tienen bien armado el circuito internacional es muy complicado “vivir del tango”. Pero se da un fenómeno interesante: pese a esas dificultades y a la falta de novedad y sorpresa que es casi la marca más distintiva, siguen siendo muchos los que apuestan a armar proyectos en forma de shows, discos, conciertos o programas de radio o televisión, buscando apoyos de donde sea posible para poder llevarlos adelante.

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Mujer exitosa en otros terrenos más mediáticos, de figura deslumbrante y bailarina entrenada, Andrea Ghidone también eligió hace un tiempo al tango como “su” género. Y después de una temporada en el Regina, retomó su “Madame Tango” en el Lola Membrives los viernes y los sábados.

Estamos aquí frente a una propuesta de revista típica. El eje es, sin dudas, ella misma. Responsable del libro y la dirección, su papel en el escenario es el de maestra de ceremonias, recitante de textos propios, presentadora de algunos títulos y, fundamentalmente, bailarina. Su estilo tanguero, en ese sentido, está más ligado a la comedia musical que al género en su versión más tradicional, aunque es obvio que su nombre es el que convoca desde una marquesina en la que es difícil encontrar al resto del elenco. El lugar del tango más clásico queda en los pies de las dos parejas: en la de Ricardo Astrada-Nayhara Zeugtrager y, sobre todo, en la destacada participación de Leandro Gómez-Noche Samaniego.

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Hay un cuarteto de músicos en vivo que cumple muy bien su cometido (Pablo Valle en piano, Facundo Benavídez en contrabajo, Elizabeth Christine en violín y Leonel Gasso en bandoneón y canto) y tres cantantes, Esteban Riera, Alejandra Perlusky e Inés Cuello, de estilos diferentes y también muy profesionales. Por lo demás, el repertorio cae en la rutina de piezas archiconocidas como para que nadie se incomode ni se sorprenda: “Balada para un loco”, “La cumparsita”, “Quejas de bandoneón”, “Nada”, “Tiempos viejos”, “Balada para mi muerte”, “El día que me quieras”, “Libertango”, etc. Y apenas se rompe el molde con el bolero inicial, “Historia de un amor” –que curiosamente fue grabado originalmente como tango– y con “Rebeldía”, un tango poco escuchado de los años ’40 que interpreta Perlusky con gran solvencia y presencia escénica.