Menú
Política / 21 de abril de 2019

La grieta es una irresponsabilidad

La contradicción de exagerar nuestras diferencias cuanto más nos parecemos. Artrosis política y narcisismo colectivo. Cómo se sale.

Por

“Macri gato” y “Cristina chorra”. Dos Argentinas en permanente choque.

La semana pasada escribí una columna promoviendo propuestas políticas que trascendieran la grieta en la que dije: “No se puede gobernar sin ciertos acuerdos con la oposición y parte del problema económico de nuestro país es resultado de haber elegido, o por lo menos no desechado, la polarización como estrategia electoral”. El círculo vicioso se perfecciona si al preferir polemizar con el contrincante más distante para aumentar las posibilidades electorales de quien gobierna al mismo tiempo empeora la economía presente generando más posibilidades de que el contrincante más distante triunfe. Eso respecto del corto plazo pero, peor aún, a largo plazo, si un gobierno trata a la oposición como un colectivo de ladrones responsables de la decadencia del país de los últimos 70 años, difícilmente pueda al mismo tiempo consumar su plan de apelar a las inversiones como fuente del desarrollo porque, como la democracia es alternancia en el poder, más tarde o más temprando volverán a gobernar los ladrones e incompetentes y las inversiones perderán su valor desalentando a quienes quisieran hacerlas (ver: ‘Endorsement’: por qué promuevo la tercera vía ).

Pocos días después días tuve que dar un discurso en la embajada de Italia (ver evento en esta edición en página 106) que en la misma línea de pensamiento titulé “Grieta y narcisismo” recopilando textos sobre el tema que vengo escribiendo en las últimas semanas mezclados con agregados especiales para la ocasión y que sumados a nuevos agregados conforman esta nota de tapa.

Los Montoneros echados de la Plaza por Perón. Los militares que multiplicaron el terror. El debate por la cantidad de desaparecidos, una herencia de esa época trágica.

El atractivo de la repugnancia moral. Freud lo explicó a la perfección en “El tabú de la virginidad” y luego en “Psicología de las masas y el análisis del Yo”: “Nada fomenta tanto los sentimientos de extrañeza y hostilidad entre las personas como las diferencias menores. Me tienta abundar en esta idea, pues quizás de ese narcisismo de las diferencias menores podría proceder la hostilidad que en todas las relaciones humanas lucha contra los sentimientos fraternales. En los grupos íntimos: amistad, matrimonio, relaciones de los padres con los hijos, la desconfianza y los sentimientos hostiles compiten con los afectos”.

En el libro “El honor del guerrero”, Michael Ignatieff escribió sobre la relación paradójica entre agresión y narcisismo: “La expresión de las diferencias se hace agresiva precisamente para disimular que son menores. Cuanto menos esenciales resultan las diferencias entre dos grupos, más se empeñan ambos en presentarlas como un hecho absoluto”. Y “la agresión que mantiene la unidad del grupo no se dirige únicamente hacia afuera sino también hacia adentro con el objeto de eliminar todo aquello que separe del grupo al individuo”.

El cajón quemado de Herminio Iglesias en las elecciones de 1983. La frialdad entre Alfonsín y Menem antes del traspaso de mando adelantado.

Ignatieff trató de comprender cómo en la Guerra de los Balcanes se mataban vecinos que habían convivido casa por medio toda su vida durante la separación de Yugoslavia, o las masacres intertribales en Ruanda y Burundi, o las guerras civiles de la tardía Guerra Fría entre hermanos en Angola y Afganistán. “Los pueblos cercanos –escribió– son los rivales que más se envidian; no existe un pequeño cantón que no mire a su vecino con desconfianza. Los alemanes del Sur no soportan a los del Norte, los ingleses achacan todos los defectos a los escoceses, y los españoles desprecian a los portugueses. Cuanto menores parecen las diferencias al observador externo, mayor puede resultar su importancia para la definición de los que están adentro”.

Como bien lo explicaba Freud, el carácter antagónico se vincula con el narcisismo. Él entendió la enorme dosis de ansiedad que acompaña al proceso de diferenciación y la sobreactuación de diferencias menores para reforzar la identidad. Por miedo a que se fragilice esa identidad al percibir que realmente las diferencias no son mayores que las características que se comparten. La sobrevaloración de lo propio y la subvaluación de lo ajeno es un mecanismo de defensa ante una falsa integridad del Yo que depende de la intolerancia para seguir existiendo.

Para Freud el nacionalismo, y dentro de una nación el sectarismo u orgullo de grupo, es la dimensión ególatra de su proyección narcisista que solo contempla al otro para confirmar su diferencia. Los nudos gordianos precisan soluciones fuera de sus propias disyuntivas. Una muestra es Argentina. Peronistas y antiperonistas, kirchneristas y antikirchneristas, militares y guerrilleros en el fondo tienen parecidos que precisan ser enterrados para construir una identidad que si se pudiera reformular sobre otras bases permitiría ver que lo que horroriza del otro es nuestro propio parecido con él y que nos detiene en otra de las tantas estafas categoriales de que se vale el discurso manipulador para agrandar lo pequeño y empequeñecer lo grande.

El divorcio de la Alianza que terminó en helicóptero. El kirchnerista D’Elía, a las trompadas contra los caceroleros en Plaza de Mayo.

Un ejemplo de esa contradicción en la Argentina lo tuvimos en el ciclo menemista con los ex montoneros convertidos en empresarios que de ser guerrilleros pasaron a vender servicios de seguridad. O Patricia Bullrich, al frente del Ministerio de Seguridad, que fue montonera en su juventud. Entre los más duros en la represión democrática se encuentran a los que la combatieron con las armas, lo que la sabiduría popular explica como la furia del converso.

Nada nuevo bajo el sol; ya la Biblia en el Génesis da cuenta de la transformación de hermanos en enemigos porque la historia de la humanidad comienza con el asesinato de un hermano y no de un desconocido. Luego Dios castiga al asesino Caín desterrándolo del Edén y en el mundo real; él y sus descendientes construirán los pueblos y las naciones que al tener su origen fundante en un asesino tedrán que esforzarse para superar la espiral de la lógica revanchista: si Caín será vengado siete veces, Lamec lo será setenta veces siete.

Artrosis política y el dólar como síntoma de la grieta. La verdad es mediación y reconciliación. Estar en orden es armonizar. No hay economía en orden sin armonizar. La relación entre los verbos latinos spectare y respectare, uno refiriéndose al espectáculo y otro al respeto, refleja la diferencia de una sociedad orientada al escándalo respecto de otra orientada al debate público racional. El costo del entretenimiento lo paga la economía. Una sociedad del escándalo también lo es de la ira, que impide cualquier diálogo entre los recíprocamente indignados. Ese estado afectivo no engendra futuro ni acción porque es una doble negatividad que se anula mutuamente. Toda la energía se consume en una “tormenta de excrementos” lanzada sobre el otro.

Esa crisis del espíritu impide la creación de algún “nosotros” incluyente de la mayoría de la sociedad. Si un verbo define la historia, este es “actuar”. Para Hannah Arendt, actuar consistía en poner un principio, un nuevo comienzo, hacer algo diferente. En Argentina, desde principio de los años setenta del siglo XX, las estadísticas económicas (y no el uso político de la historia) muestran que comenzó nuestra decadencia, y el país probó políticas de derecha e izquierda, democráticas y autoritarias, pero siempre compartiendo el mismo invariable: la confrontación, la polarización con sus distintas expresiones de grieta.

Nuestra artrosis política consiste en seguir haciendo lo mismo cambiando caras y temas. Modificando los significantes pero manteniendo los significados. Nuestro problema es de inteligencia emocional. La grieta es producto del narcisismo, de la necesidad de construir una identidad remarcando las diferencias. Del miedo a fusionarse con el otro y diluirse, como los adolescentes que, con su yo aún frágil, sobreactúan los comportamientos de la tribu a la que desean pertenecer obteniendo un placer autoerótico. Un nosotros sesgado y parcial propio del miedo y la falta de seguridad.
La depresión es un narcisismo negativo. En su vacío hace que la información momentánea penetre como presente eterno: si el dólar sube, subirá mañana y pasado mañana. Así, la información es pura percepción del instante.

egún desde donde se mire, el fiscal se suicidó o fue asesinado. Y el artesano se ahogó o lo mataron los gendarmes.

“Desastre” significa etimológicamente sin estrellas, “sin astros”. En “Crítica de la razón práctica”, Kant volvió a escribir, bellamente: “Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto siempre nuevos y crecientes cuanto más reiterada y persistentemente se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado que está sobre mí y la ley moral (la razón) que hay en mí”. Debemos prescribirnos más reflexión y darnos cuenta de que con la grieta nos autoinfligimos el castigo que deseamos al otro. Y que armonizar es estar en orden y que no hay orden económico posible sin armonizar.

La idea de totalidad de Hegel no se constituye en un accionar de partes individuales que someten la pluralidad sino, él decía, como un “equilibrio en reposo de todas las partes (…) el uno que, en sí, conserva vinculadas las partes en su libertad”. La verdad para Hegel es reconciliación y mediación: “Las partes y las oposiciones particulares –agregó– no perseveran unas contra otras en una autonomía y firmeza reales, sino que ya solo tienen vigencia como momentos ideales reconciliados en una consonancia libre”. El período presidencial actual no tuvo, como se dijo, éxito en política y fracasó en economía: la grieta es su fracaso político, y la economía su metástasis.

El malestar en la cultura. Nuevamente apelo a Michael Ignatieff, profesor de Oxford y Harvard además de director de la Central European University: “Estuve leyendo ‘Doktor Faustus’, de Thomas Mann, que describe la pérdida de autoridad de la cultura, los ataques al conocimiento, el amor a los extremos, el entusiasmo por las respuestas fáciles, el esteticismo de lo fuerte y de lo firme, la radicalización de opiniones de la izquierda y de la derecha. Debemos releer los grandes libros de 1920 y 1930 y pensar en lo que nos cuentan”.

Freud escribió “El malestar en la cultura” en 1930, cuando el mundo estaba incubando totalitarismos y violencia. Probablemente tenga razón Michael Ignatieff y sea oportuno leer textos producidos en aquellos años en que el malestar se convirtió en agresiva acción política. Puede ser muy útil extraer enseñanzas del pasado aplicables a este presente, en el que se vuelve a producir una tendencia a elegir líderes autoritarios y las sociedades aceptan restringir las seguridades jurídicas a cambio de obtener seguridades económicas, como respuesta a alguna forma de paralelismo entre la crisis económica mundial de 1930 y la actual, menos dramática pero igualmente significativa por lo sostenida y la caída del nivel de vida de las clases medias de los países más desarrollados de Occidente.

“678”, el panfleto televisivo K que marcó una época. Lanata, erigido en fiscal de la corrupción kirchnerista.

El narcisismo colectivo. El triunfo de propuestas polarizantes en el hemisferio norte se explica por el “narcisismo colectivo”. El diario The Washington Post escribió: “El narcisismo colectivo se parece mucho al individual ya que implica una dependencia emocional de la admiración de los demás. La diferencia es que los narcisistas colectivos buscan privilegios y reconocimiento para los grupos a lo que pertenecen. Ellos monitorean constantemente su entorno para la validación y son hipersensibles a las amenazas de la imagen del grupo. La reacción ante la amenaza de la imagen del grupo es la agresión. Cuando, desde su punto de vista, el grupo es criticado o insuficientemente reconocido, los narcisistas colectivos atacan y se regocijan con las desgracias del grupo adversario”.

“La emocionalidad negativa del narcisismo colectivo está asociada con un narcisismo individual vulnerable que indica un bajo bienestar psicológico: falta de satisfacción con la vida y la incapacidad de experimentar emociones auto-trascendentes como gratitud, apreciar aspectos positivos de la experiencia, sentirse agradecido por algo o por alguien, o con la compasión de simpatizar con el sufrimiento de los demás”. Por el contrario, “las identificaciones sociales positivas brindan recursos psicológicos que apoyan el bienestar individual, la autodefinición clara, la mayor autoestima, el sentido de sentido y dirección y el sentido de verdadera conexión social”.

Reconocer que existe un aumento de la polarización en la política en el siglo XXI es objetivo, pero vale aclarar que, como yo he hecho aquí, es interpretativo atribuir su psicogenésis al narcisismo de las pequeñas diferencias y la construcción patológica de la identidad en el proceso de individuación. Pero algo hay que hacer.

Epílogo. Después de escribir sobre estos temas recibí un mail de uno de mis compañeros de la Academia Nacional de Periodismo diciéndome: “Celebro las enormes coincidencias. Y acompaño la celebración con una pregunta angustiante: ¿podremos, podrán las elites y la sociedad verlo? Creo que necesitamos alcanzar un grado mayor de comprensión. La angustia se origina en el más puro realismo: la sensación de estar frente a un insondable precipicio, ante cuyo peligro la grieta es una irresponsabilidad”.

Así es, la polarización, lo que en Argentina llamamos grieta, es –sobre todo– una gran irresponsabilidad.

Como bien explicó Barac Obama: “Si tienen que ganar una campaña dividiendo a la gente, no podrán gobernarlos. No podrán unirlos más tarde”.

* CEO de Perfil Network y fundador de NOTICIAS.