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Cultura / 24 de mayo de 2019

Carlos Alonso o el arte de la memoria

El maestro llega a un renovado Museo Nacional de Bellas Artes con lo mejor de su trayectoria. Bonus track: nuevas salas y colecciones.

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El artista. Espléndido y reflexivo, Carlos Alonso es retratado a los casi 90 años por el fotógrafo Kenny Lemes. Aquí se lo ve en íntimo contacto con sus pasteles y pinturas. Fotos: Pablo Messil, Kenny Lemes y cortesía MNBA.

Hasta hace poco, los andamios en el frente del Museo Nacional de Bellas Artes sobre Avenida del Libertador anunciaban que la institución estaba en arreglos. Bienvenidos los cambios y novedades, que ya están a la vista. Además de la puesta en valor de su fachada, fue reajustada la circulación del hall de ingreso al Museo, para contribuir a organizar un recorrido cronológico del arte argentino. Con la inauguración de nuevas salas de arte Prehispánico y Colonial en planta baja, ahora se amplía la visión y comprensión -para propios y ajenos- de la identidad nacional y latinoamericana; el Museo es el más visitado de Buenos Aires, también por muchos extranjeros. Asimismo, se abrió una tienda con objetos y libros de arte, se lanzó el nuevo sitio web institucional y el catálogo digitalizado y en línea de la Biblioteca del Museo.

Distintas y complementarias, tres muestras temporarias: “Carlos Alonso. Pintura y memoria”, “Diana Dowek. Paisajes insumisos” y “Ninfas, serpientes, constelaciones. La teoría artística de Aby Warburg”, realizada junto con Biblioteca Nacional, como parte del Simposio Internacional Warburg 2019 -creador del “Atlas Mnemosyne”- y con obras de Colecciones de museos locales, completan la oferta de estos meses junto a la Colección permanente.

Carlos Alonso
Período turbulento reflejado en “La censura”, 1969 (arriba).

Homenaje a Carlos Alonso. En el Pabellón de exposiciones temporarias se lucen más de 60 obras del notable y exuberante artista argentino nacido en Tunuyán en 1929. En “Pintura y memoria”, la curaduría de María Florencia Galesio y Pablo De Monte, del equipo de investigación del Museo, ofrece un recorte de la vasta producción del artista alrededor de dos ejes: “Pintura y tradición” y “Realidad y memoria”. Son pinturas, collages e instalación creados entre 1963 y 1989. “Historia, memoria y realidad encuentran en la obra de Alonso una síntesis y una mirada crítica, potenciada por una imagen de gran expresividad”, señalan los curadores

Premiado y versátil, el talentoso Alonso es autor de una obra de tono expresionista que frecuentemente se encuentra próxima al comentario social, al arte político, pero que también se apasiona y goza entablando seductores encuentros con la literatura. Por sus cualidades de dibujante, el pintor y grabador fue elegido -a lo largo de los años- para ilustrar textos de Dante Alighieri, Esteban Echeverría, Pablo Neruda, José Hernández, Guy de Maupassant y el “Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes Saavedra (por concurso internacional), entre otros clásicos de la literatura.

Los genes. Homenajes a los maestros Spilimbergo en L.E.S (imagen)., a De la Cárcova y a Van Gogh

“Pintura y tradición” comprende los collages de la serie “Blanco y Negro”, en la que retrata a una infancia difícil, a desamparados y perseguidos, y la celebración de artistas que lo antecedieron. Hay varias obras dedicadas a su maestro Lino E. Spilimbergo, como L.E.S., 1963. Otras festejan a grandes creadores de la historia del arte universal como Vincent Van Gogh y Gustav Coubert; varias de estas pinturas se vieron el año pasado en su muestra “Vida de pintor” en Colección Amalita (Fortabat).

La cita a la famosa pintura de Rembrandt van Rijn, “La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp” (1632), viene a cuento porque además de ser una magnífica pintura, la obra se asemeja de manera asombrosa a la foto tomada del cadáver del Che Guevara en La Higuera en 1967, por Freddy Alborta. En varias de las pinturas aquí exhibidas, Alonso desarrolla un dramático diálogo entre ambas imágenes. En este núcleo incluso presenta su versión de “Sin pan y sin trabajo”, 1966, basada en la emblemática y potente obra de 1892-1893 de Ernesto de la Cárcova. Como es posible percibir, inclusive en las pinturas de entrañable conversación con admirados precursores y sus obras “aún llenas de savia, de vitalidad y de potencia”, Alonso es un artista crítico comprometido con su tiempo.

Alonso se pregunta por qué “apoyarse en obras del pasado”. Y se responde, quizá es “para sentir que uno es parte de una cadena, que viene de atrás y que uno aspira que siga adelante”. Ese encadenamiento seguirá adelante también con Alonso porque, como apunta el director del MNBA, Gastón Duprat, “no puede pensarse la historia del último medio siglo de la Argentina sin la obra de Carlos Alonso. (…) El arte acoge la historia y nos la ofrece de diversos modos; como telón de fondo, bajo la forma de una vaga alusión, ocupando la escena en forma plena. Se trata de un doble movimiento: mientras sucede la historia en el arte, también sucede la historia del arte”.

Represión. La reconstrucción de la instalación “Manos anónimas”, originalmente creada en 1976 para una exposición en el Bellas Artes que nunca pudo ser exhibida debido al golpe de Estado, ilustra de manera impecable las palabras de Duprat. Esta pieza, que Alonso donó al Museo, ocupa un lugar central en la exhibición. Fue creada a partir de un único registro fotográfico de la instalación original. La desgarradora composición no tiene nada de metafórico ni le ahorra nada al espectador. Cualquier persona con la suficiente edad como para recordar el accionar de la banda para oficial Triple A y el terrorismo de Estado en los terribles años ’70, no puede sino estremecerse ante la imagen del uniformado, de los miembros arrancados, la carne colgada, el muerto en el piso; todos habrán de conmoverse.

En el núcleo “Realidad y memoria”, Alonso capta la desprolijidad de la vida, el horror, soledad y violencia. Se ocupa de la deshumanización de la sociedad y de la brutalidad represiva. En su obra dialogan con fuerza la sensibilidad y la tragedia colectiva. A la manera de George Grosz, se ocupa de poderosos y siniestros personajes del siglo XX y de sus sirvientes, como en “Carne de primera N° 1”, 1972.

A lo largo de los años, el amor y el erotismo, la poesía y el paisaje (a veces “insumiso” como el de Diana Dowek), como el de Córdoba donde reside, forman parte de esta generosa y potente exposición.