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Sociedad / 15 de julio de 2019

Secretos de un oficio de riesgo: ser maquinista de tren

Sebastián González conduce el Belgrano norte y hace poco frenó a tiempo para no atropellar a una nena de un año. Pero no todas las historias terminan bien. Las secuelas psicológicas de los accidentes fatales.

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Una formación del tren Belgrano norte se dirigía hacia Retiro con tres minutos de demora. Partió desde la estación de Tortuguitas acelerando a fondo para recuperar el atraso, pero a unos metros se sintió algo distinto. En la zona hay asentamientos a la vera de la vía y suele encontrarse restos de basura. Eso parecía ser una bolsa más que interrumpía el paso del tren. Pero Sebastián González, conductor de la formación, dudó y aplicó los frenos de emergencia. Una mole de 250 toneladas se quejaba a gritos por la fricción de los metales. Faltaban 200 metros y sonaba la bocina una y otra vez. Una nena de un año y medio jugaba sin alterarse de espaldas al tren, en cuclillas, descansa, en pañales y con una remerita blanca. “Ese día me cagué todo”, sentenció Sebastián.

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Sebastián González: Si, en 2009 embestí a una nena de nueve años y a unas pocas semanas a un compañero de trabajo en la zona del aeroparque. En ese sector el tren alcanza su máxima velocidad de unos ochenta kilómetros por hora.

Sebastián tiene 37 años, es padre de dos hijas, y está casado con Carina, ella es policía y se conocieron en una comunidad scout, donde aún continúan asistiendo cada sábado. La jornada laboral comienza cuando se toma el tren a las tres y media de la madrugada para conducir su primer viaje a las cuatro. Defendió la postura de llegar a tiempo con sus trenes y recordó que:“no hace mucho tiempo tuve que atar con mi camisa una pérdida de agua y la gente ni se enteró”.

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El lugar de trabajo es una cabina de uno cincuenta por tres metros. En el centro del habitáculo hay una caja que contiene las válvulas neumáticas y al frente los comandos. Se trata de un panel con relojes indicadores, y las palancas de aceleración de ocho posiciones, la de dirección y las de frenado combinado e independiente. Debajo de un tablero de luces se encuentra un pedal que actúa como dispositivo de “hombre vivo”, explicó Sebastián. “Ahora no alcanza con mantenerlo presionado, sino que debemos tocar la bocina o mover controles cada once segundos, caso contrario se aplican los frenos de emergencia”, dice.

Luego de protagonizar un accidente, los conductores y ayudantes son relevados en sus funciones. Reciben asistencia psicológica y en caso de ser necesario recurren a una atención psiquiátrica. Pero, “no todos los eventos repercuten igual”, indicó Sebastián y agregó que: “Si estás transcurriendo un excelente momento de tu vida lo sobrellevás mejor. Cuando subimos a la máquina tratamos de dejar los problemas abajo, sino es imposible conducir”.

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El acompañamiento es completo y no conducen un tren hasta recibir el alta médica. Eso puede demorar varias semanas y luego de reincorporase, los conductores y ayudantes vuelven a ser entrevistados para seguir su evolución. Les hacen preguntas sobre el episodio y les piden hacer dibujos para analizarlos.

Sebastián conduce trenes hace quince años y resaltó que un descuido de “un segundo”, puede provocar un accidente fatal o con graves consecuencias. Además comentó: “No estamos preparados para enfrentar una situación tan extrema y para la ley de ferrocarriles no se trata de un accidente de trabajo”.

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González: Lo primero que hago es ver a mi ayudante que suele ser jovencito para contenerlo. Las pulsaciones se van a mil, te ponés como loco esperando que la formación frene y no podés hacer mas nada.

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Sebastián contó que acuden como testigos a los juicios, salvo que algún abogado “pillo” los demande civilmente. En todos los casos reciben el patrocinio legal puesto por la Empresa y también los delegados gremiales los acompañan.

Luego de un accidente “la historia dura muchos años”, reflexionó Sebastián. “En un juicio tuve que gritarle al abogado de una víctima si pensaba que ese día me había despertado con ganas de matar“, concluyó.