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Mundo / 6 de septiembre de 2019

Bolsonaro y Trump: entre fuego y hielo

El nexo entre la actitud neroniana del mandatario brasileño ante los incendios amazónicos y la ira del estadounidense con Dinamarca por Groenlandia.

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El Amazonas en llamas y la helada Groenlandia comparten, de manera extraña pero reveladora, el centro de la atención mundial. A simple vista, el incendio que devora bosques amazónicos y la crisis política entre Washington y Copenhague parecieran no tener nada en común, ser cuestiones tan distantes como el hielo y el fuego.

Sin embargo, hay un nexo que asoma en las posiciones asumidas por Donald Trump y Jair Bolsonaro: ambos expresaron una idea de propiedad territorial que traspone lo razonable para incursionar en el terreno del chantaje.

Como si la OTAN fuera un feudo, Estados Unidos el señor feudal y los demás miembros los siervos de la gleba que deben pagar por la protección recibida, Trump se enfurece por la negativa danesa a venderle Groenlandia. Paralelamente, Bolsonaro considera una injerencia colonialista que Europa le exija hacer lo que no hace: proteger debidamente el bosque amazónico.

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Por cierto, los incendios levantaron, además de las nubes que incrementarán el calentamiento global, olas de hipocresía en todo el mundo. En Sudamérica, principal intoxicada por el humo que surge de las llamas, la mayoría de los medios tardaron larguísimos días para prestar atención a la tragedia ambiental amazónica, en contraste con las largas horas de transmisión que, desde el primer instante, habían realizado del incendio de Notre Dame.

También hay una responsabilidad de esas potencias que le exigen a Brasil detener la deforestación de las selvas que constituyen el pulmón del planeta, pero jamás atendieron debidamente los reclamos que, desde el inicio de su actual democracia, Brasil hace para que el mundo compense las ganancias que resigna si no amplía las áreas cultivables.

Bolsonaro reacciona como si los incendios fuesen un asunto interno. En rigor, lo son, pero también se trata de un asunto del mundo, porque un tumor en el pulmón del planeta enferma al globo terráqueo.

Más allá de que debiera existir una tasa mundial para apoyar a los países de los que depende que no aumente aún más el efecto invernadero, el Amazonas no es sólo una cuestión interna de Brasil. Y más allá de la hipocresía de los medios que mostraron más interés por el fuego que devoró la catedral parisina que por la hoguera que devora el hábitat humano, las reacciones de Bolsonaro lo muestran como un peligro para el mundo.

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Cuando las potencias europeas dimensionaron la tragedia ecológica que sucede en Brasil, el capitán ultraderechista acusó a las ONG ambientalistas que lo acusaban a él. Según Bolsonaro, ellas iniciaron el fuego para culparlo, porque les quitó las subvenciones que recibían.

No presentó pruebas de su coartada. En rigor, haber cortado la subvención a las ONG que se encargaban, precisamente, de relevar la situación y de impulsar medidas para preservar la selva amazónica, fue uno de los tantos actos que Bolsonaro hizo para facilitar la deforestación que beneficia a los hacendados que están convirtiendo bosques en tierras para la producción agropecuaria.

Hubo otros pasos en la misma dirección. Por caso, haber despedido al director del instituto que monitorea el Amazonas, tras la publicación de un informe que describe una declinación dramática de los bosques. Y si aún eso dejara dudas de que el rol jugado por Bolsonaro está marcado por la irresponsabilidad, lo confirma su inacción. Esa pasmosa falta de reacción mientras los focos de incendio se multiplicaban, prueba o bien una monumental ineptitud como gobernante, o bien una oscura complicidad con los beneficiados por la tragedia ecológica.

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En cambio, sobre la insólita crisis desatada por Trump con Dinamarca, puede haber varias hipótesis. Partiendo de que el presidente norteamericano amasó su fortuna con el negocio inmobiliario, es posible suponer, al menos como teoría conspirativa, que su interés por Groenlandia tiene que ver con el deshielo de glaciares que está dejando inmensos depósitos de arena que sirve para la construcción. No obstante, la historia muestra que el deseo norteamericano de poseer Groenlandia tiene casi dos siglos.

De hecho, cuando el presidente Andrew Johnson le compró Alaska al zar Alejandro II, su secretario de Estado y artífice del acuerdo con Rusia, William Seward, también sondeó al Reino de Dinamarca sobre Groenlandia. Y al concluir la Segunda Guerra Mundial, Harry Truman intentó lo mismo, ofertando a Copenhague cien millones de dólares.

Si la primer ministra danesa Mtte Frederiksen hubiera tenido en cuenta estas ofertas que prueban el viejo interés norteamericano, quizá no habría calificado de “absurda” la iniciativa de Trump. Pero también Trump debió tener en cuenta la historia, antes de considerar “repugnante” la reacción de la gobernante.

En el siglo X, Groenlandia fue descubierta y extrañamente bautizada “tierra verde” (eso significa Groenlandia) por el vikingo Eric (El Rojo) Thordvalsson. En el siglo XI fue evangelizada también por escandinavos y, antes de concluir la Baja Edad Media, ya era parte del Reino de Noruega, que pasaría largos siglos asociado a la corona danesa.

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Un milenio de soberanía escandinava debe ser respetado por quien pretenda negociar una adquisición. Lo hicieron Seward, Johnson y Truman. En cambio Trump reaccionó con furia, como si Dinamarca estuviera obligada a entregarle ese territorio.

La razón de su ira se asoma en la concepción que tiene de la relación de Washington con los otros miembros de la OTAN, entre ellos Dinamarca. En su visión, más que socios en la misión exitosa de contener al bloque comunista durante la Guerra Fría y, posteriormente, a cualquier enemigo de las democracias desarrolladas, son deudores de la “protección” que les brinda Estados Unidos. Por lo tanto, deben ser dóciles a Washington.
En esa visión, la OTAN es el feudo donde los otros miembros son una versión a escala estatal de siervos de la gleba. Y para Bolsonaro, el feudo es el territorio brasileño, al que quiere retirar de una responsabilidad global ineludible por estar ligada a la supervivencia del hábitat planetario.

Uno va por el hielo mientras el otro juega en el infierno.