Domingo 10 de diciembre, 2023

COSTUMBRES | 07-02-2023 07:33

Testimonio: cómo escapamos de Machu Picchu

La crónica de un periodista que tuvo que salir a pie junto a su familia del monumento histórico más famoso de Perú.

Sobre el puente, los ocho elongamos los músculos de las piernas. Son las cuatro y media de la madrugada del viernes de 20 enero y casi todo está oscuro en Aguas Calientes, el pueblo más cercano a Machu Picchu, Perú. “Apoyamos la punta de un pie y giramos de izquierda a derecha”, dice en inglés la mujer más joven del grupo sobre el rumor del río más abajo. Todos obedecemos y después rotamos las rodillas y las caderas según las instrucciones. Cuando los ejercicios terminan, alguien dice vamos.

En la noche fresca salimos por la vereda a la derecha de la vía del tren, llevando mochilas y bolsas de supermercado. Después de dormir tres horas, madrugamos para salir con rumbo a un lugar que no sé bien cuál es, del que dicen está al menos a seis horas a pie. Somos cuatro argentinos, mi esposa Verónica y mis hijos Fátima –nuestra improvisada preparadora física– y Valentín; dos californianos, Christina e Ian; y los colombianos Alix y Felipe. La tarde anterior, a mi inútil enojo por el cierre de la estación del Inca Rail le siguieron llantos de impotencia de Fátima y Verónica. Que de alguna manera nos empujaron a plegarnos al plan del estadounidense: caminar por las vías del tren hasta llegar a un pueblo con carretera donde nos pueda rescatar un taxista de Cusco. “Una mujer de aquí me dijo que ella una vez caminó hasta el otro pueblo con un bebé en brazos”, nos había contado Ian. Me pareció una historia poco verosímil, pero la perspectiva de quedarnos en Aguas Calientes hasta que el tren pudiera volver a funcionar era mucho peor.

En Perú, tras más de un mes de protestas y huelgas contra el gobierno de la presidenta Dina Boluarte que habían dejado unos 50 muertos y cientos de heridos, la situación daba pocas esperanzas de volver a la normalidad. Hasta el 19 de enero, la suerte hizo que esquiváramos cortes de rutas y el cierre del aeropuerto de Cusco. Pero ese día, luego de una mañana de admirar Machu Picchu, el paro empezó a afectarnos en carne propia.

 No hay rutas cerca de Aguas Calientes y el tren es el único vehículo para viajar los 60 kilómetros que lo separan de Ollantaytambo, de donde habíamos partido el jueves para visitar las ruinas incas. Pero el servicio estaba suspendido desde la tarde anterior porque los manifestantes habían bloqueado las vías. Después supimos que más de 400 turistas nos quedamos varados ese viernes en Aguas Calientes. Lo que en tren implica un recorrido de una hora cuarenta, se convirtió para nosotros una incógnita.

Durante las primeras cuadras el alumbrado público nos dejaba ver por dónde caminábamos en silencio y en fila india. Más adelante, la oscuridad se profundizó y las veredas se terminaron. Debimos marchar entre los dos rieles, sobre el lecho movedizo de piedra partida sobre el que se apoyan los durmientes. Alix, que iba delante de mí, alumbró el camino con la luz de su celular durante muchas cuadras. Nunca es más oscura la noche que poco antes del amanecer.

A medida que clareaba veíamos que circulábamos rodeados de cerros verdes, con el río Vilcanota a un costado. El primer mojón de hierro que vimos marcaba el kilómetro 108. ¿Cuántos faltaban? ¿Y cuánto nos iba a costar alcanzar el pueblo de la salvación? Ya me había resbalado varias veces sobre las piedras de la vía, y el miedo a sufrir un esquince de tobillo que me impidiera caminar me rondó el cerebro todo el camino. Tardé varios kilómetros en conseguir una rama que me sirviera de bastón. Algo ayudó.

A casi dos horas de comenzar, alguien del grupo sugirió parar a descansar. Nos sentamos sobre los rieles a tomar agua y comer alguna galletita, una banana. Había que 3 hacer durar nuestras magras provisiones lo más posible, porque no sabíamos cuándo volveríamos a hacer una comida decente. Para mantener el espíritu, hacíamos chistes que poco disimulaban que estábamos en el medio de la nada. Solo cerros y el rumor del río nos rodeaban.

Vías de Cusco

Recorrimos interminables metros y metros de piedra y riel mientras la bruma se retiraba lenta. Cruzamos un túnel cavado en la roca, con “1928”, el año de su inauguración, tallado en el dintel. Adentro se veía muy poco, y había que ser el doble de precavido para evitar una caída sobre las piedras engrasadas de entre los durmientes.

Caminamos hasta que una bocina nos sobresaltó. Desde atrás de una curva algo venía hacia nosotros. Nos apartamos de la vía: sobre los rieles corría una moto unida a una improvisada plataforma de madera, tripulada por tres hombres con las caras cubiertas con barbijos. Nuestras señas fueron inútiles: nos dejaron atrás sin hacer un gesto. Tuvimos otros encuentros sobre la vía. A varios hombres que caminaban en sentido contrario les preguntamos a qué distancia se encontraba un pueblo. “Son tres o cuatro horas”, decían. “¿Nunca baja de tres horas?”, nos preguntábamos entre nosotros los caminantes, incrédulos. Sobre la vía del tren que nos alejaba de Machu Picchu, los metros pasaban de uno a la vez, sin el mínimo apuro.

La moto-zorra volvió a pasar en sentido a Ollantaytambo, y luego la vimos yendo hacia Aguas Calientes. Siempre con sus pasajeros mudos como si no nos vieran.

 Después atravesamos otros dos túneles. Más tarde, ya con el sol de verano a pleno, el senderito al costado de la vía se alejó hasta que perdimos de vista los rieles. Pasamos a través de los terrenos de dos casas y pudimos volver a encontrar la vía gracias a un lugareño que nos dijo que teníamos que pasar una tranquera y trepar un murito de piedra.

Más lejos, al costado de la vía, una mujer bajo un toldito vendía agua y gaseosa frías.Pedía cuatro soles por botella de medio litro. El doble que en la despensa de Ollantaytambo.

Todavía más adelante, al borde de un caserío, tres mujeres ofrecían bebidas y golosinas y varios del grupo aprovechamos la parada para hacer pis.

Muy de a poco, el número escrito en los mojones al costado de la vía se reducía: 102, 96, 91. Alguien del grupo había dicho que la estación del kilómetro 82 era el lugar para detenernos a esperar que nos rescaten. Ochenta y dos: nunca deseé tanto un número.

Kilómetros 89; 85; 84. Por Dios, quiero llegar. 83. ¡Kilómetro 82!

Son la una y media de la tarde. Pasaron ocho horas y media, y 26 kilómetros de vías rocosas desde Aguas Calientes. Soy el último del grupo en llegar al mínimo apeadero, y las piernas me tiemblan; los otros siete están acostados o sentados sobre el cemento del andén. Con el cansancio marcado en las caras y los músculos reventados, tenemos ánimo para chocar las palmas a modo de celebración. Supimos que estábamos en un pueblito: Piscacucho. Nos refugiamos en una plaza que sirve de mercado de artesanías, donde al rato llegaron cinco argentinos que también habían caminado por las vías. No  había cerca ningún lugar para sentarse, ni comer ni tomar un café. Pero sí un almacén donde alcancé a llegar para comprar unos panes, dos latas de atún y un sobre de mayonesa. Un almuerzo de campamento, que incluyó las cervezas que compartió Felipe, el compañero de viaje colombiano.

Pero al triunfo de alcanzar Piscacucho le sucedió la desilusión. El taxista que le había prometido a nuestro compañero de caminata Ian venir a buscarnos con un colega le escribió para informarle que la ruta hacía ese pueblo también había sido cortada por manifestantes. Pero nos dijo que sí podría recogernos en el pueblo de Chillca. A las cinco y media de la tarde, cuando ya se retiraba el sol, comenzamos de nuevo a caminar. Son seis kilómetros, dijo alguien. Nuestro dolor de piernas se iba a acentuar todavía más. Por suerte es sobre asfalto, no vías, pensé. Igual, sentía que me movía como un zombi de The Walking Dead.

Vías de Cusco

Antes de salir, Verónica vio que había señal de celular y llamó a la línea aérea para cambiar el día de nuestro vuelo Lima-Buenos Aires. Fechado para los ocho de la mañana del sábado, no íbamos a llegar sin la mediación de superpoderes. La operadora no entendía ni el código de reserva y el trámite llevó casi dos horas al teléfono mientras caminábamos hacia Chillca.

Después de subir trabajosamente varias cuestas de la ruta, vimos a lo lejos lo que parecían camionetas blancas. ¿Serían las de nuestros salvadores? Más cerca vimos que se trababa de dos camiones medio chocados y que un árbol enorme atravesaba la ruta de lado a lado: hasta ahí llegaba el corte de los manifestantes. Lo rodeamos y, tras recorrer varias cuadras que se nos hicieron eternas, vi que nuestro compañero norteamericano hablaba con dos hombres: los taxistas Herwin y Freddy. Finalmente constatábamos que eran personas de verdad y no una ilusión. Les estreché las manos con todo el cariño que el cansancio me permitía a esa hora. Nos dijeron “Vamos por acá” y nos guiaron hacia un puente.

Ahí nos encontramos con una barrera y unos pocos manifestantes. “Son 15 soles para pasar”, escuchamos. “No, ¡ustedes no hagan caso!”, nos tranquilizó Herwin mientras nos guiaba hacia el escape. Con los músculos al borde de la huelga, pasamos medio arrastrándonos por debajo de la barrera. Allí, finalmente, nos esperaban los vehículos prometidos. Nos abrazamos con nuestros cuatro compañeros de viaje –a esa altura ya los considerábamos amigos– para despedirnos y, como en un sueño, subimos al coche de Freddy. De allí nos llevó a nuestro hotel en Ollantaytambo, donde recuperamos el equipaje. Enseguida seguimos viaje hasta Cusco, donde llegamos cerca de las diez de la noche, molidos pero felices de haber salido vivos. Al día siguiente teníamos un vuelo hacia Lima.

 

Ricardo Mosso es periodista y autor del libro "Coreanos argentos".

por Ricardo Mosso

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