Viernes 30 de septiembre, 2022

CULTURA | 12-03-2022 11:48

Cómo nace una vocación religiosa

La autora de la novela “El canto de las horas” explica, a partir de su experiencia, lo que significa para una joven dejar a su familia y decidirse a vivir en convento de clausura.

Dicen que Santa Teresita es una santa muy milagrosa y que te manda una rosa para confirmar que escuchó tu pedido. Y así es como se despierta en Marie, la protagonista de mi novela “El canto de las horas” (Libros del Zorzal), la vocación religiosa. En ese instante, al recibir una rosa pálida, toma la decisión irrevocable de dejar a su familia y su entorno para vivir día y noche detrás de los muros de un convento de clausura y no salir nunca más.

Si bien se trata de una ficción, me inspiré para escribir la novela en mi propia experiencia. Ya antes de cumplir los 20 años, me sentí hechizada por ese llamado. Fue mágico. Lo sentí y lo supe, mi vida no iba a ser como las otras que me rodeaban. Iba a ser especial y tener un sentido singular. Era un enamoramiento, una pasión, lo sentía hasta en la piel. Se me abría la puerta hacia un cambio. Implicaba dejar todo lo que no me satisfacía y entregarme a una misión trascendental. Nada pudo convencerme ni de esperar, ni de replantear, ni de considerar otras opciones como me suplicaban mis padres.

El canto de las horas

El llamado a la vocación religiosa en los jóvenes, quizás demasiado jóvenes, empieza a menudo así, con lo que se percibe como un mensaje de Dios, de un santo, o simplemente del cielo. Pero ¿lo es? ¿De dónde viene realmente ese llamado?

El adolescente es de por sí un ser cambiante, pensante, en búsqueda permanente.

¿Cuántos adolescentes y jóvenes de 18, 20 años buscan hacer de su vida algo grande, trascendente y especial? Hacer algo, o todo, por el mundo, por la justicia, por los indefensos. Vivir en una búsqueda de intensidad parece definir el carácter adolescente, y la percepción de un “llamado” sublime puede responder muy bien a esta búsqueda, en especial si se trata de un monasterio en el que la paz, la vida comunitaria y el trabajo silencioso representan la entrega perfecta del cuerpo y del alma para un fin tan noble. Respondiendo a ese llamado, el adolescente inquieto y cambiante se encuentra de pronto sumergido en las profundidades de una vida que está anclada en la estabilidad y en la permanencia.

Ciertamente, en retrospectiva, reconozco la inmadurez de mis 20 años. Un carácter impulsivo y pedante que me convencía de ser la única que sabía lo que me ocurría, y que no había otra opción para mí. Y allí me lancé, inconsciente, a un camino que creía puramente espiritual, puramente ideal.

La vida monástica y contemplativa es bella. Una vida ordenada, estética, marcada por el ritmo de las horas litúrgicas y los ritos, y cargada de sentido interior. Es permanencia, es silencio, es de una profunda soledad acompañada. Es de una forzosa compañía solitaria, día, tras día, tras día. Pero no es para todos. No lo fue para mí. Me llevó demasiados años dejar esa vida, 12 años de dudas, miedos, culpas, hasta que lo vi con claridad. Lo que sentí de adolescente no fue un llamado del cielo.

Esta novela pretende adentrarse en la vida de una joven que escucha y responde a este llamado y deja todo lo que la rodea y lo que conoce para encerrarse en un monasterio de clausura con esa ilusión tempestuosa y confusa del adolescente. Allí se encuentra de lleno con un mundo que desconoce y se entrega a la sabiduría de guías espirituales experimentados, confiándoles dócilmente su futuro. El lector recorre junto a Marie, la protagonista, las profundidades de una vida misteriosa, oculta al mundo que está fuera de esos muros.

Quizás este texto contribuya en algo a una reflexión sobre la importancia del discernimiento del llamado religioso, en especial en los más jóvenes. Un discernimiento que recae de modo esencial en los guías espirituales que acompañan al joven en sus primeros pasos de vida religiosa. Sacerdotes, monjes, madres superioras, aquellos “expertos” que reciben entre manos a estos espíritus y mentes inquietas, maleables e idealistas, y tantas veces frágiles.

Así como, espiritualmente hablando, la vida en un claustro aspira hacia lo más alto, está impregnada de una cotidianeidad que puede resultar sofocante. Roces de convivencia, ambiciones y conflictos son moneda corriente y solo pueden ser sorteados si hay madurez afectiva y una genuina vocación. De lo contrario, las consecuencias son, tristemente, quiebres psicológicos dolorosos y a menudo irreversibles.

Florencia Luce

 

FLORENCIA LUCE nació en Buenos Aires. Estudió Literaturas Comparadas en la Universidad de Rutgers, Estados Unidos, y se formó en la escritura creativa con Hugo Correa Luna en Buenos Aires. Vive con su marido e hija en Nueva Jersey, donde escribe y se dedica a la enseñanza de idiomas y a la traducción de textos.
En 2016, publicó “Hasta hoy recuerdo cada verso”, una crónica de inmigración de su familia, del sur de Francia a la provincia de Corrientes, Argentina. “El canto de las horas” es una novela inspirada en su experiencia en un monasterio contemplativo.

 

por Florencia Luce

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