Jueves 24 de junio, 2021

CULTURA | 23-07-2020 13:37

El totalitarismo para Hannah Arendt

A la luz del nazismo ya vencido y el estalinismo en crecimiento, Arendt reflexionó sobre derechos humanos, los desplazados y la crisis del concepto de Estado.

La elaboración de “Los orígenes del totalitarismo” tuvo un desarrollo largo y complejo. Probablemente fue el libro que más tiempo le ocupó a Hannah Arendt en su diseño y escritura. Y no es difícil entender este complicado camino, pues Arendt comenzó a pensar en las características del régimen totalitario cuando este estaba todavía en el poder, y acabó de escribir poco después de terminada la guerra, en 1949. La información de la que disponía para analizar el nacionalsocialismo se vio incrementada por la avalancha de documentación que iba apareciendo tras la contienda acerca de las cuestiones internas del régimen. Este largo camino en su redacción hace que parezca una obra fragmentaria, dividida en tres partes: antisemitismo, imperialismo y totalitarismo.

 

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Sin embargo, esa aparente desvinculación entre las distintas partes del libro no solo se explica por el laborioso proceso de redacción, sino también por una cuestión de fondo: el rechazo de Arendt a establecer vínculos causales entre determinados hechos históricos y el triunfo del totalitarismo. Esto nos pone sobre una pista importante para comprender su tesis principal: que el régimen totalitario es un régimen nuevo, sin precedentes en la historia, que no podemos derivar de premisas históricas que lo preceden. No hay, en este sentido, una relación causa efecto directa, por ejemplo, entre el antisemitismo y los campos de concentración. El antisemitismo, por sí solo como ideología, no conduce necesariamente al exterminio. No era ese el único e indefectible camino que seguir. Lo que Arendt señala es que hay elementos (como el antisemitismo, entre otros) presentes ya en el siglo XIX, que no fueron resueltos por la política del siglo XX, y a los que el nuevo régimen totalitario dio una respuesta o solución totalitaria.

El libro pretendía analizar el totalitarismo en sus dos variantes: el nazismo y el estalinismo. Ambos representan un nuevo tipo de dominio, que no puede interpretarse ateniéndose a las habituales categorías de la ciencia política: tiranía, autoritarismo o dictadura. Hace falta encontrar otro tipo de explicación que dé cuenta de lo que supone la irrupción del poder totalitario y la creación de un mundo y una sociedad igualmente totalitarios. A pesar del propósito inicial de entender que tanto en Alemania como en Rusia se estaba manifestando el mismo fenómeno, en esencia el libro no ofrece un estudio comparativo entre nazismo y estalinismo, sino que se inclina por el estudio del caso alemán. La carencia de documentación sobre el régimen bolchevique, y el hecho de que continuara todavía en el poder a la hora de escribir el libro, hizo que se centrara mucho más en el nazismo. Aunque Arendt quiso retomar la cuestión del totalitarismo soviético tras la publicación del libro, examinando en particular los elementos totalitarios del marxismo, finalmente no llegó a realizar ese proyecto.

Cuando Arendt publicó su libro, en 1951, ya había un incipiente debate en la ciencia política de la época acerca del significado del término “totalitarismo”. Su obra fue a sumarse a la perplejidad que planteaba a los teóricos de la política la irrupción de un tipo de régimen que había rebasado los límites de lo conocido hasta entonces. ¿Podría caracterizarse quizá como un autoritarismo exacerbado? ¿Cómo explicar un régimen que lograba el apoyo entusiasta de las masas pero que al mismo tiempo implantaba el terror como forma de gobierno? ¿Se podía explicar solo atendiendo a la figura de un líder carismático? Todo apuntaba a que el totalitarismo había introducido cambios muy profundos en la manera de entender la política, pero sobre todo, dijo Arendt, en nuestra manera de entender la misma condición humana. Responder a todo ello, a los muchos y nuevos interrogantes que se planteaban, significaba hacer algo más que escribir una historia del régimen totalitario. Implicaba, entre otras cosas, realizar un análisis acerca de cómo y por qué surge un régimen con unas nuevas características, qué factores son los que influyen, y qué cambios produce la implantación del totalitarismo entre la sociedad y en los individuos. Por ello, su estudio va más allá de realizar un análisis de las características de un régimen determinado, y profundiza en cuestiones como las tendencias políticas del siglo XIX, el colonialismo británico en África o la literatura antisemita a principios del siglo XX. La utilización del término “orígenes” en el título del libro puede dar lugar a equívocos, como ella misma reconoce. No se trata de señalar unos orígenes en términos de inevitabilidad histórica o determinismo, no hay una continuidad inevitable entre unos determinados “orígenes” —o mejor dicho, “elementos”, como puntualiza posteriormente— y el surgimiento del régimen totalitario. Esos elementos, presentes en el mundo moderno, constituyen las “corrientes subterráneas” de la historia occidental, y emergen conjuntamente en el vacío político y social creado por la Primera Guerra Mundial. Por lo tanto, el totalitarismo no es un producto propio únicamente de la cultura alemana, ya que elementos como el antisemitismo, por ejemplo, estaban presentes en buena parte de los países europeos. En este caso, Arendt no comparte las tesis que señalaban una continuidad cultural, social y política entre la sociedad alemana previa al nazismo y el triunfo de este.

 

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En el corazón de las tinieblas. Los elementos del totalitarismo componen la “estructura oculta” del mismo. Constituyen fenómenos que aparecen fundamentalmente a lo largo del siglo XIX —aunque no exclusivamente— y a los cuales no se les supo dar una solución política. De alguna manera, constituyen el legado no resuelto de la Edad Moderna, problemas y situaciones que se venían arrastrando y para los cuales el régimen totalitario propondría una “solución”. Las “soluciones”, en este sentido, no son privativas únicamente del totalitarismo, sino que ya en algunos casos se habían ensayado soluciones prototalitarias, como ocurrió con el exterminio de nativos en África con las políticas imperialistas. Lo que se encontró el nazismo o el estalinismo, sin embargo, fue un camino allanado en términos de aceptación de la sociedad de las soluciones violentas. Veamos cuáles eran estos elementos y qué problemas plantearon: Antisemitismo. El antisemitismo, a su juicio, no tuvo un papel esencial en el totalitarismo alemán, sino instrumental. El antisemitismo cumplió el papel de ser un elemento amalgamador de los otros elementos que Arendt identifica: la alianza entre capital y populacho, la decadencia del Estado-nación, el racismo y el imperialismo. Arendt distingue dos tipos de antisemitismo: el antiguo o premoderno y el moderno. El primero se caracteriza por tener un carácter fuertemente religioso que desemboca en el odio hacia los judíos. El antisemitismo moderno es, por el contrario, un antisemitismo fundamentalmente político. Este tipo de antisemitismo está muy ligado a las contradicciones internas de los Estados-nación del siglo XIX en términos de reconocimiento de derechos de ciudadanía a las minorías como los judíos, aunque no exclusivamente a ellos. El análisis de Arendt señala la pérdida de las condiciones sociales de los judíos en el siglo XIX, con las medidas y las consecuencias políticas de las situaciones de exclusión social, verdaderos precursores del totalitarismo posterior. “Su desigualdad social —la de los judíos— era completamente diferente de la desigualdad del sistema de clases”. En este sentido, era una desigualdad que excluía no solo en términos de derechos, sino también socialmente, esto es, les expulsaba de la sociedad y les conducía a desarrollar actitudes y comportamientos en pro de la asimilación. En este análisis, destaca el modo en que Arendt reflexiona acerca de las consecuencias políticas de la desigualdad social: la asimilación social —pero no política— de los judíos en la sociedad se logró al precio de ser admitidos no como iguales, sino como excepciones, como los “judíos excepcionales”, que podían ser objeto de exótica admiración. Esto condujo a que los judíos tuviesen que elegir entre ser unos advenedizos, actuando entonces como “hombres en la calle y judíos en casa”, o por el contrario, ser “parias”, es decir, sujetos expulsados del mundo común compartido, del espacio público.

Es precisamente esa figura del paria, la persona apartada del mundo común compartido, despojada de los vínculos sociales y políticos de la comunidad, la que se muestra en los pasos previos a la instauración del totalitarismo en el poder. La creación de grandes masas de personas parias (sin sociedad que les proteja, y sin derechos, sin pertenencia a ningún Estado-nación) por medio de la expansión de los tratados de minorías de principios del siglo XX, supuso la antesala del triunfo del régimen totalitario. Lo que se presentaba como un problema no resuelto por las respectivas políticas estatales tenía, además, el apoyo de la sociedad: “Aquellos a los que el perseguidor había singularizado como la escoria de la Tierra —judíos, trotskistas, etcétera— fueron recibidos en todas partes como escoria”. Lo que hicieron el nazismo y el estalinismo fue darle una solución totalitaria —el exterminio— al problema no resuelto de las grandes masas de minorías (de pueblos parias) que se encontraban dentro de sus dominios territoriales.

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El imperialismo y su expansión. “Me apoderaría de los planetas si pudiera”, decía a finales del siglo XIX el político británico Cecil Rhodes, citado por Arendt. Sin duda, el imperialismo es el elemento en el que esta observa una suerte de “laboratorio” para el genocidio posterior. El elemento fundamental del imperialismo —que Arendt diferencia del nacionalismo— es la “expansión por la expansión”, esto es, un nuevo tipo de política orientada al dominio de nuevos territorios y poblaciones, guiada por el interés económico insaciable de la burguesía capitalista.

Las prácticas políticas de la expansión imperialista en África legitimaban ya los rasgos que aparecerían de manera más visible en el totalitarismo: uso de la violencia sobre grandes masas de población, deshumanización del otro, superfluidad y eliminación física de la población “sobrante” y papel relevante de la burocracia administrativa en las masacres. Así, Arendt nos recuerda que la creación de campos de exterminio no es original del nazismo, sino que se produjo ya en la guerra de los Boers en África. Así pues, las experiencias políticas de la expansión en África estaban ya impregnadas de consecuencias políticas nefastas: en primer lugar, el encuentro con pueblos diferentes se realiza bajo condiciones de explotación, por medio de la violencia se crea un grupo deshumanizado y despojado de derechos y, en segundo lugar, se quiebra el principio moderno de universalidad de la ley al no reconocer la administración colonial como ciudadanos a una gran parte de la población, y crear distintos tipos de sujetos jurídicos (…).

Racismo. Para Arendt hay que distinguir entre el “pensamiento racial” —una suerte de estudio pseudocientífico acerca de una supuesta jerarquía racial— y el “racismo”, en tanto que ideología utilizada como justificación en la agenda política del colonialismo imperialista. En este punto, hay que recordar que, para Arendt, las ideologías son “sistemas basados en una única opinión con suficiente fuerza para atraer y persuadir a una mayoría de gente”. De acuerdo con eso, el racismo sería una ideología que “interpreta la historia como la lucha natural de las razas”. El imperialismo creó la ideología racista como una justificación para la conquista y para dotar de una base biológica a la comunidad, cuestión que posteriormente el nazismo radicalizó al establecer la superposición entre raza y nación, de tal manera que los que no eran de la raza prescrita quedaban al margen de la nación, de la comunidad política. En este sentido, debemos tener presente que las políticas raciales del Tercer Reich pretendieron crear un nuevo mapa racial de Europa, rediseñando la humanidad con criterios raciales, y devolviéndola a una naturaleza “original”.

Decadencia del Estado-Nación. Este elemento hace referencia al debilitamiento de la estructura institucional jurídico-política que hace posible la protección de los derechos de aquellos que habitan dentro de sus fronteras. El Estado-nación es el único instrumento que proporciona un marco legal para la garantía de los derechos de sus ciudadanos. Su rápida desintegración después de la Primera Guerra Mundial llevó aparejada la pérdida de la estructura formal del Estado como garante de los derechos. Para Arendt, en realidad, “Estado-nación” es un término que contiene dos experiencias políticas antagónicas y dos lógicas contradictorias: mientras que el Estado hace referencia a un marco legal que acoge y protege en su seno la pluralidad de individuos, la nación supone una homogeneidad —étnica, religiosa, cultural—, esto es, un sentido fuerte de comunidad articulada en torno a un cuerpo compartido donde los sentimientos tienen, además, un papel importante.

A lo largo del XIX, los nacionalismos fueron dibujando un mapa de Europa en el que las minorías no encajaban, pues se hizo cada vez más presente el modelo de un nacionalismo étnico. Tras la Primera Guerra Mundial, los tratados de minorías agravaron aún más la situación de ingentes masas de personas sin Estado y sin derechos. Los tratados de paz crearon dos grupos de personas al margen del derecho: las minorías y los apátridas, obligados a vivir o bien bajo la ley de excepción de los tratados para minorías, o bien bajo la más absoluta ilegalidad en el caso de los apátridas. Esas masas de personas privadas de un reconocimiento social, político y jurídico, se mostraban como superfluas y prescindibles para los Estados. ¿Qué hacer con ellas? En los Estados democráticos “el único sustitutivo práctico de una patria inexistente era un campo de internamiento”. En los regímenes totalitarios, los campos de exterminio ofrecerían la “solución” a las masas superfluas: “Antes de poner en marcha las cámaras de gas —señala Arendt— los nazis habían estudiado atentamente el problema y descubierto con gran satisfacción que ningún país había reclamado a aquella gente”.

Pero además, ese análisis de la decadencia del Estado-nación le permite a Arendt formular una de las tesis que más eco han tenido entre sus lectores: la importancia del derecho a tener derechos. A su vez, esta idea nos muestra también la centralidad que ocupa el concepto de “ciudadanía” en el pensamiento arendtiano como la vía por excelencia para estar políticamente en el mundo. El derecho a tener derechos, en este sentido, revela una demanda de inclusión en la ciudadanía y una denuncia contra la exclusión social y política de sujetos insertos en grupos minoritarios. Por ello no es de extrañar que, en nuestro momento político presente, en el que también hay grandes masas de población desprovistas de derechos (emigrantes, desplazados, refugiados…) sea una de las ideas arendtianas que más calado y repercusión ha tenido.

Los refugiados y apátridas se encontraban sin derechos, al carecer de la protección y garantía de los mismos por parte de un Estado que los reconociera como sujetos jurídicos. Diríamos que fueron expulsados de la esfera social y política, para ser devueltos al mundo indiferenciado de la naturaleza, “a la desnudez del ser humano”, en palabras de Arendt. No se trataba, por tanto, únicamente de una carencia de derechos, sino de la falta de una identidad política y social, la carencia de un mundo compartido con otros en el que pudieran ser reconocidos como sujetos plenos. No solamente era que “no tuvieran papeles”, era que “no contaban”, no aparecían. Por eso, la carencia de derechos afecta en realidad a la misma condición humana, a la posibilidad de realizar acciones (palabras y hechos, dirá Arendt) en el espacio público.

Así pues, los ropajes que cubren esa desnudez del ser humano son los derechos, pero, ¿a qué derechos se refiere Arendt? Su crítica a los derechos humanos consagrados en las Declaraciones de Derechos de finales del XVIII debe entenderse como una afirmación de que la única manera de tener derechos es desde la pertenencia a una comunidad política, esto es, a un Estado. La sola apelación a unos derechos inherentes a la persona por el hecho de serlo no conduce a ninguna obligación por parte de los Estados. “Desde el comienzo —dice Arendt— la paradoja implícita en la declaración de derechos humanos inalienables consistió en que se refería a un ser humano 'abstracto' que parecía no existir en parte alguna”. Los apátridas y refugiados no tenían ninguna autoridad que los protegiera, ninguna institución que deseara garantizar sus derechos. Los derechos humanos se convirtieron en un tipo de ley adicional, en un derecho de excepción para aquellos que no tenían nada mejor a lo que recurrir. El derecho a tener derechos hace referencia, pues, al derecho a pertenecer a alguna comunidad político-jurídica, el derecho a ser reconocido como ciudadano de un Estado en el cual poder ejercer los derechos de ciudadanía, o dicho en términos actuales, el derecho (moral) a poder ejercer los derechos (jurídicos) individuales, políticos y sociales. Los “derechos de los otros”, de las personas expulsadas de la comunidad política y, por tanto, del reconocimiento mutuo, son los que están en juego en la definición misma del Estado-nación, en los requisitos que se establezcan para reconocer la pertenencia en términos de ciudadanía. Y lo que ocurrió en el período de entreguerras, señala Arendt, es que la nación le ganó la jugada al Estado, afirmando criterios de pertenencia en torno a la identidad colectiva étnica y excluyendo a los que no encajaban en esos criterios. Por eso, todos estos elementos que hemos visto arrastran problemas no resueltos, a los que se dará una solución totalitaria. En sí misma, la existencia de refugiados y apátridas no es —no tiene por qué ser— necesariamente totalitaria, ni los movimientos nacionalistas tribales o la expansión imperialista económica. Pero esos elementos gestaron “soluciones” que contenían ya características totalitarias, como la violencia ejercida contra grandes masas de población o la privación masiva de derechos. El problemático legado del siglo XIX en términos de “corrientes subterráneas de la historia” afloró violentamente cuando un partido totalitario en el poder entendió que, en realidad, las condiciones para hacer efectiva la máxima totalitaria “todo es posible” ya estaban dadas y aceptadas por la sociedad.

 

*Cristina Sánchez Muñoz es filósofa, especialista en la obra de Hannah Arendt. Es autora de “Hannah Arendt. Estar (políticamente) en el mundo” (Shackleton Books).

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por Cristina Sánchez Muñoz

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