Lunes 16 de mayo, 2022

CULTURA | 21-07-2020 21:28

Manuel Puig y yo

Por Daniel Molina. El testimonio de un encuentro en Río de Janeiro y cómo la historia de “El beso de la mujer araña” pudo ser otra.

Conocí a Manuel Puig en Río de Janeiro. Fue en 1988, en el departamento que tenía en el barrio de Leblón. Estaba terminando de escribir la que sería su última novela, “Cae la noche tropical”. El libro estaba en pleno proceso de corrección final. Lo ayudé a mecanografiar las páginas ya definitivas en su famosa Olivetti portátil. Así fue que pude ver su proceso de reescritura, casi microscópico, pero de resultados devastadores: apenas si agregaba un adjetivo o cambiaba la ropa de un personaje, pero eso terminaba transformando el clima de la escena o dándole a la acción un sentido nuevo. Esa novela escrita al final de su vida es también una novela sobre el final de la vida.

Yo había ido a Río para invitarlo a participar en un homenaje que le queríamos realizar en el Centro Cultural Ricardo Rojas con motivo de cumplirse 20 años de la aparición de su primera novela, “La Traición de Rita Hayworth” (publicada por Jorge Alvarez en 1968). Puig, quien se sentía muy dolido por el silenciamiento al que había sido condenada su obra en la Argentina (desde que se exilió nunca más logró ser difundida masivamente), decidió finalmente no venir a ese homenaje.

Sin embargo, durante el mes que estuve en Río pasé varios días en su casa. Como yo había estado casi una década en la cárcel por motivos políticos, Puig se interesó mucho en que le contara sobre la vida en la prisión. Y como además soy gay, Puig se interesó mucho en saber cómo había vivido el hecho de ser a la vez preso político y homosexual. Recuerdo que, al final de una de nuestras largas charlas sobre el tema, me dijo una frase que conservo en mi memoria como si fuera una condecoración: “Si te hubiera conocido entonces, “El beso de la mujer araña” no sería un diálogo sino un monólogo”.

A Puig le entusiasmó pensar que se podía reunir a Molina y Valentín en un único personaje. Eso le hubiera permitido condensar aún más la historia, darle mayor intensidad. Molina y Valentín reunidos en uno era también la posibilidad de apelar a una corriente de conciencia -como las que había construido con maestría en “La traición de Rita Hayworth”– extremadamente compleja y original. Una especie de discurso sobre lo no escrito o lo que le parecía casi imposible de pensar. Mientras más se internaba Puig en las posibilidades que surgían de reunir en un personaje a Valentín y Molina, más problemas se le aparecían. Y eso estimulaba más su curiosidad.

Haber podido discutir estas cuestiones con él me permitió ver la forma en que se internaba en un relato, planteándose problemas, haciendo de cada línea la resolución de un momento difícil, el salto de una valla. Y eso me parece esencial para captar la dimensión de su obra, porque ese esfuerzo no se nota nunca cuando se lee una novela suya. Los libros de Puig son como las grandes películas de Hollywood, aquellas que costaron mucho filmar, en la que trabajaron cientos de personas talentosas, pero que no nos dicen nada de ese esfuerzo mientras las miramos: sólo las disfrutamos.


 

Este texto apareció en el libro “Autoayuda para snobs” (Planeta).

Daniel Molina es periodista cultural.


 

por Daniel Molina

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