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CULTURA | 17-07-2020 18:48

Cómo leer a Juan L. Ortiz

Durante su vida apenas se movió de su Entre Ríos natal y para muchos es el más grande de los poetas argentinos. Una nueva edición de sus obras completas es un buen motivo para recordarlo.

Juan L. Ortiz compuso o más bien delineó una poesía única en nuestra literatura. Se la reconoce en los rasgos mínimos de su letra y en el trazo grueso de sus grandes poemas. Pero sobre todo en su crecimiento. Olvido García Valdés coloca a Ortiz entre aquellos “poetas que están vivos, es decir, que aprenden hasta el final”. Hugo Gola recurre a una metáfora musical: en “los primeros libros sus poemas constituían un hilo de flauta, tenue y ondulante”, pero en los últimos es toda una orquesta la que organiza “una sabia polifonía”. Y Juan José Saer concluye, categórico: “la última poesía de Juan es superior a la de sus primeros libros”. Estamos ante una obra en permanente expansión, como el universo.

¿Cómo leerla? No hay consejos para dar. Se lee, simplemente, porque la poesía de Juan L. Ortiz, como la de todo gran poeta, es al mismo tiempo laboriosa e inmediata (“la poesía es de todos o es de nadie”). Como el río que evoca, fluye sin cesar, salvaje y manso. Y esta es una primera evidencia: la de una poesía indomable que sin embargo está siempre abierta al diálogo.

Juan L. Ortiz nació en 1896 en Puerto Ruiz, al sur de la provincia de Entre Ríos, sobre el río Gualeguay. La primera etapa de su vida transcurre a la vera de este río. Los poemas autobiográficos “Villaguay” y “Gualeguay” vinculan, justamente, los dos pueblos natales, hilvanados en una evocación cargada siempre de misterio. Las imágenes proliferan y al mismo tiempo parecen ancladas en la infancia. Miguel Ángel Federik, poeta villaguayense que solía visitar a Ortiz en su casa de Paraná, nos cuenta: “Hablamos de lo común: Villaguay. Y me preguntaba por un sendero, que hacia el sur iba a la costa del arroyo y por donde –me dijo– solía pasar tras unas lecheras”.

Autobiografía y paisaje componen los términos claves de la obra de este poeta que, a lo largo de toda su vida, prácticamente no abandonó su provincia natal. Sus contados desplazamientos son en realidad el reverso de esta inmovilidad. En el primero, entre 1913 y 1914, es decir a los 17 años, estuvo unos meses en Buenos Aires para regresar a Gualeguay y ocupar un modesto empleo en el Registro Civil. En 1924 se casó con Gerarda Irazusta, la que será la compañera de toda su vida y este año marca, no casualmente, el inicio de la escritura del primer libro, “El agua y la noche”, que publicará recién en 1933. Aquí comienza esta obra singular donde cada poema y cada libro se integran a un mismo fluir en la búsqueda de un cauce central.

En 1942, Ortiz se jubila y se traslada a la ciudad de Paraná, donde vivirá hasta su muerte, en 1978. Exilio y desarraigo son datos fundamentales para comprender el proceso, de prácticamente ocho años, que culmina en “El álamo y el viento” (1948), libro del “trasplante”, primer punto de inflexión de la obra. Las calles, los parques y los alrededores de Paraná aparecen como vistos por los ojos de un extranjero. El panorama deslumbrante de esta ciudad-paisaje (el físico, pero también el de la amistad) es visto desde la nostalgia del río natal, el Gualeguay, por muchas razones considerado “el río íntimo”.

Los libros siguientes serán escritos en Paraná, en una poética reconcentrada sobre el propio silencio. Publica libros hechos de manera artesanal, que distribuía entre sus amigos, y que en 1958, con “De las raíces y del cielo”, llegan a diez. En ese momento viajó a China y otros países socialistas para la conmemoración de los cuarenta años de la Revolución de Octubre. Aquí tenemos un segundo punto de inflexión porque a partir de entonces Ortiz deja de publicar y entra en un silencio mucho más profundo.

Un poeta normal, incluso un gran poeta normal, se hubiera detenido en esta etapa (en general, los poetas se jubilan incluso mucho antes). Pero Ortiz, próximo a los setenta años, inició entonces un último movimiento decisivo de su obra. A lo largo de la década del 60, acumulará, de manera solitaria, un increíble volumen de material inédito, con poemas que crecen en extensión, pero también en complejidad e intensidad poética.

El enigma de estos diez años de trabajo se resuelve en 1970 cuando la Editorial Biblioteca de Rosario reúne en los tres tomos de “En el aura del sauce” los diez libros editados más tres libros inéditos: “El junco y la corriente”, “La orilla que se abisma” y “El Gualeguay”. Este último es un largo poema-libro dedicado al río íntimo que parece continuarse, como el fluir del agua, indefinidamente. El enigma se resuelve, sí, pero parcialmente. El poeta promete enseguida un cuarto tomo de su obra, tarea en la que lo sorprendió la muerte.

A partir de 1996, en una primera edición a cargo de la Universidad Nacional del Litoral de Santa Fe y ahora en esta segunda edición, a la que se incorpora la Universidad Nacional de Entre Ríos, la “Obra completa” propone nuevos poemas, prosas, lecturas y notas críticas. Pero sobre todo el trabajo de un equipo de especialistas que enriquece el texto con nuevas miradas. En su discurrir, esta nueva edición, revisada y ampliada, sigue buscando respuestas a ese enigma incansable.

Juan L. Ortiz está vivo. Crece y se ahonda, como el río que el poeta no termina “nunca, nunca de decir...”.

 

Sergio Delgado

 

Sergio Delgado es escritor e investigador. Editó las obras completas de Juan L. Ortiz para la Universidad Nacional del Litoral y la Universidad Nacional de Entre Ríos.

Foto: Myrna Insua.

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