Martes 21 de septiembre, 2021

CULTURA | 21-07-2020 10:54

¿En qué se parece la pandemia actual a las epidemias de la historia?

Máximiliano Fiquepron, un historiador que investigó los brotes de cólera y fiebre amarilla, explica diferencias, coindidencias y consecuencias hacia el futuro.

Asustados, desconcertados, somos protagonistas de una crisis inédita, que dejará su huella en la memoria social y marcará hasta el fin de nuestros días nuestro sentido de la seguridad. Pero la causa de esta desazón, la pandemia por Covid-19 que sumergió al mundo en una pesadilla inesperada, tiene muchísimos antecedentes en la historia de la humanidad y también, en el pasado de nuestro país.

Una apasionante investigación realizada por el historiador Maximiliano Fiquepron y premiada por la Asociación Argentina de Investigadores en Historia acaba de publicarse en el libro “Morir en las grandes pestes. Las epidemias de fiebre amarilla y cólera en la Buenos Aires del siglo XIX” (Siglo XXI). En ella, el autor recorre la experiencia completa de las dos epidemias que más marcaron la historia argentina, desde las sensaciones de la gente común, hasta el progreso que dejaron como saldo en materia de políticas sanitarias y sociales.

Para saber más sobre el modo en que aparecieron y se controlaron las epidemias del pasado y sus similitudes con la situación planteada en la actualidad por el coronavirus, NOTICIAS consultó al historiador y estas fueron sus respuestas.

 

NOTICIAS: ¿Cómo fue la aparición de estas enfermedades?

Maximiliano Fiquepron: En general la diseminación de una nueva enfermedad está asociada a los traslados y dinámicas que producen otros procesos, como las redes comerciales, la anexión de territorios, la deforestación en busca de recursos. En el caso del cólera, todas las pandemias mundiales tuvieron su inicio en la India. En cuanto a la fiebre amarilla tiene un origen más lejano, posiblemente producto de la dinámica de la conquista de América, en el siglo XV, y de la ruta atlántica del comercio de esclavos. En ese triángulo cuyos vértices eran las ciudades puerto de Europa, la costa atlántica de África y las colonias americanas, se forjó la expansión de este virus tan particular. Para mediados del siglo XIX era usual que un médico estuviera anoticiado de estas enfermedades, y tuviera un repertorio de medidas con las cuales evitar su propagación. Incluso la población tenía recuerdos de epidemias pasadas, que operaban como un reservorio de prácticas y saberes populares, una suerte de guión cultural con el cual sobrellevar estos eventos tan traumáticos.

 

NOTICIAS: ¿Las grandes ciudades eran siempre las más castigadas por las pestes?

Fiquepron: La aglomeración y circulación de personas, la densidad de habitantes que una ciudad posee, hace que las enfermedades infecciosas puedan diseminarse a una velocidad que en otros contextos y escenarios no podrían. Jared Diamond menciona en su libro “Armas, gérmenes y acero” que enfermedades contagiosas como la viruela, la gripe, la tuberculosis, la malaria, la peste bubónica, el sarampión y el cólera evolucionaron a partir de enfermedades de los animales, domesticados para abastecer a las sociedades sedentarias, que tienen en la ciudad su expresión más compleja y sofisticada.

 

NOTICIAS: ¿Cuánto duró el proceso, en el caso de la fiebre amarilla y el cólera, entre la aparición de los primeros enfermos y el descenso del número de contagiados?

Fiquepron: En 1871, los casos de fiebre amarilla comienzan el 28 de enero, y el último caso se registra a finales de junio de ese año. Es decir, cinco meses. En el cólera de 1867-1868, comienzan en noviembre y finalizan en febrero, cuatro meses. Ambas enfermedades llegan hacia 1856 a nuestro país y será recién hacia principios del siglo XX que se las considere enfermedades controladas. Hasta entonces, y durante todas esas décadas, la aparición de algunos casos dudosos o la noticia de que ciudades cercanas (como Río de Janeiro o Montevideo, por ejemplo) tuvieran casos, hacía sonar la alarma en los medios de comunicación y en los organismos del Estado, para combatir estos enemigos recurrentes.

 

NOTICIAS: ¿El aislamiento era una solución?

Fiquepron: Aislar, separar lo insano, fue siempre una medida que se tomó en casi todas las culturas. En algunas regiones y períodos históricos las medidas de aislamiento se realizaron con mayor protagonismo de los gobiernos, que dirigían ese proceso. En otros casos, esto se produce por la propia dinámica de la epidemia. En general las ciudades se aislaban, las comunicaciones se cortaban y luego, cuando los casos se reducían, volvía la vida social y comunitaria habitual. Otra respuesta muy frecuente era el aislamiento de los enfermos en lazaretos, la sanción de medidas de vigilancia en zonas consideradas “focos de infección” de la ciudad y el aumento en los controles sobre la venta de productos comestibles que podrían expandir la epidemia (frutas, verduras, carne). También la población solía escapar de la ciudad, hacia pueblos y zonas cercanas.

 

NOTICIAS: ¿Cómo cruzaban los contagios las diversas clases sociales?

Fiqueprón: En general la pobreza y la precariedad se asocian a mayores posibilidades de enfermar y morir. Los sectores sociales más encumbrados, en cambio, tienen mayores recursos materiales y simbólicos para enfrentar las dificultades que la mayoría de la población no puede. Pero la llegada de una epidemia corroe este universo de expectativas y vuelve posible lo que antes era impensado: que los reyes mueran de la misma enfermedad que los mendigos. También, hay que decirlo, si analizamos los datos estadísticos, es evidente que morían más pobres que ricos. Pero es esta posibilidad que se inaugura con la llegada de las epidemias, la de enfermar y morir por cólera, fiebre amarilla, o incluso actualmente con el COVID-19, lo que produce este efecto “democratizador” de las epidemias. En otras palabras, no es que en las epidemias mueran por igual “ricos y pobres” sino que la enfermedad vulnera una suerte de escudo social y simbólico que los sectores sociales más encumbrados poseen.

 

NOTICIAS: ¿Cómo se logró controlar estas enfermedades?

Fiquepron: El control de estos males fue (y es) lento, progresivo y plagado de ensayos, errores y caminos alternativos que no llevan a las soluciones que prometían. Durante todo este período, que se conoce bajo el concepto de “incertidumbre biomédica”, son muy usuales los rumores, las “curas definitivas”, la opinión de advenedizos en simultáneo con expertos que han dedicado su vida a luchar contra estas enfermedades, y muchas otras postales que estamos viendo actualmente. En el caso del cólera, las políticas de saneamiento urbano fueron un elemento decisivo para comenzar a controlar la enfermedad. La fiebre amarilla tuvo un proceso de control mucho más lento e incluso, en la actualidad, no existe una vacuna que otorgue inmunidad total al virus.

 

NOTICIAS: ¿Qué cambiaron para siempre estas pestes en las ciudades y en la historia sanitaria del país?

Fiquepron: Los cambios no son rápidos, sino más bien intermitentes, con altibajos. En el caso del cólera, es interesante la gran transformación urbana que supuso. A mediados del siglo XIX, en Inglaterra, el sanitarista John Snow logró descubrir (sin muchas certezas técnicas) que el cólera se transmitía por el consumo de agua contaminada. Esto produjo reformas profundas en el sistema de provisión de agua, así como también los inicios del sistema de redes cloacales, un elemento decisivo al momento de pensar en condiciones de vida y habitabilidad en las ciudades. En nuestro país, también podemos hallar algo similar ya que para 1868, luego del cólera, el presidente Sarmiento inauguró la primera red de agua potable de la ciudad. Pero también las epidemias producen cambios fuera del espectro sanitario. Por ejemplo, debido a la muerte del vicepresidente Marcos Paz (durante el cólera de 1868), se reactivó un debate largamente postergado, para sancionar una ley (la 252) que estableciera la sucesión presidencial ante la renuncia o muerte del presidente y/o vicepresidente de la nación. Esta ley fue la que se utilizó en el 2001 para la accidentada sucesión presidencial que culminó con Eduardo Duhalde como primer mandatario.

 

NOTICIAS: ¿Cuáles eran las sensaciones de la gente durante esas crisis?

Fiquepron: Los periódicos de la época han sido un insumo muy importante para tratar de hallar algo sobre las percepciones “de la calle”. Un rasgo que aparece muchísimo es el miedo, traducido en el éxodo masivo a las afueras de la ciudad, en el que se abandonaban a enfermos y agonizantes. Otra sensación que se percibía era algo que atravesamos hoy: el trastocamiento y dislocación de las rutinas cotidianas. Así, el cierre del puerto y de los establecimientos comerciales, el silencio de la otrora ciudad ruidosa, la imposibilidad de hallar un trabajo como jornalero o la de asistir a algún evento cultural fueron muy comentados en la prensa. Mardoqueo Navarro, un escritor que vivió en Buenos Aires durante la fiebre amarilla, dejó un pequeño diario personal en el que plasma algunas de estas postales. El 9 de abril de 1871, cuando la epidemia estaba en su máximo pico, escribía “Los negocios cerrados. Calles desiertas. Faltan médicos. Muertos sin asistencia. Huye el que puede”.

 

NOTICIAS: ¿Cómo se moría en las pestes?

Fiquepron: Morir es una experiencia estructural de nuestra realidad compartida. Como comunidad, disponemos de una serie de elementos que nos permiten transitar la pérdida de algún miembro. Este repertorio de prácticas, con una dinámica y temporalidad muy específicos, son los llamados rituales fúnebres y nos permiten atravesar ese momento único. El antropólogo Arnold Van Gennep los llamó “ritos de paso”. Durante las epidemias estos ritos de paso sufrían grandes modificaciones. No se podía velar los cadáveres e incluso tampoco dirigir la ceremonia final. El entierro quedaba en manos de los agentes del Estado que les asignaban un cajón muy austero y se enterraban en una fosa común. Esta experiencia, que en tiempos normales se le daba a los pobres o los mendigos, trastocaba profundamente las expectativas simbólicas y sociales y se desplegaron rituales sustitutos para tratar de darle a estos fallecidos un trato más acorde a la realidad social que tenían.

 

NOTICIAS: ¿Hay algún punto de contacto con la actual pandemia? ¿Cómo imagina, a la luz de lo que aprendió de la historia, que va a terminar en esta crisis?

Fiquepron: Creo que hay varios puntos de contacto, sobre todo durante este período de incertidumbre, donde la posibilidad de una vacuna es una realidad aún potencial. Encuentro semejanzas en los discursos que brotan por todos lados, buscando de alguna manera darle sentido a esta experiencia tan traumática. Desde quienes entienden que el virus no existe y esto es una conspiración de algún líder mundial, hasta aquellos que obedecen al pie de la letra todas las instrucciones sanitarias; todos estamos tratando de lidiar con algo que desconocemos y que nos produce una incertidumbre enorme, además de temer (en mayor o menor medida) contagiarnos y morir. Estamos abrumados por esta suerte de niebla que se posó sobre nosotros y que parece no se va a ir jamás. Quizás conocer cómo fueron las epidemias del pasado nos ayude a encontrar alguna respuesta hoy, a preguntarnos nuevas cuestiones, o al menos tener una certeza: que las epidemias terminan, que tienen un final.

 

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Adriana Lorusso

Adriana Lorusso

Editora de Cultura y columnista de Radio Perfil.

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