CULTURA | 07-07-2020 21:02

El último libro de Rosario Bléfari

Su editor habla del trabajo de los últimos días, de su entusiasmo por crear y de la emoción de la despedida.

Como un poema escrito a puertas cerradas, del que no se sabe si tendrá alguna vez un lector, con esa misma energía titubeante e imprecisa, me siento a escribir estas palabras, que hubiera preferido no decir nunca. Como un texto sin hoja al que le falta el lápiz, una página se vacía para volver a llenarse sobre los pliegos del amor interior, y le pide al dolor que hable. Es muy difícil hablar a veces sobre lo que está tan cerca. Me acuerdo de la primera vez que vi a Rosario en persona, en el festival Buen Dia. Yo estaba en la secundaria y fui con un amigo que me habló de una banda genial que se llamaba Suárez.

Exactamente veinte años después, ayer a la mañana, este querido amigo, ahora bajista de su banda solista, me daba la noticia de su muerte. En el medio pasaron tantas cosas que me cuesta mucho avanzar en estas líneas, las cuales debía entregar ayer. Les pedí un día más a los editores para poder procesar dolor, cariño y recuerdos.

Esa primera vez que la vi en el escenario, quedé fascinado. Sus movimientos magnéticos, los susurros frente al micrófono, la forma de recorrer el escenario. Varios años después la vi en Belleza y Felicidad, recitando sus poemas. De nuevo el hechizo, la magia, ahí al lado mío, una noche invernal de Almagro. Yo venía de pintar tapas en Eloísa Cartonera y a Rosario le gustó que tuviera la ropa manchada de pintura. “Que lindo como brilla en la oscuridad”, me dijo cuando vio los colores fluorescentes que salpicaban mi campera.

Cuando empezamos a trabajar juntos, ella como autora de Mansalva y yo como coordinador de la editorial, al principio le tenía tal respeto, que me costaba concentrarme en el libro que estábamos armando. Lo mismo me pasó con César Aira, cuyo universo se asemeja mucho al de Rosario, tanto en su obra como en su personalidad. Fantasía, juego, libertad total, cierta encantadora inocencia, ruptura de las reglas instituidas por los sistemas de normalización de la cultura. En ambos casos terminamos siendo amigos. Más tarde cantamos juntos, haciendo coros para uno de los discos de Francisco Garamona. Mientras estábamos grabando pensé en ese día que la vi cantar por primera vez en ese festival, no pude contenerme y la abracé, pensando en como las cosas se conjugan de las formas más extrañas para pensar la locura de la vida.

Nuestras últimas conversaciones estaban atenuadas por sus estados de ánimo en los vaivenes de la enfermedad. Igual se la sentía concentrada en el “Diario del dinero”, que funciona un poco como su autobiografía, su legado literario. En esos intercambios finales, los de las últimas semanas, su voz irradiaba una cercanía mística, como un efecto de reverberación en estado de ensueño. Y esa voz, presente en toda su obra vuelve ahora en estos textos.

El viernes hablamos por última vez. Le mandé las pruebas de tapa y galeras de su libro. Este, junto con otros títulos que iban a salir para la Feria del Libro y no pudieron hacerlo por las tristes razones que ya conocemos, ahora está naciendo en la imprenta. Cuando las vio se puso muy contenta de que el Diario, en el que tanto habíamos trabajado el año pasado, fuera un objeto real. Cuando llegamos al final de esa conversación estaba colmada, como siempre, del futuro por un proyecto nuevo. Cuando nos despedimos, me dijo al final: “¡Creamos!” ¿Hablaba de creer? ¿Hablaba de crear? No tengo dudas que se refería al corazón de esta dos palabras que, seguramente en el fondo, deben decir lo mismo. Y así la voy a recordar.

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por Nicolás Moguilevsky

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