Viernes 30 de julio, 2021

CULTURA | 08-01-2021 10:43

Entrenamiento, dieta e instrucciones de los soldados que cruzaron los Andes

La dificultad de atravesar las inmensas montañas fue una de las proezas del ejercito al mando de San Martín. También, las primeras batallas en territorio chileno.

El cruce de la monumental geografía andina supuso una experiencia inédita para los enrolados de manera voluntaria o coactiva en las filas del ejército. Para quienes participaron de esa empresa impregnada de arrojo y coraje, la “remonta” cordillerana habría de moldear sus vidas para siempre. Algunos quedaron sepultados bajo el rigor del clima, el látigo o el fragor del combate. Otros esquivaron los riesgos por medio de la deserción. En cambio, para la mayoría de los que sobrevivieron, aquel peregrinaje habría de afianzar los sentimientos de pertenencia con la comunidad política que los había forjado como oficiales y soldados de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Ni el mismo San Martín pudo escapar a la inquietante vivencia patriótica abierta con el avance sobre la cordillera cuando, según un oficial que lo acompañaba, encendió un cigarrillo en la penumbra de la noche, y ordenó que la banda de música integrada por negros y morenos ejecutara las notas de la canción nacional…

El plan de operaciones había previsto ajustar cada detalle para mantener intactas las fuerzas y recursos pacientemente construidos desde 1815. Librar esa batalla había requerido conocer palmo a palmo los accidentes del relieve a atravesar y comprometer a la causa de la independencia a las poblaciones rurales dispersas al pie de la cordillera occidental. Esa combinación de contextos y adhesiones patrióticas arbitradas eficazmente por una nutrida red de espías dedicados a confundir al enemigo, de las negociaciones entabladas con los indios pehuenches para utilizar los boquetes cordilleranos del sur, y del accionar de las guerrillas chilenas animadas por Manuel Rodríguez, habrían de contribuir decididamente a la marcha de la maquinaria guerrera integrada por más de 4000 hombres de combate, y 1200 milicianos encargados de sostener el traslado de armamento, alimentos y auxilios para soportar las acechanzas de la intemperie a lo largo de las 105 leguas del escarpado terreno a recorrer.

 

Fidel Roig Matóns y el cruce de los Andes

 

El avance de los cuerpos armados era asistido por un elenco de arrieros y baqueanos, conocedores prácticos de la topografía andina, y de los proveedores de víveres (o vivanderos) quienes tenían a su cargo el suministro de la ración de guerra según el rango del personal militar. Los oficiales recibían cada día un “chifle de vino”, galleta y charqui. Los soldados, en cambio, charqui, un jarro de vino y galleta. El tabaco también integraba la dieta, aunque los guerreros sólo podían fumar mientras acampaban. Se fumaba al atardecer, o en la noche, cuando los oficiales habilitaban a sus compañías a formar sus “ranchos” de campaña y exigían apagar las fogatas para evitar que fueran identificados por el enemigo. La calidad o tipo de tabaco distinguía a oficiales y a la tropa: mientras los primeros fumaban cigarros armados con tabaco paraguayo, los soldados consumían el cultivado en Tarija.

El traslado y aprovisionamiento de alimentos, como el stock de caballos y mulas usados para el cruce, debían ser repuestos culminada la travesía. Por tal motivo, San Martín instruyó a sus jefes y oficiales que mientras avanzaran sobre territorio chileno, debían delegar en manos de los “comisionados” la misión de reunir caballos y víveres. La instrucción incluía la obligación de evitar el secuestro de bienes (o saqueo) de los pobladores del lugar. En su lugar, la recolección debía quedar documentada con su correspondiente recibo para ser abonados por la comisaría del ejército. Con ello, San Martín establecía una línea demarcatoria en torno a los derechos de propiedad, y del comportamiento de los generales y las armas de la Patria (previsto en las instrucciones de Pueyrredón) que contrastaba con el despojo de bienes y propiedades que habían distinguido el desempeño de los jefes realistas no sólo en Chile, sino también en Salta y Jujuy que habían gravitado a favor del alzamiento de los gauchos de Güemes. Una vez arribados a Chile debían intentar insurreccionar el valle, y en caso de conseguirlo, reunir las milicias lugareñas colocando a su cabeza a sus antiguos coroneles, siempre y cuando estuvieran comprometidos con la independencia de Chile y América. Asimismo, las instrucciones prohibían a capataces, peones y arrieros regresar a sus pueblos sin licencia o autorización; en caso de no tenerla, serían arrestados y enviados a Mendoza para aplicarlos a obras públicas.

 

Las prácticas de guerrilla en el Cruce de los Andes

 

El avance del ejército en la cordillera preveía un esquema de funcionamiento que hacía de las vanguardias y las partidas de guerrillas, actores primordiales para detectar áreas propicias de aprovisionamiento y descanso, como también para observar y atacar las guardias o posiciones del enemigo. Esa lógica de operaciones de la cual San Martín había sido instructor en la guerra peninsular, y que había habilitado cuando estuvo al frente del Ejército del Norte, entró en conflicto en la noche del 24 y el 25 de enero en el paraje de Picheuta, y en el de Potrerillos, ante movimientos equivalentes practicados por partidas realistas que, al mando del sargento mayor Miguel Marqueli, habían conseguido dispersar la partida al mando de Enrique Martínez, obligándolo a retirarse hasta Punta de Vacas a la espera de nuevas órdenes de Las Heras, quien seguía apostado en Uspallata. El resultado a favor de los realistas no tardó en ser publicado en la “Gaceta del Rey” con el fin de insuflar los ánimos en la capital y en las principales ciudades del reino, y mostrar la capacidad de maniobra de las tropas. Uno de los párrafos del parte de guerra reproducido, hacía evidente no sólo la urgencia de capitalizar el ataque sino también la tónica del antagonismo político: “El campo de batalla quedó para nosotros. Los enemigos recogían con celeridad increíble sus heridos y muertos, los retiraban. Venían tocando marchas francesas e insultándonos; por nuestra parte no se oyó más que «fuego» y «Viva el Rey»”.

Ambos contrastes no frenaron el avance patriota. A fines de enero, la división comandada por Soler abandonaba Manantiales iniciando una de las partes más difíciles del recorrido que la llevaría hasta el paso del Espinacito, a más de 4500 metros sobre el nivel del mar, en la cordillera de la Ramada. Al mismo tiempo, la vanguardia de Las Heras, en el camino de Uspallata, se ponía en movimiento rumbo a la Cumbre para lo cual debían recorrer más de 22 km en medio alturas variables. Mientras tanto, San Martín avanzaba hacia Manantiales, y se mostraba satisfecho con el desempeño del ejército. Así lo consignó a Pueyrredón en el informe fechado el 31 de enero: “Hasta aquí no habido en toda la marcha del ejército el menor extravío, deserción, ni desorden se ha sufrido. Si todo corresponde a tan feliz principio, se puede pronosticar el mejor éxito de nuestra expedición”.

Su confianza no era demasiado distinta a la que animaba a Las Heras quien retomó la marcha logrando hacer pie en Juncalillo distante a pocas jornadas de Santa Rosa de Los Andes, su objetivo principal. Al iniciar la travesía, y luego de avistar tres cadáveres que por el color de piel y cabello dedujo que solo uno era distinguido, había leído a sus subalternos: “Febrero y los santos son otros”. El tono auspicioso del santo y seña del día, y los informes proveídos por las partidas y espías que habían merodeado la guardia enemiga le permitieron evaluar que estaba en condiciones de avanzar porque sus rivales habían abandonado el lugar para atacarlos por flancos y retaguardia gracias a la gran movilidad de cabalgaduras disponibles, y al control que aún mantenían de las villas o centros de recursos de los valles. A su vez, la captura de tres prisioneros lo puso al tanto del número y composición de las tropas enemigas. Por ellos supo que la fuerza de vanguardia estaba conformada por 70 o 80 valdivianos y 20 “colorados”, y que en Santa Rosa había 25 hombres que los habían combatido en Potrerillos días atrás. De sus bocas también supo que en San Felipe estaba el batallón completo de Valdivia, y otros tantos chilotes y colorados. Al contrastar el número de la fuerza enemiga con la propia, Las Heras ordenó que la guerrilla se retirara a la espera de una compañía de Cazadores, y 5 compañías del regimiento n° 11 para que juntas emprendieran el ataque a la guardia antes que los realistas pudieran recibir refuerzos. A la cabeza de la operación militar, ubicó al sargento Enrique Martínez quien antes de dirigir el ataque leyó el santo y seña del día que prometía exaltar el ánimo de sus soldados: “El bravo argentino traspasó los Andes”. Dicha expresión se convirtió en anticipo de la vigorosa acción de fuego que permitió doblegar la resistencia realista integrada por cerca de un centenar de hombres, recoger el armamento y los víveres dispersos en el campo de batalla y ordenar la destrucción de las fortificaciones y la casa de la guardia.

Mientras las armas de la Patria ganaban terreno, y Martínez decidía acampar en las inmediaciones de Santa Rosa, las fuerzas dirigidas por Zelada accedían a Huasco después de dispersar las milicias comandadas por el subdelegado, quien fue perseguido por partidas de guerrillas para evitar que obtuviera refuerzos. Por su parte, Cabot también había sorprendido la guardia enemiga en la Cañada de los Patos permitiéndole tomar prisioneros a los que venían en su remplazo, y seguir hacia Coquimbo, junto al capitán Patricio Ceballos, y un centenar de milicianos despejando toda resistencia entre el vecindario y amedrentando a todo espía o sospechoso. Entretanto, la división que había cruzado por el paso de los Patos, y que emprendía avanzadas con partidas pequeñas desde el Portezuelo del valle Hermoso, recibió la orden de levantar campamento en dirección a las Coymas ante la crucial ventaja obtenida en Guardia Vieja: el combate en el que el capellán del regimiento, el fraile dominico José Félix Aldao, había tenido una “acción bizarra” que, a pedido de Las Heras, era digna de ser reconocida por San Martín. Aquel 4 de febrero también los blandengues de la frontera al mando de Lemos habían llegado a la Guardia de San Gabriel, después de atravesar el paso del Portillo, que encontraron abandonada a raíz del temporal que había asolado el paraje cordillerano. Tres días después, la vanguardia del ejército hacía pie en el valle central dando lugar a la publicitación del bando firmado por Soler: allí precisaba que la guerra era contra los enemigos de la América, y no con el Estado de Chile, y sentaba las condiciones para el enrolamiento general, la clasificación de traidores sobre los indecisos, la subordinación de los jueces territoriales a los comandantes militares, la obligación de los propietarios a entregar el ganado para el servicio del ejército bajo un justo precio y la gratificación de quien se pasara a sus filas con o sin armas.

La ocupación de los pueblos de Aconcagua, Putaendo y de la villa de San Rosa, como los avances obtenidos en el norte, y en el sur, no podían dejar de ser valorados por San Martín. El 8 de febrero ya en San Felipe tomó papel y pluma de su escritorio de campaña para escribir a Pueyrredón: “Nuestra marcha ha sido una serie de sucesos prósperos. Contrastando con la naturaleza vencimos sin novedad alguna la altísima y fragosa sierra de los Andes”. Allí había arribado luego del éxito obtenido en Achupallas, y que había tenido como líder a Antonio Arcos, el oficial español-josefino al que había invitado a integrar el ejército al arribar a Buenos Aires luego de la debacle napoleónica, quien había emprendido el asalto junto con 90 granaderos entre quienes figuraba uno de sus preferidos, Mariano Necochea. La ocupación de San Felipe habilitó a Las Heras a avanzar sobre Santa Rosa por lo que la satisfacción de haber podido controlar las principales villas chilenas le hizo escribir a Pueyrredón: “poseemos una dilatada y fértil porción del Estado de Chile: yo me apresuro a participar a vuestra señoría tan feliz noticia para satisfacción de ese gobierno y los beneméritos habitantes de esa provincia principalísimas causas de tan buenos efectos”.

Vencer los Andes, sus desfiladeros y travesías, era ya una victoria que debía sumarse al hecho que el ejército los había franqueado con su pesada carga de víveres y armamentos. A su vez, los triunfos de Guardia Vieja y Achupallas se constituían en muestra de escarmiento al enemigo por lo que sólo restaba recolectar ganado entre los “buenos hijos” ante la contundente evidencia que los 1200 caballos habían llegado estropeados por la “áspera sierra” y obligado al ejército a descender a pie.

 

San Martín-Biografía

 

Beatriz Bragoni es historiadora, investigadora de INCIHUSA-CONICET, docente de la Universidad de Cuyo. Autora de los libros “San Martín. Una biografía política del libertador” (Edhasa) y “José Miguel Carrera. Un revolucionario chileno en el Río de la Plata” (Edhasa).

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por Beatriz Bragoni

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