Jueves 29 de septiembre, 2022

CULTURA | 09-07-2021 00:01

La pulpería: el lugar clave de la Independencia

Hasta la mitad del siglo XIX, la pulpería fue el lugar de reunión y esparcimiento por excelencia. Allí se idearon los planes de la libertad de la Patria.

Hasta la mitad del siglo XIX, la pulpería fue el lugar de reunión y esparcimiento por excelencia. Allí, las clases populares, tanto de sectores rurales como urbanos, encontraron la posibilidad de compartir la “libertad” de beber, de jugar, de negociar, pero también de manifestar su disconformidad y de expresar todo aquello que era reprimido por las rígidas normas de control social de aquel período.

Algunos datos duros: Según el Archivo Histórico de la Provincia de Tucumán (AHT), en 1807, 25 pulperías pagaron licencia en la ciudad de Tucumán. Para ese año hay estimaciones que hablan de cuatro mil habitantes en esa ciudad, lo cual indicaría una pulpería por cada 160 habitantes. En 1815, apenas 8 años después, se registraron 52 pulperías y la ciudad había pasado a ocho mil habitantes, por lo que la relación era de 1 cada 153.

Esta relación es más significativa si la calculamos sobre la población masculina adulta, que era la que verdaderamente acudía a ese tipo de locales. En 1815 había en la ciudad de Tucumán apenas 952 hombres mayores de 20 años, lo que nos da un promedio de una pulpería cada 18 hombres adultos.

Pero lo interesante del mundo de las pulperías es que, en su interior, los interactuantes no eran superiores ni subalternos, en ellas se daba -en palabras de Sandra Gayol- “una situación de equidad, un equilibrio de conductas recíprocas y de intercambios equivalentes”. Esta característica, lógicamente comenzó a transformar la pulpería en un lugar de debate político que incomodó tanto al poder colonial, como al siguiente poder independiente.

Un ejemplo documentado es el de Miguel Lima, un soldado que fue detenido por Pedro Antonio de Zavalía, alcalde de Tucumán, por estar peleando en la “Tienda Esquina”. Al ser reprendido, parece que Lima no se quitó el sombrero, lo que fue interpretado como una actitud de falta de respeto a la justicia, por lo que el alcalde lo detuvo y lo envió a la cárcel.

En el juicio que se le inició uno de los testigos declaraba “que conoce a Miguel Lima desde la Capital de Buenos Aires, en donde era soldado. Que su genio, cuando está en su juicio, es sociable, pero que cuando toma alguna bebida, por el contrario, es intrépido y provocativo, y que en varias ocasiones vociferó que, a su patrón, Don Alonso, le había dado un trabucazo para que le dé dinero para ir a la pulpería, y que su patrón, de miedo, le dio más de cien pesos”.

Un segundo testigo, Agustín Faveiro, Teniente de Alguacil Mayor y Alcalde de Cárcel afirmó que “hallándose en la puerta de su cuarto vio conducir preso a Miguel Lima, y que este decía en voces altas ‘Gallego de mierda, que me manda preso a ese calabozo, les he de sacar la crisma a todos los que gobiernan el Tucumán’, y habiéndole dicho el declarante que se callase, el acusado le replicó con voces imperiosas que era ‘un ladrón como todos y que no me he de ir de aquí sin beberles la sangre a los que gobiernan la Justicia’, y que todo esto lo dijo en presencia de los demás reos”.

Miguel Lima luego aduciría estado de ebriedad, y por ese motivo el tribunal lo pondría en libertad, ya que “sus delitos y falta de respeto constantes en el sumario ansido efectos dela embriaguez deque se allaba poseido”. Su caso muestra un claro testimonio de que, como dice Thierry Saignes en su libro “Borracheras Andinas: ¿por qué los indios ebrios hablaban en español?, la embriaguez suelta lo reprimido y muestra “el revés de una aparente resignación”.

Por otra parte, el haber vociferado contra la autoridad “en presencia de los demás reos”, aparece como un agravante, ya que Lima habría funcionado como un agitador ante sus pares (el resto de los presos), propalando verdades incómodas que nadie más osaba mencionar y planteando quejas frente a los de rango social superior, una actitud que las rígidas normas de respeto le habrían impedido estando sobrio.

Pero no era sólo el abuso de la bebida lo que preocupaba a los sectores dominantes. El verdadero problema era el rol de “lubricante social” que la pulpería ejercía. Beber en compañía acentuaba las relaciones sociales, lo que a la vez generaba un sentimiento de cohesión, de compartir una misma condición, una misma insatisfacción y, probablemente, un mismo anhelo.

Por eso la constante regulación de las pulperías, muy documentada en el AHT y también en el Archivo General de la Nación, deja ver el temor de los sectores dominantes a una oposición política y al surgimiento en estas actividades “comunitarias” de una capacidad de organización que podría transitar rápidamente de lo social a lo político.

Las autoridades, tanto en la Colonia como en el período independiente, pretendían a través de reglamentaciones, evitar que en aquellos lugares de encuentro el alcohol abriera un espacio de libertad. Se intentaba coartar, o al menos limitar, un ámbito propicio para el desarrollo de una experiencia grupal de libertad y autonomía, aunque fuera en un plano simbólico o imaginario.

El intelectual de izquierda, Luis Mattini, afirma que existen dos clases de personas en el ámbito revolucionario: los revolucionarios propiamente dichos y los rebeldes. Es cierto, obviamente ninguno de estos borrachines tuvo el poder social suficiente como para subvertir radicalmente las normas y convenciones sociales de la época, pero al enfrentarlas, ponían en evidencia que era posible imaginar formas alternativas de ordenamiento social. Pura rebeldía.

Lo que es seguro, es que aquella noche del 9 de julio de 1816, se bebió fuerte, se jugó a los dados, a las cartas y, seguramente, las guitarras sonaron hasta bien tarde.

 

*Nicolás González es alumno de la Escuela de Comunicación de Perfil

por Nicolás González

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