Sunday 16 de June, 2024

CULTURA | 03-09-2023 07:25

Sin lugar para los cinéfilos

¿A dónde fueron a parar las películas de autor, desalojadas de las grandes salas por los “tanques”? ¿Y qué fue del público de los films de culto?

Quizás haya que recordarlo a esta altura del siglo XXI, pero hubo un tiempo en el que se decía que Buenos Aires era una ciudad cinéfila, donde la cultura cinematográfica era rica. Cuando a mediados de los noventa se preguntaba a los popes de la vieja cinefilia, por qué en esta ciudad no había un circuito de salas de arte y ensayo como en París o Nueva York, la respuesta era que no había hecho falta, porque Bergman o Godard iban derecho a las grandes salas de estreno. Tal cosa es a medias cierta; lo que sí es cierto es que las carteleras cinematográficas tenían una diversidad que hoy no tienen y que es imposible recuperar. La gran pregunta, en todo caso, es qué pasó con aquella cinefilia, si ha quedado algo; y dónde y cómo se puede acceder a otro tipo de cine diferente del que nos propone el circuito comercial.

Persona de Ingmar Bergman

Primero, qué pasó. El negocio, globalmente, se dedicó a los “tanques”, que son cada vez más caros y, por lo tanto, requieren, para recuperar su inversión, cada vez más público. Si nota que esas películas se vuelven más ñoñas y llenas de fórmulas apresuradas, es porque hay que llevar mucha gente y no dejar a nadie afuera. Los cines no ganan dinero con las entradas -el modelo “de antes”- sino con la venta de snacks y bebidas. No hay que desdeñar a ese público: es el que sostiene al cine (e, incluso, alguna de esas películas puede ser buena). Pero hay algo más: la permanencia en pantallas, en tiempos de plataformas, es cada vez menor. Así que la fórmula para que esas películas vendan mucho pochoclo, es que saturen la plaza. Argentina es una plaza pequeña: no más de 900 pantallas. Y de todos modos, se ve más cine que en los años setenta. Aunque no sea en salas.

Federico Fellini

Con menos variedad en pantallas, también se ha formado en veinte años un público cuya identificación de la “experiencia-cine” pasa menos por la curiosidad de descubrir lo nuevo, que por disfrutar de lo conocido. Y lo hace desde una hipertrofia sensorial que tampoco tiene mucho que ver con el realismo. Una sala IMAX no muestra proporciones reales, ni el sonido envolvente de los complejos multisala se asemeja a lo que experimentamos en el mundo que conocemos. Así, los temas y personajes que alimentan el cine de gran presupuesto, el masivo, son el vector para una experiencia que no es exactamente ser testigos de una historia ajena y curiosa que transcurre en un universo paralelo al nuestro; sino de otro tipo de experiencia, una totalmente sensorial y visceral como la de una montaña rusa.

El otro cine

 Esto no implica que no haya espacio para lo que conocimos como cine. Lo hay, sólo que está mucho más escondido o restringido, y ha cambiado de ventanas. Ese “público en disminución” de todos modos aspira al relato audiovisual, sólo que en medida creciente este cine que no apela directamente a lo sensorial (aunque sí a lo espectacular: toda película es un espectáculo, toda película es más grande que la vida) se refugia en las plataformas. Basta ver las grillas de Mubi, la plataforma dedicada sobre todo a cine de festivales y revisiones, o de Qubit, que tiene como norte la revisión y los clásicos, para descubrir que gran parte del cine está disponible para quien quiera verlo. Pero también es cierto que la aparición en salas y una correcta difusión permiten ampliar esa audiencia. Eso es lo que no sucede.

Malba

Hay salas, sobre todo en Buenos Aires, que siguen apostando por convertirse en un territorio alternativo (incluso si allí se difunden películas que fueron masivas, no demasiado tiempo atrás). La Sala Lugones, del Teatro San Martín, es algo así como la decana, con sus ciclos dedicados a temáticas y realizadores infrecuentes en la cartelera. Lo mismo con las más nuevas salas del Cultural San Martín, que apelan a un cine un poco más popular y a los géneros. El Malba-Cine suele incluir en su programación una nada desdeñable cantidad de películas argentinas recientes que no resultan interesantes para el circuito comercial. Y el Bellas Artes-Cine, desde hace algunos años, está generando un público con la alternancia de realizadores y ciclos también fuera de lo comercial (es, de todos los mencionados, el único espacio gratuito). Allí se refugia lo que podríamos llamar “cinefilia clásica”: los espectadores más especializados o que buscan la revisión de placeres del pasado.

Teatro San Martín

Pero más allá de estos lugares, la cinefilia y el espectador que aún busca el horizonte de la historia y del actor por encima de la sensación física se refugia masivamente en el streaming. El pensamiento (no del todo desacertado) es “si esto no es gigante, ¿por qué no verlo en casa?”. Y además, la tecnología de reproducción de imagen y sonido en el hogar contribuyen. Es cierto: en la Argentina de hoy es un poco aventurado decir que el precio de tales equipos es accesible, o el abono a tal o cual plataforma. Pero es necesario verlo con perspectiva: toda la tecnología se abarata con el tiempo y esta crisis no será eterna (quiénes quedarán en pie luego es para discutirlo en otro lugar; mientras tanto, recemos).

Amigos de Bellas Artes

Los festivales

Más allá de estos apuntes, hay algo más que merece señalarse. Los festivales de cine (la Argentina tiene dos importantes, Bafici y Mar del Plata, que aún resisten a pesar de las condiciones económicas catastróficas de nuestro país) tienen mucho público, pero lo que atrae es menos la selección de filmes que formar parte de un evento. No son “las películas” las que convocan (porque “las películas” se pueden conseguir de diferentes maneras y sin moverse de casa) sino el “formar parte”.

Barbie

¿Qué hizo de “Barbenheimer” (Barbie más Oppenheimer) un éxito? La idea de ver dos películas completamente diferentes pero de grandísimo presupuesto al mismo tiempo, la parte lúdica del asunto, no Barbie u Oppenheimer en sí mismas. Y de hecho, cabe pensar si el éxito que tuvo en los sesenta y setenta, en los “cines de la L” (Lorange, Lorraine, Losuar y Loire), por ejemplo, Ingmar Bergman; no tenía que ver también con formar parte de la conversación, de lo que se decía entonces. En ese punto, han cambiado los canales (redes sociales, versus, café en el Bar La Paz, hoy franquicia de sushi) pero no la idea central de lo comunitario del cine. Lo mismo para las recomendaciones de streaming. Esta conversación es la que crea esos nuevos profesionales del evento que llamamos “influencers”. Pero es lo de menos.

La cinefilia no desapareció: lo que parece suceder es que se ha disuelto, ha dejado de tener un centro y aún debe reencontrar el modo de recuperar la curiosidad hacia lo que es diferente. Pero lo mismo pasa con todo, desde la música hasta la política, desde la gastronomía hasta las relaciones eróticas. El cine, reflejo moderno del mundo, no podía ser ajeno a tales movimientos.

 

*Crítico de Cine de NOTICIAS.

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Leonardo D'Espósito

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