Martes 5 de julio, 2022

CULTURA | 14-06-2022 15:22

Una epidemia de vidas solitarias

A partir de la Segunda Guerra, el aislamiento de la población empieza a formar parte de las preocupaciones de los gobiernos. Desde el psicoanálisis, la soledad no elegida es analizada en relación al sufrimiento físico y mental que produce.

El aislamiento se identificó por primera vez como un problema moderno durante el conflicto con Hitler. En el extenso período transcurrido entre Dunkerque y el desembarco en Normandía, el frente interno se consideró crucial para la defensa del país. Por primera vez en una democracia liberal, el gobierno (de Gran Bretaña) comenzó a interesarse de manera sistemática en los sentimientos que la gente del común tenía sobre su vida. Así como antes había sido suficiente con que obedecieran la ley, observaran los dogmas básicos del cristianismo y reprodujeran generaciones sucesivas de trabajadores disciplinados, ahora era importante conocer lo que se denominaba vagamente su “moral”. Existía el temor de que las primeras derrotas militares, combinadas con el bombardeo de centros de población y el racionamiento de los artículos de primera necesidad, socavaran la voluntad de resistir. En medio de la dislocación social del conflicto, era de particular interés la perspectiva de las mujeres. Mientras se llamaba a filas a sus maridos y se evacuaba a sus hijos, existía el peligro de que ellas se volvieran contra el esfuerzo nacional, debilitando así la disciplina de las tropas y disminuyendo su aporte a la economía de guerra.

Se encargaron entonces investigaciones, sobre todo a Mass Observation, de cuya fundación previa a la guerra sacaron partido políticos ansiosos. La atención se centró en una categoría de la experiencia rara vez mencionada o reconocida. “En los casos en que el reclutamiento afecta de cerca a las mujeres —informaba un estudio de 1940—, su angustia y aislamiento se convierten en el tema principal de sus pensamientos. En diarios, conversaciones y cartas hay historias de madres que han quedado solas y son, al parecer, incapaces de adaptarse a la situación”. Perdían a sus hombres, reclutados por las fuerzas armadas, y sus hijos eran enviados a lugares lejanos. Si mantenían su papel de madres, tenían que abandonar sus redes familiares de apoyo en los pueblos y las ciudades. “Para la mayoría de ellas —comprobaba Mass Observation—, con excepción de las muy jóvenes o las más adaptables, esto significó no el comienzo de una nueva vida social, sino simplemente la destrucción de la anterior, y no condujo a otra cosa que al encierro y el aislamiento”. Sin embargo, la conclusión de las investigaciones no era que la falta de compañía implicara una actitud de rechazo del esfuerzo bélico. Al contrario, generaba un cambio de énfasis por lo cual se pasaba del dominio privado al público. “Una vez llamados a filas maridos e hijos varones y evacuados muchos niños —informaba Mass Observation—, las mujeres tenían pocos incentivos para querer permanecer en la soledad de su casa maltrecha e incómoda, apartadas de la sociedad, ya que el punto focal de la sociedad moderna se encuentra […] en las oficinas, fábricas y talleres, no en los hogares”. Las formas del esfuerzo bélico variaban desde la ampliación de los papeles tradicionalmente desempeñados por las mujeres jóvenes en particular hasta el reemplazo de los hombres en la industria pesada. Junto con diversos tipos de actividad voluntaria, el reclutamiento militar de las mujeres comenzó en 1940.

Una respuesta común a los nuevos deberes era una sensación de escape del monótono encierro de la vida hogareña. Un informe de 1940 sobre “las mujeres en el esfuerzo bélico” señalaba: “Tal vez sea porque están solas o aburridas, [pero] el deseo de estar con otra gente es particularmente notorio”. En vez de que el aislamiento probara ser un obstáculo a la lucha colectiva, su evitación se convertía en un incentivo para la acción. Nella Last, que llevó uno de los diarios más detallados de los años de guerra, se sintió cada vez más deprimida al inicio del conflicto. La vida en casa era ardua y solitaria. Sus hijos varones mayores estaban en las fuerzas armadas; tenía poca comunicación comprensiva con su marido, de quien pensaba que nunca debería haber dejado a su madre, y el duro esfuerzo de manejar la economía doméstica con raciones de guerra desgastaba su ánimo y sus energías. Pero luego se incorporó al Women’s Voluntary Service (wvs) de su ciudad natal, Barrow-inFurness, que administraba un centro de apoyo a una serie de iniciativas públicas en el lugar. El escape del silencio doméstico suscitó una celebración inmediata: “He encontrado compañerismo —escribió en su diario en septiembre de 1940—, y risas y alegría inesperadas, comprensión y simpatía. Estas sacaron a relucir insospechados pequeños dones con ideas y organización para ganar dinero. […] He encontrado una serenidad mental y una resolución que el año pasado, a esta altura, eran o parecían ser imposibles, y doy gracias a Dios y rezo para conservarlas y que sean aún más grandes cuando surja la necesidad”.

Ella fue una de las muchas personas para quienes el final del conflicto implicó la reaparición de un sentimiento de pobreza social. En retrospectiva, el esfuerzo comunitario en la wvs había sido el punto alto de su vida en la ciudad. El descubrimiento del aislamiento durante la guerra se expandió después de 1945 hacia dos áreas conectadas. La planificación de la nueva sociedad contemplaba un creciente problema de relaciones sociales entre los ancianos. Durante el siglo XIX, la proporción de la población de 65 años o más se mantuvo estable en un 4% o 5%. Comenzó a crecer en el período de entreguerras y llegó a casi el 12% en 1961, en camino a su nivel actual, situado apenas por encima del 18%. El primer gran examen de este sector de la sociedad lo realizó J. H. Sheldon ya en 1948. “El aislamiento […] es de considerable importancia, no solo por su patetismo inherente, sino también porque parece haber algunas razones para suponer que puede contribuir a precipitar un colapso de la salud mental en los ancianos afectados”. Estudios adicionales realizados en las décadas de 1950 y 1960 confirmaron su conclusión básica. La intensidad de la experiencia de quienes informaban estar solos era variable. En el centro del problema se situaba la pérdida: “Aproximadamente la quinta parte de los ancianos de la muestra —señalaba Sheldon— se vio afectada en alguna medida por el aislamiento. Su gravedad va de una sensación intermitente a una desolación anímica cuya experiencia es desgarradora. Esta última se constata casi siempre cuando un anciano ha perdido a su cónyuge y, entonces, tiene que vivir solo, o es el único sobreviviente de una familia de hermanos que antes vivían juntos”.

Entre los estudios de posguerra realizados con ancianos, el más influyente fue el dirigido por Peter Townsend en 1957. Este comprobó que “la razón subyacente del aislamiento en la vejez es, más que el encierro, la desolación”. La ruina de la salud y el ánimo tenía que ver con la pérdida irreversible de un compañero íntimo de larga data. En ese grupo, el sufrimiento era agudo. “Me siento tan solo —informó uno de los participantes en el estudio— que podría llenar la tetera con lágrimas”. En una encuesta transnacional ulterior, se comprobó que entre el 2% y el 3% de los ancianos vivía sin absolutamente ningún contacto humano significativo. El cambio demográfico reforzó la investigación cualitativa. La posguerra fue testigo del aumento despiadado de los hogares unipersonales. El cambio resultó particularmente dramático entre los ancianos. Hacia fines de los años sesenta, una cuarta parte de los hombres y apenas por encima de la mitad de las mujeres de más de 65 años vivían solos. En este grupo, el determinante más común de la estructura del hogar era la transición hacia la viudez.

El segundo factor generador del interés de posguerra en el aislamiento fue la reactivación del programa de eliminación de asentamientos informales. Mientras las urbanizaciones municipales recibían a sus nuevos inquilinos y el Partido Laborista perdía una serie de elecciones en los años cincuenta, los investigadores procuraron comprender las consecuencias del rápido cambio en la vida urbana. Se afirmó entonces que la mudanza de los barrios marginales generaba nuevas formas de distancia social. Se decía que el centro de la vida familiar se trasladaba al interior doméstico. A cambio de más habitaciones, agua corriente y jardines, los residentes de las nuevas casas parecían haber perdido contacto con sus vecinos. Los hombres viajaban más de ida y vuelta de sus trabajos y las tiendas y otros recursos comunitarios se instalaban con lentitud. Las encuestas reducían de manera radical la transición de una cultura basada en la calle a otra basada en la casa, que había sido visible en ciudades grandes y pequeñas desde al menos fines del siglo XIX, y sobrestimaban la calidez comunitaria de los viejos barrios, a los cuales pocos de los nuevos inquilinos deseaban volver. No obstante, había fundamentos en su examen de los aprietos de las esposas trasplantadas, que en sus nuevas casas se veían frente a la falta de compañía adulta durante los largos días. Un estudio de posguerra sobre los matrimonios de clase obrera comprobó que “en muchas casas, sobre todo las de los suburbios en crecimiento, se advierte el aislamiento y el encierro de las mujeres desconectadas incluso de sus parientes, y la consecuente monotonía de su vida”. En el estudio más influyente, publicado en 1957, y del que a lo largo de la década de 1960 se vendió medio millón de ejemplares de una edición en rústica de Penguin, Michael Young y Peter Willmott descubrían que en su urbanización municipal de referencia, “Greenleigh” (Debden), las mujeres eran particularmente vulnerables. “Las que no siguen a sus maridos a la sociedad del lugar de trabajo —y el aislamiento es una de las razones comunes para hacerlo— tienen que pasar a solas la jornada, ‘mirándonos al espejo el día entero’, según decían”.

Las investigaciones sociales reflejaban una preocupación creciente frente a la posibilidad de que las fuerzas de la modernidad estuvieran generando imprevistos problemas de sociabilidad. La combinación entre el Estado de bienestar y el auge del consumo de posguerra producía un choque entre la gratificación individual y las relaciones íntimas. Lo que Mark Abrams describía en 1959 como la “sociedad centrada en la casa” creaba nuevos riesgos de encierro. El aislamiento se consideraba como el síntoma visible de una tensión cada vez más inmanejable entre la búsqueda de confort material y el cultivo de relaciones personales estables y satisfactorias. En ese proceso, el Estado de bienestar era un bien ambiguo. Si la ambición era solucionar las carencias de la depresión y la dislocación doméstica de tiempos de guerra, el resultado era una nueva categoría de víctima. Una serie de reformas que iban desde la destrucción de comunidades establecidas desde mucho tiempo atrás hasta la creación de una burocracia oficial más grande y poderosa hacían que los miembros más vulnerables de la sociedad, incluidas las madres jóvenes y los ancianos, fueran impotentes para impedir la desaparición de las redes de apoyo. La descripción más icónica de este proceso fue la película para televisión “Cathy Come Home”, de 1966, dirigida por Ken Loach sobre un guion de Jeremy Sandford. En ella, la joven familia de Cathy se desarma poco a poco debido a la combinación de un marido inútil, vecinos cada vez menos solidarios y una serie de funcionarios de cara larga. En la última escena, la protagonista queda desconsolada y sola cuando los servicios sociales se llevan a la fuerza a sus hijos.

La resonancia del aislamiento aumentó por obra de avances contemporáneos en la pujante disciplina de la psiquiatría. Cada vez se hacía más referencia al impacto de los estados de ánimo en el bienestar físico. Cuando los progresos médicos prometían por fin una victoria sobre la tuberculosis y otras enfermedades mortales hasta entonces imposibles de prevenir, la atención se volvía hacia los beneficios potenciales que podían obtenerse mediante el tratamiento de la enfermedad mental. “Antaño, la enfermedad infecciosa fue la principal causa de muerte y discapacidad —proclamaba G. M. Carstairs en la conferencia Reith de 1962—, pero hoy son otras las fuentes donde encontramos amenazas para la vida y la plenitud del ser”. Al mismo tiempo, el concepto de disfunción psicológica se amplió para incluir enfermedades capaces de afectar a grandes sectores de la sociedad. El discurso se basaba en la experiencia de dos guerras mundiales, tanto en el frente como en el país. Se identificaron nuevos tipos de sufrimiento cuya incidencia era extendida y cuyos orígenes estaban en circunstancias extremas de la experiencia cotidiana. El interés de la profesión ya no se limitaba a las personas internadas en asilos, donde había ciento cincuenta mil pacientes en la década de 1950. Al contrario, un corpus creciente de investigaciones, particularmente asociadas al trabajo de Erving Goffman, sostenían que la reclusión prolongada era en sí misma un motor de sufrimiento. Tanto la localización de la enfermedad mental como las causas del colapso nervioso debían buscarse en la familia y la comunidad en las que estas estaban inmersas. Era preciso investigar las relaciones sociales con las que los pacientes habían cargado en su niñez o las estructuras en las cuales vivían ahora.

En 1959, un trabajo de la distinguida psicóloga germanoestadounidense Frieda Fromm-Reichmann, publicado póstumamente, incorporó la afección del aislamiento a la creciente lista de enfermedades mentales. Fromm-Reichmann afirmaba que “el miedo al aislamiento es el destino común de los integrantes de nuestra cultura occidental”. Como consecuencia, las estrategias de resistencia estaban incorporadas al manejo de las relaciones sociales. “El aislamiento —escribía Fromm-Reichmann— parece ser una experiencia tan dolorosa y temible que la gente hace prácticamente de todo para evitarlo”. El miedo a estar solo daba forma al manejo de las relaciones sociales y, a la vez, impedía una consideración perspicaz de sus características. La incidencia real del aislamiento era capaz de producir una destrucción ilimitada en el ser interior del individuo. “El aislamiento real —explicaba FrommReichmann— […] conduce en última instancia al desarrollo de estados psicóticos. Paraliza emocionalmente y deja desamparadas a las personas que lo padecen”. La categoría decimonónica de melancolía renacía como una enfermedad letal que, causada por la ausencia de intercambio social, al mismo tiempo impedía a quien la padecía entablar una comunicación interpersonal eficaz. El psicólogo se veía frente a un paciente al que su experiencia forzaba al silencio. “En su forma prototípica —escribía Fromm-Reichmann—, este aislamiento es de una naturaleza tal que quien lo sufre no puede comunicarlo”. La práctica misma de la profesión psiquiátrica estaba en riesgo. El paciente, en el diván, ya no podía hacer un relato de su colapso nervioso.

El aislamiento era un caso especial de un fracaso de las relaciones sociales que amenazaba en todas partes al ciudadano de la posguerra. Sus raíces se buscaban cada vez más en el desarrollo infantil, sobre todo tal como lo planteaba el influyente trabajo de John Bowlby. Diversas formas de delincuencia adulta y sufrimiento psicológico se remontaban a la naturaleza del apego del bebé a su madre. “Entre los desarrollos más significativos de la psiquiatría durante los últimos veinticinco años —escribía Bowlby en 1952—, se cuenta el constante aumento de las pruebas de que la calidad del cuidado parental que el niño recibe en sus primeros años es de vital importancia para su salud mental futura”. Bowlby compartía con los investigadores sociales de su tiempo la conclusión de que, en el caso de los miembros más vulnerables de la sociedad, las formas de la modernidad estaban erosionando sistemas de apoyo más amplios. “El problema de los niños desfavorecidos quizá solo llegue a una grave escala en comunidades donde el grupo familiar más amplio ha dejado de existir. Esta situación caracteriza a muchas comunidades de la civilización occidental”. La solución no estaba en los intentos de sustituir la iniciativa colectiva perdida. Ningún servicio social o médico, por bienintencionado que fuera, podía reproducir el lazo crucial con la figura materna que, escribía Bowlby, está “en contraste con la privación casi total que aún es frecuente en instituciones, guarderías residenciales y hospitales, donde el niño carece muchas veces de alguien que lo cuide de manera personal y con el cual pueda sentirse seguro”. Lo importante, a su entender, era no solo la presencia física de la madre, sino la relación íntima que se desarrollaba con el bebé en crecimiento. Otro adulto podía desempeñar ese papel, siempre que fuera una presencia constante y cariñosa. El daño, que podía extenderse a lo largo de toda la vida, se provocaba cuando el niño se sentía solo con su madre, por carecer de un marco íntimo dentro del cual fuera posible elaborar los sentimientos iniciales de angustia y culpa. Tras los primeros seis a doce meses, era muy difícil reparar el daño. El psiquiatra se encontraba en cambio frente al doble vínculo esbozado por Fromm-Reichmann, con un adulto asocial incapaz de interactuar con sus contemporáneos o con el profesional que procuraba aliviar su afección.

Hasta la publicación en 1989 del precursor estudio de Anthony Storr, pocos psicólogos se interesaban en el límite entre aislamiento y soledad. La gran excepción fue un contemporáneo de Bowlby, Donald Winnicott.

Este reaccionó contra la insistencia dominante en el estado negativo entre sus colegas y en la sociedad en general. “Probablemente sea válido decir —señalaba en 1958— que en la literatura psicoanalítica se ha escrito más sobre el 'miedo' o el 'deseo' de estar solo que sobre la 'aptitud' de estar solo. […] Me inclino a pensar que nos debemos una discusión sobre los aspectos 'positivos' de la capacidad de estar solo”. Sus investigaciones sugerían que la capacidad de sentirse satisfecho con la compañía de sí mismo era un rasgo normal y necesario del niño en crecimiento. El hecho de estar solo se redefinía como un estado positivo. La observación empírica indicaba que “mucha gente llega, en efecto, a ser capaz de disfrutar de la soledad antes de salir de la infancia, y pueden incluso valorarla como una sus más preciosas posesiones”. La clave de este logro estaba en la manera en que el bebé aprendía a estar solo en presencia de su madre. En el centro de ese desarrollo exitoso había una paradoja. El niño únicamente podía aprender a estar solo si estaba presente un adulto en quien confiaba. El trabajo de Winnicott sentó las bases para ulteriores exploraciones de la soledad, pero en su propio tiempo no consiguió en modo alguno morigerar la aprensión acerca de las consecuencias de una crianza distante. Todo giraba alrededor de la calidad de la comunicación entre los miembros íntimos de la familia. El desarrollo exitoso seguía siendo “dependiente de la conciencia que el bebé tiene de la existencia continua de una madre confiable cuya confiabilidad hace posible que aquel esté solo y disfrute de estarlo, por un período limitado”. Las rupturas de las relaciones domésticas, sobre todo en los críticos primeros años, eran una gran amenaza a la ulterior salud mental adulta.

Junto con la preocupación por la mala salud psicológica y las formas asociadas de comportamiento antisocial, ha habido un crecimiento más reciente de los estudios sobre las consecuencias corporales del aislamiento. Los orígenes de la investigación actual pueden, otra vez, situarse en las décadas de la posguerra. La creación del Servicio Nacional de Salud, unida a un compromiso de brindar viviendas e ingresos adecuados a una población anciana en expansión, planteó la pregunta aún sin respuesta de si el Estado no estaba generando costos que nunca iba a poder solventar en su totalidad. Los primeros estudios de J. H. Sheldon, Jeremy Tunstall y otros comenzaron a ocuparse de las implicaciones para la salud de la supervivencia hasta edades avanzadas, particularmente entre quienes eran viudos y vivían solos. Al mismo tiempo, la disciplina de la epidemiología, aún en su infancia a fines de los años cuarenta, empezó a proporcionar las herramientas para medir la interacción entre comportamientos sociales y resultados médicos en poblaciones completas. Una evolución adicional y más reciente fue el aumento del interés en la interfaz entre salud psicológica y salud fisiológica y, más puntualmente, la cuestión de si los estados de ánimo podían causar efectos biológicos específicos, incluida una mortalidad prematura. Lo que Judith Shulevitz denominó “la letalidad del aislamiento” se convirtió en tema de extendidos comentarios entre políticos, grupos de presión y la prensa. La lista de resultados posibles creció con rapidez. Hacia el momento en que el gobierno británico lanzó su estrategia contra el aislamiento en 2018, la situación se asociaba a prácticamente todas las crisis médicas contemporáneas: “Se estima que su impacto en la salud —afirmaba el documento— está en el mismo nivel que otras prioridades en materia de salud pública, como la obesidad o el hábito de fumar. Las investigaciones muestran que el aislamiento se asocia a un mayor riesgo de inactividad, consumo de tabaco y comportamientos arriesgados; mayor riesgo de enfermedad coronaria y derrame cerebral; un mayor riesgo de depresión, baja autoestima, mención de problemas de sueño y una mayor respuesta al estrés, y deterioro cognitivo y un mayor riesgo de alzhéimer”.

El lenguaje alarmista mezclaba una serie de complejidades irresueltas en la investigación. Como todos los comentarios en este campo, dependía de la descripción que la propia población objetivo hacía en respuesta a las encuestas con cuestionario. Así, por ejemplo, John y Stephanie Cacioppo, que tenían abundantes publicaciones en el campo de la neurociencia social, insistían en The Lancet en que un tercio de la población de los países industriales padecía de aislamiento y una de cada 12 personas lo padecía “severamente”. Sobre la base de ese descubrimiento, afirmaban que los efectos “no son atribuibles a alguna peculiaridad del carácter de un subconjunto de individuos, son el resultado del problema que afecta a las personas comunes y corrientes”. Por otra parte, dicho problema era “contagioso”, afirmación que prestaba respaldo a quienes se referían con desenvoltura a una “epidemia” de aislamiento. Pero, a diferencia de anteriores inquietudes en materia de salud pública, como el hábito de fumar y la obesidad, a los cuales se asociaba la nueva crisis, no había una medida objetiva del sufrimiento. Los cigarrillos podían contarse y a la gente podía pesársela. En el caso del aislamiento, empero, las distinciones entre grave y menos grave eran en su mayor parte un constructo de los investigadores, que aplicaban categorías adjetivales como una manera de ordenar sus datos. La escala de aislamiento de la University of California en Los Ángeles, que desde 1978 ha sido la base del 80% de la investigación empírica en Estados Unidos, requiere que los encuestados se incluyan por sí mismos en uno de cuatro casilleros: “nunca”, “rara vez”, “a veces” o “a menudo”. La escala es internamente coherente y genera estadísticas que pueden compararse a lo largo del tiempo o en relación con otros fenómenos. No refleja, sin embargo, la complejidad de la experiencia a lo largo de una vida. No hay una razón intrínseca por la cual el aislamiento, como cualquier estado emocional, deba incrementarse a través de cambios sustanciales, sin importar cómo se los llame y quién lo haga. En un nivel más granular, el aislamiento tampoco avanza necesariamente en una única escala de intensidad. Algunas de sus formas no son más o menos que otras, sino tan solo diferentes. La soledad misma ha sido pocas veces objeto de una medición cuantificable. (…) A pesar de todas las deficiencias metodológicas, el aislamiento se ha convertido en un acontecimiento estadístico y es probable que siga siéndolo, porque desde la Segunda Guerra Mundial se lo ha visto cada vez más como un asunto para el debate y la intervención política. El intento limitado que se ha hecho hasta el momento de establecer una escala de la soledad solo ha logrado demostrar que, en un grupo de estudiantes de grado, quienes sienten preferencia por ella tienden a pasar más tiempo a solas. ●

 

*Por David Vincent, profesor en The Open University y Keele University, Reino Unido. Investiga la historia británica y europea, especialmente en la cultura popular, también la historia del secreto, la privacidad y la soledad. Su libro “Una historia de la soledad” (FCE) ha sido publicado recientemente en la Argentina.

 

por David Vincent*

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