El partido ya quedó en las estadísticas, pero el verdadero trabajo empezó después del pitazo final. Mientras las cámaras enfocaban los festejos, puertas adentro el cuerpo de Leandro Paredes entraba en modo recuperación. El volante central de Boca Juniors, figura del último Superclásico, es parte de una generación de futbolistas que ya no entienden el rendimiento sin tecnología aplicada al cuerpo. Y en ese ecosistema, la fotobiomodulación —la terapia con luz roja e infrarroja— ocupa un lugar central.
Lejos de los métodos tradicionales basados solo en hielo, masajes o reposo, el “5” xeneize combina distintas herramientas que apuntan a acelerar los procesos biológicos internos. La clave está en una tecnología que, hasta hace pocos años, era exclusiva de clínicas y deportistas de élite: la exposición controlada a luz en longitudes de onda específicas, entre los 600 y los 1000 nanómetros.

No es una moda. Es ciencia aplicada. La llamada terapia de luz roja actúa directamente sobre las mitocondrias, las estructuras celulares encargadas de producir energía. Al estimularlas, incrementa la generación de ATP —el combustible del cuerpo— y modula la inflamación, dos factores decisivos después de un partido de alta exigencia como un Boca-River.
El resultado es concreto: menos daño muscular, menor fatiga y tiempos de recuperación más cortos. En un calendario cada vez más exigente, donde los futbolistas juegan cada tres o cuatro días, esa diferencia es competitiva.
El propio campo científico viene validando estos efectos. Investigaciones relevadas por organismos como los National Institutes of Health muestran mejoras en la recuperación muscular y reducción de marcadores inflamatorios en atletas sometidos a este tipo de terapias. Michael Hamblin, investigador de Harvard y uno de los referentes en la materia, sostiene que el impacto en la regeneración celular es uno de los factores clave detrás de su crecimiento.

En el caso de Paredes, el proceso no es aislado sino parte de un protocolo integral. La rutina incluye sistemas de compresión secuencial para piernas —que favorecen la circulación y reducen la fatiga— combinados con calor y sesiones de fototerapia que penetran en el tejido muscular profundo. Dispositivos como paneles de luz infrarroja o versiones portátiles para zonas específicas permiten trabajar desde la sobrecarga general hasta molestias puntuales.
El objetivo es claro: sostener el rendimiento sin pagar el costo físico. Porque si algo cambió en el fútbol moderno es la lógica del desgaste. Ya no alcanza con entrenar bien; hay que recuperarse mejor.
Este tipo de tecnología, desarrollada por compañías como Boss Recovery, forma parte de un cambio más amplio en la cultura del deporte. La recuperación dejó de ser un momento pasivo para convertirse en una instancia activa, medible y optimizable. Equipos de primera línea —incluidos Boca y River— ya incorporan estas herramientas en sus rutinas, y futbolistas de élite las trasladan incluso a su vida cotidiana.

Pero el fenómeno va más allá del alto rendimiento. La expansión de estos dispositivos hacia el público general refleja una transformación en la manera de entender el cuidado del cuerpo. En un contexto atravesado por el estrés, el sedentarismo y la sobrecarga física, la posibilidad de acceder a tecnologías que antes eran exclusivas del deporte profesional empieza a redefinir la relación entre salud y bienestar.
En definitiva, lo que mostró Paredes en el Superclásico no se explica solo en los 90 minutos. También se construye en la intimidad de la recuperación, en esas horas invisibles donde la tecnología, la ciencia y la disciplina trabajan para que el cuerpo vuelva a estar listo.
Ahí, en ese terreno silencioso, también se juegan los partidos.
por R.N.















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