DEPORTES | 29-11-2022 09:41

Fernando Aguerre, el verdadero embajador de las olas

Surfer y empresario, generó de su deporte preferido un estilo de vida y un negocio que trascendió las fronteras, hasta instalar su embajada en Buenos Aires.

Nada parece casualidad en la vida de Fernando Aguerre. Desde aquel primer torneo que organizó, en el Torreón del Monje, en el verano de 1978, en plena dictadura militar, cuando el surf no estaba bien visto e, incluso, prohibido en algunas playas. Casi 39 años después, vestido con una clásica camisa estilo hawaiano, una corbata de seda y un sombrero de paja, el padre del surf olímpico está parado, sonriente, en la esquina de las calles Gurruchaga y Russel, en pleno corazón de Palermo Soho, espera la llegada de uno de sus grandes amigos, el cantante de Catupecu Machu, Fernando Ruiz Díaz, para festejar la apertura de lo que él denominó “la embajada de las olas”.

Sucede que fue en el surf que Aguerre encontró su marca personal. Fue el creador de Reef, un proyecto que trascendió las fronteras y logró posicionar a nivel mundial como una de las marcas más emblemáticas del surf que luego vendió. Pero no se quedó ahí. En su haber estaba su amada Ala Moana, marca que gestó en 1979 junto a su madre y su hermano Santiago, que pasó por momentos críticos que logró superar y hoy abre su primer surfshop en la Ciudad de Buenos Aires.

Fernando Ruiz Díaz y Fernando Aguerre
Fernando Ruiz Díaz y Fernando Aguerre

Una vida de surf

Es uno de los pioneros del surf en el país. Y nada es casualidad. Todo lo que le pasó en la vida a Aguerre tiene que ver con ser “un idealista práctico”. Así se define este surfista, empresario y líder deportivo que logró lo que ningún otro dirigente argentino ni siquiera intentó: y es que fue el mentor de que su deporte amado sea aceptado como tal en los Juegos Olímpicos.

A fin de los 70, con su hermano, Fernando ideó unas sandalias porque las ojotas tradicionales no les servían porque tenían pie plano y, cuando iba al agua, se arruinaban. Entonces, crearon un modelo de goma resistente al agua y decidieron ofrecerlas. En el primer verano vendieron 200 pares sin imaginar que sería el puntapié de una marca que haría historia en el surf. Porque en 1984, cuando ambos estaban instalados en California, EE.UU., el negocio explotó, llegando a vender 4 millones de pares por año y exportarlas a 100 países. En 2005 los hermanos decidieron vender la marca Reef, por una cifra millonaria, a un conglomerado estadounidense.

Fernando Aguerre y el Zorrito Von Quintiero
Fernando Aguerre y el Zorrito Von Quintiero

En 2012, cuando Fernando empezó a volver más seguido a la Argentina, decidió refundar Ala Moana. Fue ahí cuando se dio cuenta lo que significaba. “Siempre pensamos que el nombre se debía a una playa de Honolulu, en Hawaii, hasta que me contaron lo que significaba: sendero que te lleva al mar. Increíble que le pusimos un nombre pensando que significaba una cosa y, en realidad, era justamente por lo que más amás, el camino a las olas”, comentó quien decidió, a su manera, tener a sus padres presentes durante este momento tan especial. “A mi mamá con su anillos de olas y mi padre a través de una piedrita de colores que encontré en la playa de Waikiki cuando fuimos a tirar sus cenizas”, reveló Aguerre.

La fiesta de la embajada

Con Fernando Ruiz Díaz se conocieron de casualidad en Mar del Plata, en uno de los viajes que el cantante hizo varios años después de la muerte de su hermano. Y fue el surf el que cruzó a Ruiz Díaz y Aguerre. Y desde entonces forjaron una marcada amistad. Al punto de que el líder de Catupecu Machu le dio a Aguerre la tabla que usaba su hermano para que la luzca en el local de Ala Moana, en el que la idea principal es la de que allí, cualquiera pueda vivir el surf.

Fernando Aguerre, el Turco Naím y Fernando Ruiz Díaz
Fernando Aguerre, el Turco Naím y Fernando Ruiz Díaz

“Es hermoso esto de venir a Buenos Aires a traer el agua salada, el aire salitroso de Mar del Plata, lo mismo que el amor por las olas... El poder compartirlo nos hace felices. Alguien puede pensar que un lugar tan urbano no tiene cultura de surf, pero sabemos que hay muchos surfistas que viven acá y que aman el mar como nosotros, los marplanautas. Y nuestro objetivo es venir a potenciar esta cultura, a aumentar la comunidad, con este lugar que pretende ser un puente hacia los sueños, hacia la felicidad, hacia algo que te gusta. Un sitio adonde además podés leer un libro, tomar café o un jugo natural. Venimos a compartir lo lindo de Mar del Plata, a potenciar ese sueño que la gente tiene de ir allá durante un fin de semana.  Porque, además, se llama Mar del Plata, no Arroyo del Plata. Ni Valle del Plata. Ni Sierra del Plata. Es nuestra capital del surf y este lugar hecho con amor será la embajada de una cultura de playa que, no tengo dudas, está cada día más en el ADN de tantos argentinos”, confesó Aguerre.

Galería de imágenes

Pablo Berisso

Pablo Berisso

Redactor especial.

Comentarios